Isaías no es un profeta del desierto ni de la aldea. Todo lo que el texto cuenta de él ocurre en Jerusalén, cerca del rey: sale a buscar a Acaz a un acueducto de la ciudad, recibe a los ministros de Ezequías, entra en la habitación del rey enfermo y le pide cuentas por los embajadores que ha recibido. Durante unos cuarenta años, bajo cuatro reyes de Judá Isaías 1:1, vuelve una y otra vez sobre la misma cuestión: en quién pone Judá su confianza cuando el mundo se derrumba alrededor Isaías 7:9 Isaías 30:15.
Ese mundo lo define Asiria. En la segunda mitad del siglo VIII a.C., el imperio que gobernaba desde el Tigris avanza hacia el Mediterráneo y convierte en provincias o en vasallos a los reinos de Siria, Israel, Filistea y Judá. Isaías ve caer Damasco y Samaria, y ve a Senaquerib ante las murallas de Jerusalén. La ficha sigue esos momentos; el libro que lleva su nombre, que va mucho más allá de ellos, se trata al final.
El llamado de Isaías: la visión del templo y los serafines
Isaías 6:1-13 Leer esta escena aparte →La llamada de Isaías tiene fecha: el año de la muerte del rey Uzías, hacia 740 a.C. Ve al Señor sentado en un trono alto, con el borde de su manto llenando el templo, y a unos serafines que se gritan uno a otro «Santo, santo, santo» Isaías 6:1-3. El umbral tiembla y la casa se llena de humo Isaías 6:4.
Su primera reacción no es de entusiasmo sino de pánico. Se sabe perdido porque es hombre «inmundo de labios» que vive en medio de un pueblo igual, y sus ojos han visto al Rey Isaías 6:5. Uno de los serafines toma con unas tenazas un carbón del altar, le toca la boca y le declara quitada la culpa Isaías 6:6-7. Solo entonces oye la pregunta —«¿A quién enviaré?»— y responde «Heme aquí, envíame a mí» Isaías 6:8.
El encargo es extraño. Debe decir al pueblo que oiga sin entender y vea sin comprender, y endurecer su corazón para que no se convierta Isaías 6:9-10. Cuando Isaías pregunta hasta cuándo, la respuesta es: hasta que las ciudades queden asoladas y sin habitantes. Aun así, en la tierra talada quedará un tocón, y ese tocón será simiente santa Isaías 6:11-13. La idea de un resto que sobrevive al juicio acompañará a Isaías el resto de su vida, hasta en el nombre de uno de sus hijos.
Isaías y el rey Acaz: la señal de Emanuel
Isaías 7:1—8:18 Leer esta escena aparte →Pocos años después, hacia 734 a.C., Jerusalén está en peligro. Rezín, rey de Siria, y Peka, rey de Israel, suben contra ella Isaías 7:1 con un plan: tomar Judá y poner en el trono a un rey de su elección, el hijo de Tabeal Isaías 7:6. Cuando la noticia llega a la corte, el corazón del rey y el de su pueblo se estremecen «como se estremecen los árboles del monte a causa del viento» Isaías 7:2.
Dios envía a Isaías a buscar a Acaz al extremo del acueducto del estanque de arriba, en el camino del campo del Lavador, y le manda llevar consigo a su hijo Sear-jasub Isaías 7:3. El nombre significa «un resto volverá». El mensaje es tranquilizador: los dos reyes son dos cabos de tizón que humean, y su plan no se cumplirá Isaías 7:4-7. Pero va acompañado de una condición que es un juego de palabras en hebreo: si no creéis, no permaneceréis Isaías 7:9.
Isaías ofrece al rey pedir una señal, tan honda como el Seol o tan alta como el cielo. Acaz la rechaza con una fórmula piadosa —no quiere tentar a Jehová—, y el profeta le responde que el Señor dará la señal de todos modos: la joven concebirá, dará a luz un hijo y lo llamará Emanuel, «Dios con nosotros» Isaías 7:10-14. Antes de que ese niño sepa distinguir el bien del mal, la tierra de los dos reyes que Acaz teme quedará abandonada Isaías 7:16.
