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Pureza

También: Puro · Impuro · Impureza · Limpio · Inmundo · Inmundicia · Purificación · Pureza ritual

En la Biblia, sobre todo un estado ritual: estar «limpio» significa estar en condiciones de acercarse a lo santo —el santuario, las ofrendas, el culto—, y estar «inmundo», no poder hacerlo hasta purificarse. La impureza ritual no es un pecado: se contrae por hechos normales de la vida, como el parto, ciertas enfermedades o tocar un cadáver. A su lado existe una impureza moral, causada por pecados graves, que contamina a la persona y a la tierra.

En la Biblia

Levítico 11–15 regula los animales puros e impuros, el parto, la lepra y los flujos del cuerpo; Números 19, la impureza por contacto con un muerto. Los profetas trasladan el lenguaje a lo moral —«Lavaos y limpiaos» (Isaías 1:16)—. Jesús toca leprosos y declara que no contamina lo que entra en la boca, sino lo que sale del corazón (Marcos 7:14-23).

Etimología

El hebreo opone טָהוֹר tahor, «limpio, puro», a טָמֵא tamé, «impuro, inmundo». Esa pareja es distinta de la que opone qadosh, «santo», a jol, «común»: la Ley pide distinguir «entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio» (Levítico 10:10). El griego usa katharós y akáthartos, y también koinós, «común», para lo impuro.

Limpio no es lo mismo que bueno

Quien lee Levítico por primera vez suele confundir dos ideas: pureza y moralidad. La Ley trata la impureza ritual como algo que ocurre, no como algo que se hace mal. Una mujer que da a luz queda impura un tiempo y, al terminar, ofrece un sacrificio Levítico 12:1-8; el que entierra a un familiar muerto queda impuro siete días Números 19:11-13. Nadie peca por dar a luz ni por enterrar a su padre. Lo que la impureza impide es acercarse al santuario y a las cosas santas mientras dura.

Por eso la Ley no prohíbe volverse impuro: regula cómo dejar de estarlo. Casi siempre basta con esperar un tiempo —hasta la tarde, siete días— y lavarse; en algunos casos, además, se ofrece un sacrificio. El sacerdote es quien aprende y enseña a distinguir Levítico 10:10-11.

De dónde viene la impureza

Las fuentes de impureza en Levítico y Números tienen algo en común: tienen que ver con la vida y la muerte. El cadáver es la fuente más fuerte. Después están el parto, los flujos de sangre y de semen, y la enfermedad de la piel que la Reina-Valera llama «lepra», que hace que el cuerpo parezca en descomposición. Muchos estudiosos ven ahí una lógica: lo santo es Dios, fuente de vida, y lo que evoca la muerte no puede entrar en contacto con él.

Los alimentos forman otro capítulo. Levítico separa animales limpios e inmundos —rumiantes de pezuña hendida, peces con aletas y escamas— y cierra la lista con el motivo: «seréis, pues, santos, porque yo soy santo» Levítico 11:44-47. La dieta es una forma de vivir la separación de Israel en la mesa de cada día.

La otra impureza: la moral

Hay pecados que la Biblia también llama impureza, pero de otro orden: no se quitan con agua ni con el paso de los días. Los pecados sexuales graves, la idolatría y el derramamiento de sangre contaminan a las personas y a la tierra, y la tierra acaba «vomitando» a sus habitantes Levítico 18:24-28. Los profetas usan el lenguaje del lavado con ese sentido: «Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras» Isaías 1:16. Y el Salmo 51 pide a Dios lo que ningún rito podía dar: «Lávame, y seré más blanco que la nieve… Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio» Salmos 51:7-10.

En el Nuevo Testamento

Jesús toca lo que hacía impuro —un leproso Marcos 1:40-42, una mujer con flujo de sangre, el cuerpo de una niña muerta— y la dirección del contagio se invierte: no queda impuro él, sino que ellos quedan sanos. Ante la crítica por no lavarse las manos, da un principio: nada de lo que entra en el hombre lo contamina, sino lo que sale del corazón: malos pensamientos, adulterios, homicidios, engaños Marcos 7:14-23. Marcos saca la consecuencia: «esto decía, haciendo limpios todos los alimentos» Marcos 7:19.

La iglesia tarda en asimilarlo. Pedro, en Jope, ve en visión un lienzo con animales impuros y oye que coma; se resiste, porque nunca ha comido nada común o inmundo, y la voz responde: «Lo que Dios limpió, no lo llames tú común» Hechos 10:9-15. La visión prepara su entrada en casa del gentil Cornelio: la frontera de pureza entre judíos y gentiles es la siguiente en caer.

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