Lo que pertenece a Dios
La primera vez que el texto dice que algo es santo, no es una persona: es un suelo. Moisés se acerca a la zarza y oye: «No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es» Éxodo 3:5. La tierra no ha cambiado; lo que la hace santa es la presencia de Dios. Esa es la lógica de toda la santidad bíblica: algo es santo porque pertenece a Dios o está cerca de él.
Por eso lo santo se organiza en grados. En el tabernáculo, el patio es menos santo que el lugar santo, y este menos que el «lugar santísimo», donde está el arca y donde solo entra el sumo sacerdote una vez al año. El sábado es un tiempo santo; el aceite de la unción, una sustancia santa; los sacerdotes, personas santas; Israel, un pueblo santo.
Santidad peligrosa
La santidad no es una cualidad amable. Es poder, y acercarse a ella sin respetarla es mortal. Nadab y Abiú, hijos de Aarón, ofrecen «fuego extraño» y mueren, y Moisés lo explica con palabras de Dios: «En los que a mí se acercan me santificaré» Levítico 10:1-3. Uza toca el arca para sostenerla y cae muerto 2 Samuel 6:6-7. En el Sinaí se ponen límites al monte para que el pueblo no suba Éxodo 19:12.
El profeta Isaías lo experimenta en el templo. Oye a los serafines proclamar «Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria», y su reacción es el espanto: «¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios…» Un serafín toca su boca con un carbón del altar, y solo entonces puede responder al llamado Isaías 6:1-7.
«Santos seréis, porque yo soy santo»
La santidad de Dios no se queda en el santuario: se vuelve exigencia para el pueblo. En el Sinaí Dios propone a Israel ser «un reino de sacerdotes, y gente santa» Éxodo 19:5-6. El capítulo 19 de Levítico abre con la fórmula «Santos seréis, porque santo soy yo» y la llena de contenido inesperado para quien piensa solo en ritos: dejar las espigas para el pobre y el extranjero, no retener el salario del jornalero, no maldecir al sordo ni poner tropiezo al ciego, amar al prójimo como a uno mismo Levítico 19:2 Levítico 19:9-18. La santidad incluye culto y ética en un mismo gesto.
El Santo de Israel
Los profetas convierten la santidad en un nombre de Dios. Isaías lo llama una y otra vez «el Santo de Israel». Y Oseas saca de ella una consecuencia sorprendente: Dios no ejecutará el ardor de su ira contra Efraín, «porque Dios soy, y no hombre, el Santo en medio de ti» Oseas 11:9. Aquí la santidad no es lo que castiga, sino lo que perdona: Dios es distinto también en su misericordia.
En el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento cita la fórmula de Levítico y la aplica a los creyentes: «como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir» 1 Pedro 1:15-16. Y retoma el título de Éxodo 19: los creyentes son «real sacerdocio, nación santa» 1 Pedro 2:9.
Hay un desplazamiento importante: «santos» deja de ser el nombre de una élite y pasa a ser el de todos los miembros de la comunidad. Pablo escribe «a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos» Romanos 1:7, y llama santos incluso a los corintios, a quienes reprocha graves faltas 1 Corintios 1:2. Son santos porque pertenecen a Dios; la santificación es el proceso de llegar a vivir de acuerdo con lo que ya son 1 Tesalonicenses 4:3-7.