Acaz no sigue el consejo. El libro de los Reyes cuenta que envió mensajeros y el oro y la plata del templo a Tiglat-pileser, rey de Asiria, declarándose su siervo y su hijo, y que el asirio subió contra Damasco y la tomó 2 Reyes 16:7-9. Isaías, por su parte, escribe en una tabla grande un nombre, Maher-salal-hasbaz, ante dos testigos, y pone ese nombre al hijo que le da «la profetisa»: significa «el saqueo se apresura, el botín se precipita», y anuncia que antes de que el niño sepa decir «padre» y «madre», las riquezas de Damasco y de Samaria serán llevadas ante el rey de Asiria Isaías 8:1-4. De sí mismo y de sus hijos dirá que son «por señales y presagios en Israel» Isaías 8:18.
Isaías camina desnudo y descalzo como señal contra Egipto
Isaías 20:1-6 Leer esta escena aparte →La tentación de Judá, después de Acaz, cambia de dirección: ya no es apoyarse en Asiria, sino en Egipto para librarse de ella. Isaías se opone igual. El año en que el Tartán, general enviado por Sargón rey de Asiria, toma la ciudad filistea de Asdod, Dios le manda quitarse la ropa de saco y las sandalias, y él anda así, desnudo y descalzo Isaías 20:1-2.
Lo hace durante tres años, como señal sobre Egipto y Etiopía: del mismo modo llevará el rey de Asiria a los cautivos egipcios y etíopes, desnudos y descalzos Isaías 20:3-4. Y los que habían puesto su esperanza en ellos se preguntarán cómo podrán escapar Isaías 20:5-6. El libro repite el reproche en otros oráculos: ¡ay de los que bajan a Egipto por ayuda y confían en sus carros y caballos, y no miran al Santo de Israel! Isaías 30:1-2 Isaías 31:1
Isaías y Ezequías ante el asedio de Senaquerib a Jerusalén
Isaías 36:1—37:38 Leer esta escena aparte →En 701 a.C., Senaquerib, rey de Asiria, invade Judá y toma sus ciudades fortificadas Isaías 36:1. Desde Laquis, la segunda ciudad del reino, envía a su alto oficial, el Rabsaces, con un gran ejército a Jerusalén. Se detiene exactamente donde Isaías había hablado con Acaz: junto al acueducto del estanque de arriba, en el camino del campo del Lavador Isaías 36:2.
El discurso del Rabsaces es una lección de guerra psicológica. Se burla de la confianza en Egipto, «báculo de caña frágil» que atraviesa la mano del que se apoya en él Isaías 36:6. Cuando los ministros de Ezequías le piden que hable en arameo, la lengua de la diplomacia, y no en hebreo, para que no lo entienda la gente del muro, él alza la voz y grita en hebreo precisamente para ellos Isaías 36:11-13. Ningún dios de ninguna nación, dice, ha librado a su tierra de la mano del rey de Asiria Isaías 36:18-20.
Ezequías rasga sus vestidos, se cubre de cilicio y entra en el templo. Luego envía a sus ministros y a los ancianos de los sacerdotes a Isaías, hijo de Amoz Isaías 37:1-2. La respuesta del profeta es breve: no temas; el rey de Asiria oirá un rumor, volverá a su tierra y allí caerá a espada Isaías 37:6-7. Cuando llega una segunda amenaza por carta, Ezequías la extiende delante de Jehová en el templo y ora Isaías 37:14-20, e Isaías le envía un largo oráculo que termina con una promesa concreta: el rey de Asiria no entrará en la ciudad, no lanzará una flecha ni levantará contra ella un terraplén Isaías 37:21 Isaías 37:33-35.
Esa noche, dice el texto, el ángel de Jehová hiere en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres, y Senaquerib vuelve a Nínive. Allí, mientras adora en el templo de su dios Nisroc, lo matan a espada dos de sus hijos Isaías 37:36-38.
