Limpio no es lo mismo que bueno
Quien lee Levítico por primera vez suele confundir dos ideas: pureza y moralidad. La Ley trata la impureza ritual como algo que ocurre, no como algo que se hace mal. Una mujer que da a luz queda impura un tiempo y, al terminar, ofrece un sacrificio Levítico 12:1-8; el que entierra a un familiar muerto queda impuro siete días Números 19:11-13. Nadie peca por dar a luz ni por enterrar a su padre. Lo que la impureza impide es acercarse al santuario y a las cosas santas mientras dura.
Por eso la Ley no prohíbe volverse impuro: regula cómo dejar de estarlo. Casi siempre basta con esperar un tiempo —hasta la tarde, siete días— y lavarse; en algunos casos, además, se ofrece un sacrificio. El sacerdote es quien aprende y enseña a distinguir Levítico 10:10-11.
De dónde viene la impureza
Las fuentes de impureza en Levítico y Números tienen algo en común: tienen que ver con la vida y la muerte. El cadáver es la fuente más fuerte. Después están el parto, los flujos de sangre y de semen, y la enfermedad de la piel que la Reina-Valera llama «lepra», que hace que el cuerpo parezca en descomposición. Muchos estudiosos ven ahí una lógica: lo santo es Dios, fuente de vida, y lo que evoca la muerte no puede entrar en contacto con él.
Los alimentos forman otro capítulo. Levítico separa animales limpios e inmundos —rumiantes de pezuña hendida, peces con aletas y escamas— y cierra la lista con el motivo: «seréis, pues, santos, porque yo soy santo» Levítico 11:44-47. La dieta es una forma de vivir la separación de Israel en la mesa de cada día.
La otra impureza: la moral
Hay pecados que la Biblia también llama impureza, pero de otro orden: no se quitan con agua ni con el paso de los días. Los pecados sexuales graves, la idolatría y el derramamiento de sangre contaminan a las personas y a la tierra, y la tierra acaba «vomitando» a sus habitantes Levítico 18:24-28. Los profetas usan el lenguaje del lavado con ese sentido: «Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras» Isaías 1:16. Y el Salmo 51 pide a Dios lo que ningún rito podía dar: «Lávame, y seré más blanco que la nieve… Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» Salmos 51:7-10.
En el Nuevo Testamento
Jesús toca lo que hacía impuro —un leproso Marcos 1:40-42, una mujer con flujo de sangre, el cuerpo de una niña muerta— y la dirección del contagio se invierte: no queda impuro él, sino que ellos quedan sanos. Ante la crítica por no lavarse las manos, da un principio: nada de lo que entra en el hombre lo contamina, sino lo que sale del corazón: malos pensamientos, adulterios, homicidios, engaños Marcos 7:14-23. Marcos saca la consecuencia: «esto decía, haciendo limpios todos los alimentos» Marcos 7:19.
La iglesia tarda en asimilarlo. Pedro, en Jope, ve en visión un lienzo con animales impuros y oye que coma; se resiste, porque nunca ha comido nada común o inmundo, y la voz responde: «Lo que Dios limpió, no lo llames tú común» Hechos 10:9-15. La visión prepara su entrada en casa del gentil Cornelio: la frontera de pureza entre judíos y gentiles es la siguiente en caer.