Acercar algo a Dios
La palabra hebrea más general para la ofrenda, qorbán, dice qué es un sacrificio: algo que se acerca a Dios. El israelita que trae un animal al santuario no lo entrega sin más; apoya la mano sobre su cabeza, lo degüella él mismo a la entrada del tabernáculo y el sacerdote se encarga de la sangre y del altar Levítico 1:1-9. El oferente participa.
Mucho antes de la Ley ya hay sacrificios en el relato: Caín y Abel presentan ofrendas, Noé ofrece holocaustos al salir del arca, Abraham levanta altares a cada paso. La Ley de Moisés no inventa el sacrificio; lo ordena y le da un sentido dentro del pacto.
Cinco tipos
Levítico abre con un catálogo. Cada tipo tiene su nombre y su función:
- Holocausto (olá, «lo que sube»). El animal entero se quema en el altar, y sube a Dios como «olor grato» Levítico 1:9. Nadie come de él: es la entrega completa. Era también la ofrenda diaria, de mañana y de tarde Números 28:3-4.
- Ofrenda vegetal (minjá, «presente, tributo»). Flor de harina con aceite e incienso; una parte se quema como memorial y el resto es para los sacerdotes Levítico 2:1-3. La Reina-Valera la llama «ofrenda», sin más.
- Sacrificio de paz (shelamim). Solo se queman la grasa y algunas vísceras; la carne la comen el oferente y su familia Levítico 3:1-5 Levítico 7:15. Es una comida de comunión, de acción de gracias o de cumplimiento de un voto: el único sacrificio que el pueblo come.
- Sacrificio por el pecado (jatat). Se ofrece por faltas cometidas sin intención y por ciertas impurezas; la sangre se aplica al altar, y con ella «el sacerdote hará expiación» Levítico 4:27-31. Muchos estudiosos prefieren llamarlo «sacrificio de purificación», porque lo que se purifica es el santuario.
- Sacrificio de reparación (asham). Para faltas que causan un daño cuantificable —apropiarse de algo sagrado, defraudar al prójimo—; exige restituir lo tomado más un quinto Levítico 6:1-7.
La sangre
La Ley prohíbe comer sangre y da la razón: «la vida de la carne en la sangre está, y yo os la he dado para hacer expiación sobre el altar por vuestras almas» Levítico 17:11. En los sacrificios por el pecado, lo decisivo no es la muerte del animal en sí, sino la sangre aplicada al altar, que limpia y restaura. Es la base del día de la Expiación.
La crítica de los profetas
Los profetas no rechazan el culto, pero se niegan a que sustituya a la obediencia. Samuel reprende a Saúl, que se excusa con los sacrificios: «el obedecer es mejor que los sacrificios» 1 Samuel 15:22. Oseas: «misericordia quiero, y no sacrificio; y conocimiento de Dios más que holocaustos» Oseas 6:6. Isaías pone en boca de Dios un rechazo sorprendente: «¿Para qué me sirve la multitud de vuestros sacrificios?… vuestras manos están llenas de sangre» Isaías 1:11-17. El Salmo 51 llega a decir que el sacrificio que Dios quiere es «el espíritu quebrantado» Salmos 51:16-17.
En el Nuevo Testamento
En tiempos de Jesús el templo funcionaba a pleno rendimiento: la familia de Jesús ofrece allí el sacrificio de los pobres, un par de tórtolas, tras su nacimiento Lucas 2:24. Jesús cita a Oseas contra sus críticos Mateo 9:13 y denuncia la costumbre de declarar korbán —ofrenda a Dios— los bienes con que habría que sostener a los padres Marcos 7:11-13.
Su muerte se interpreta con el lenguaje del sacrificio. En la última cena habla de «mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada» Marcos 14:24; Pablo llama a Cristo «nuestra pascua», sacrificada 1 Corintios 5:7. Hebreos desarrolla la idea de forma sistemática: los sacrificios que se repetían año tras año no podían quitar los pecados, mientras que Cristo se ofreció «una vez para siempre» Hebreos 10:1-14.
A partir de ahí la palabra se usa en sentido figurado para la vida del creyente: presentar el cuerpo como «sacrificio vivo» Romanos 12:1, ofrecer «sacrificio de alabanza» y la ayuda mutua, «porque de tales sacrificios se agrada Dios» Hebreos 13:15-16.