Un vínculo con obligaciones
En el mundo bíblico, una alianza es la forma de crear una relación que no viene dada por la sangre: une a dos partes con compromisos mutuos, se sella con un rito y se garantiza con un juramento. Abraham y Abimelec hacen pacto en Beerseba Génesis 21:27; David y Jonatán, por amistad 1 Samuel 18:3; los reyes, entre naciones. Lo sorprendente de la Biblia es que aplique esa institución humana a la relación entre Dios y su pueblo.
Las alianzas de Dios
El Antiguo Testamento no habla de una sola alianza, sino de varias, que se suceden y se apoyan unas en otras.
Con Noé y toda la creación. Tras el diluvio, Dios se compromete a no volver a destruir la tierra con agua, y pone como señal el arco en las nubes. Es una alianza unilateral, sin condiciones, con «todo ser viviente» Génesis 9:8-17.
Con Abraham. Dios le promete tierra y descendencia en un rito antiguo: se parten animales por la mitad y, de noche, un horno humeante y una antorcha de fuego pasan entre los pedazos Génesis 15:7-21. En los tratados antiguos, el que pasaba entre los animales partidos se comprometía a correr su misma suerte si faltaba a su palabra; aquí solo pasa Dios. Más tarde se añade la señal de la circuncisión Génesis 17:1-14.
En el Sinaí, con Israel. Es la alianza por excelencia, con leyes que el pueblo acepta —«Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho»— y un rito de sangre: Moisés rocía la mitad sobre el altar y la otra mitad sobre el pueblo, «la sangre del pacto» Éxodo 24:3-8. Sus palabras se escriben en tablas que se guardan en el arca, y el sábado es su señal.
Con David. Por medio de Natán, Dios promete a David una dinastía perpetua 2 Samuel 7:12-16, que los salmos llaman alianza.
La alianza rota y la nueva alianza
La historia que cuentan los libros de Reyes y los profetas es, en buena parte, la de una alianza incumplida. Por eso Jeremías anuncia algo nuevo: «un nuevo pacto», no como el del Sinaí, que ellos invalidaron: Dios pondrá su ley «en su mente, y la escribiré en su corazón… porque perdonaré la maldad de ellos» Jeremías 31:31-34.
En la última cena, Jesús toma la copa y dice: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre» Lucas 22:20, con palabras que evocan a la vez la sangre del Sinaí y la promesa de Jeremías. Hebreos cita entero el pasaje de Jeremías para decir que el primer pacto ha quedado anticuado Hebreos 8:6-13.