La oración de Ana y el nacimiento de Samuel
1 Samuel 1:1—2:11 Leer esta escena aparte →La historia de Samuel empieza antes que él, en una casa con dos esposas. Elcana, de Ramataim-zofim, en la serranía de Efraín, tiene a Penina, que le ha dado hijos, y a Ana, que no puede tenerlos 1 Samuel 1:1-2. Cada año sube con toda la familia a Silo a adorar y ofrecer sacrificios; allí son sacerdotes Ofni y Finees, los hijos de Elí 1 Samuel 1:3.
La peregrinación anual es, para Ana, el momento más duro del año. Elcana le da una porción especial porque la ama, pero Penina «la irritaba» recordándole su esterilidad, año tras año, hasta dejarla llorando y sin comer 1 Samuel 1:4-7. El consuelo del marido —«¿no te soy yo mejor que diez hijos?»— no resuelve nada 1 Samuel 1:8.
Después de comer, Ana se levanta y ora ante el santuario, con amargura. Hace un voto: si Dios le da un hijo varón, se lo dedicará todos los días de su vida y «no pasará navaja sobre su cabeza» 1 Samuel 1:9-11. Ora en silencio, moviendo solo los labios, y Elí, sentado junto a la puerta, la toma por borracha. Cuando ella se explica, el sacerdote la despide con una bendición 1 Samuel 1:12-17.
Ana concibe y da a luz un hijo, al que llama Samuel, «por cuanto lo pedí a Jehová» 1 Samuel 1:19-20. No vuelve a subir a Silo hasta destetarlo; entonces lo lleva al santuario con la ofrenda y se lo presenta a Elí: «por este niño oraba… yo, pues, lo dedico también a Jehová» 1 Samuel 1:21-28.
Ana responde con un cántico. Dios humilla y enaltece, da hijos a la estéril, levanta del polvo al pobre; y termina con una línea que en ese momento no tiene destinatario: Dios «dará poder a su Rey, y exaltará el poderío de su Ungido» 1 Samuel 2:1-10. Todavía no hay rey en Israel. Elcana vuelve a Ramá, y el niño se queda sirviendo en Silo junto al sacerdote Elí 1 Samuel 2:11.
Samuel niño en Silo y los hijos de Elí
1 Samuel 2:11-36 Leer esta escena aparte →El narrador pone a Samuel junto a la otra generación que crece en Silo. Los hijos de Elí «eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová» 1 Samuel 2:12. Cuando alguien ofrecía un sacrificio, su criado metía un garfio en la olla y se quedaba con lo que sacara; y antes de que la grasa se quemara en el altar, exigía la carne cruda, por la fuerza si hacía falta 1 Samuel 2:13-17.
Frente a eso, en frases cortas, Samuel: ministra ante Jehová, niño, vestido con un efod de lino 1 Samuel 2:18. Cada año su madre le hace una túnica pequeña y se la lleva cuando sube con su marido al sacrificio 1 Samuel 2:19. Elí bendice a la pareja, y Ana tiene después tres hijos y dos hijas más 1 Samuel 2:20-21.
El texto alterna así durante todo el capítulo. Elí, muy viejo, se entera de lo que hacen sus hijos —incluso que se acuestan con las mujeres que servían a la entrada del tabernáculo— y los reprende sin resultado 1 Samuel 2:22-25; mientras tanto, «el joven Samuel iba creciendo, y era acepto delante de Dios y delante de los hombres» 1 Samuel 2:26.
Un «varón de Dios» sin nombre le lleva a Elí la sentencia: la casa que honró a sus hijos más que a Dios perderá el sacerdocio; como señal, Ofni y Finees morirán el mismo día; y Dios se levantará «un sacerdote fiel» que hará conforme a su corazón 1 Samuel 2:27-36.
Dios llama a Samuel de noche: «Habla, que tu siervo oye»
1 Samuel 3:1-21 Leer esta escena aparte →El capítulo empieza describiendo una época: «la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia» 1 Samuel 3:1. Elí casi no ve. Es de noche, la lámpara de Dios todavía no se ha apagado, y Samuel duerme en el santuario donde está el arca 1 Samuel 3:2-3.
Una voz lo llama por su nombre. Samuel corre donde Elí —«heme aquí; ¿para qué me llamaste?»— y Elí lo manda de vuelta a dormir. Pasa tres veces 1 Samuel 3:4-8. El narrador explica por qué el muchacho no entiende: «Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada» 1 Samuel 3:7. Es el sacerdote viejo, casi ciego y con la casa condenada, quien reconoce lo que pasa y le enseña la respuesta 1 Samuel 3:8-9.
A la cuarta llamada, «Samuel, Samuel», el muchacho responde: «Habla, porque tu siervo oye» 1 Samuel 3:10. Y el primer mensaje que recibe es terrible, y es para Elí: el juicio anunciado sobre su casa se va a cumplir, porque sus hijos se envilecieron y él no los estorbó, y esa culpa no se expiará con sacrificios 1 Samuel 3:11-14.