La enfermedad de Ezequías y la sombra que retrocede
Isaías 38:1-22 Leer esta escena aparte →En esos mismos días, Ezequías enferma de muerte. Isaías va a verlo con un mensaje sin paliativos: ordena tu casa, porque morirás Isaías 38:1. El rey vuelve la cara a la pared, ora y llora Isaías 38:2-3. Según 2 Reyes, Isaías todavía no había salido del patio del palacio cuando recibió otra palabra 2 Reyes 20:4: Dios ha oído la oración, ha visto las lágrimas y añade quince años a la vida de Ezequías, y además librará la ciudad del rey de Asiria Isaías 38:4-6.
Como señal, la sombra retrocede diez grados en el reloj de Acaz Isaías 38:7-8, e Isaías manda aplicar una masa de higos sobre la llaga del rey Isaías 38:21. El libro de Isaías conserva además un cántico que Ezequías habría escrito tras sanar, en el que recuerda cómo se vio a las puertas del Seol Isaías 38:9-20.
Isaías reprende a Ezequías por mostrar sus tesoros a Babilonia
Isaías 39:1-8 Leer esta escena aparte →La curación de Ezequías llega a oídos de Merodac-baladán, rey de Babilonia, que le envía cartas y un presente Isaías 39:1. Ezequías recibe a los mensajeros con alegría y les enseña todo: la plata, el oro, los perfumes, la armería, todos sus tesoros Isaías 39:2.
Isaías va a preguntarle qué querían esos hombres y qué vieron. Cuando el rey responde que lo vieron todo, el profeta anuncia que vendrán días en que todo eso será llevado a Babilonia, y que algunos de sus descendientes serán eunucos en el palacio del rey de Babilonia Isaías 39:3-7. La respuesta de Ezequías es ambigua: dice que la palabra es buena, y añade que al menos habrá paz y seguridad en sus días Isaías 39:8. Es la última escena en que el libro muestra a Isaías en persona.
Isaías 40—66: consuelo, Ciro y el siervo de Jehová
Isaías 40:1-11 Leer esta escena aparte →A partir del capítulo 40, el libro cambia de tono y de horizonte. Ya no habla Asiria ni aparece Isaías en escena. Se dirige a una Jerusalén que ya ha cumplido su condena, y la primera palabra es «consolad» Isaías 40:1-2. Una voz clama que se prepare en el desierto un camino para Dios Isaías 40:3. Más adelante nombra a Ciro, rey de Persia, como pastor de Dios y su ungido, el que dirá a Jerusalén que sea reedificada Isaías 44:28 Isaías 45:1.
En esa parte del libro aparecen también los pasajes sobre el «siervo de Jehová», el último de los cuales describe a un siervo despreciado, herido y llevado como cordero al matadero, cuyo sufrimiento es por los pecados de otros Isaías 52:13—53:12. Y el libro termina con la promesa de cielos nuevos y tierra nueva Isaías 65:17 Isaías 66:22.
Lo que se contó de su muerte
La Biblia no dice cómo ni cuándo murió Isaías. La última fecha que se puede deducir del libro es la muerte de Senaquerib, en 681 a.C., si fue el propio profeta quien la puso por escrito Isaías 37:38.
Cómo lo recuerda la Biblia
Fuera de su libro, el Antiguo Testamento lo conoce sobre todo como el profeta de Ezequías: 2 Reyes repite casi palabra por palabra los capítulos 36 a 39 2 Reyes 19:2 2 Reyes 20:1, y Crónicas lo presenta como cronista de dos reinados —los hechos de Uzías y los de Ezequías, «escritos en la visión del profeta Isaías»— y como el que oró junto al rey durante el asedio 2 Crónicas 26:22 2 Crónicas 32:20 2 Crónicas 32:32.
En el Nuevo Testamento es el profeta más citado. Con sus palabras se explica la misión de Juan el Bautista Mateo 3:3; Jesús abre su predicación en Nazaret leyendo un pasaje suyo y diciendo que se ha cumplido ese día Lucas 4:17-21; el evangelio de Juan usa su visión del capítulo 6 para explicar por qué muchos no creyeron Juan 12:39-41; y Pablo lo cita para hablar del resto de Israel y de la llegada de los gentiles Romanos 9:27 Romanos 15:12. La idea que Isaías recibió en el templo —un pueblo que oye sin entender— reaparece en boca de Jesús y de Pablo Mateo 13:14-15 Hechos 28:25-27.