A la mañana, Samuel abre las puertas del santuario como cualquier día y teme contar la visión. Elí lo obliga a decírselo todo, sin ocultar nada, y responde con una frase de aceptación: «Jehová es; haga lo que bien le pareciere» 1 Samuel 3:15-18.
El capítulo termina con el cambio de época que había anunciado al principio: Dios estaba con Samuel y «no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras»; todo Israel, «desde Dan hasta Beerseba», supo que era profeta; y Dios volvió a manifestarse en Silo 1 Samuel 3:19-21. La palabra que escaseaba vuelve a Israel por medio de él.
Los filisteos capturan el arca y muere Elí
1 Samuel 4:1—7:2 Leer esta escena aparte →La frase que abre el capítulo 4 —«Samuel habló a todo Israel» 1 Samuel 4:1— es lo último que se dice de él en tres capítulos. En ese tiempo ocurre el mayor desastre de la época, y el texto lo cuenta sin él.
Israel sale contra los filisteos, acampa junto a Eben-ezer y pierde cuatro mil hombres. Los ancianos deciden traer el arca de Silo al campamento para que los salve, y con ella llegan Ofni y Finees 1 Samuel 4:1-4. El resultado es peor: treinta mil muertos, el arca capturada y los dos hijos de Elí muertos el mismo día, tal como se había anunciado 1 Samuel 4:10-11. Al oír que el arca fue tomada, Elí, de noventa y ocho años, cae de su silla y se desnuca; había juzgado a Israel cuarenta años 1 Samuel 4:15-18.
El arca pasa por ciudades filisteas que la devuelven asoladas por plagas; vuelve a Bet-semes y termina en Quiriat-jearim, en casa de Abinadab. Allí se queda veinte años, y «toda la casa de Israel lamentaba en pos de Jehová» 1 Samuel 7:1-2. El relato de Samuel apenas vuelve a mencionar Silo, salvo para recordar a un sacerdote de la familia de Elí 1 Samuel 14:3.
Samuel en Mizpa y la piedra de Eben-ezer
1 Samuel 7:3-17 Leer esta escena aparte →Cuando Samuel reaparece, habla como los jueces del libro anterior: si Israel vuelve a Dios de todo corazón, que quite a los baales y a Astarot, y Dios los librará de los filisteos. Lo hacen 1 Samuel 7:3-4. Samuel convoca a todos en Mizpa y les dice: «yo oraré por vosotros a Jehová» 1 Samuel 7:5. Allí sacan agua y la derraman ante Dios, ayunan y confiesan: «contra Jehová hemos pecado»; y el texto añade que Samuel juzgó a Israel en Mizpa 1 Samuel 7:6.
Los filisteos se enteran de la asamblea y suben contra Mizpa. El pueblo, con miedo, le pide a Samuel: «no ceses de clamar por nosotros» 1 Samuel 7:7-8. Samuel ofrece un cordero de leche en holocausto y clama; mientras ofrece, Dios truena sobre los filisteos, que se desbandan, e Israel los persigue 1 Samuel 7:9-11.
Samuel levanta entonces una piedra entre Mizpa y Sen y la llama Eben-ezer, «piedra de ayuda»: «hasta aquí nos ayudó Jehová» 1 Samuel 7:12. Es el mismo nombre del lugar donde Israel había perdido el arca veinte años antes 1 Samuel 4:1; si se trata del mismo sitio o de otro, el texto no lo aclara.
El resumen es amplio: los filisteos no volvieron a entrar en territorio de Israel, la mano de Dios estuvo contra ellos «todos los días de Samuel», se recuperaron ciudades y hubo paz con los amorreos 1 Samuel 7:13-14. El propio libro matiza esa paz más adelante: en tiempos de Saúl hay guarniciones filisteas en el país y guerra abierta 1 Samuel 10:5 1 Samuel 13:19-22.
Samuel juzga a Israel toda su vida. Cada año hace un circuito por Bet-el, Gilgal y Mizpa, y vuelve a Ramá, donde está su casa, donde juzga y donde levanta un altar 1 Samuel 7:15-17. Todo su ámbito cabe en unos pocos kilómetros de la meseta de Benjamín y el valle del Jordán.
Israel pide un rey a Samuel
1 Samuel 8:1-22 Leer esta escena aparte →Samuel envejece y le pasa lo que a Elí. Pone a sus hijos, Joel y Abías, como jueces, en Beerseba. Y le salen como a Elí: se desvían tras la avaricia, aceptan sobornos y pervierten el derecho 1 Samuel 8:1-3.
Los ancianos de Israel van a Ramá y le presentan el problema con toda crudeza: «tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos». Y la solución que proponen: «constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones» 1 Samuel 8:4-5.
«Pero no agradó a Samuel», y ora 1 Samuel 8:6. La respuesta de Dios corrige el enfoque: «no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos»; y le ordena escucharlos, pero advertirles 1 Samuel 8:7-9.
Samuel les describe lo que hace un rey: tomará a sus hijos para sus carros, su ejército y sus campos; a sus hijas como perfumistas, cocineras y panaderas; lo mejor de sus tierras para sus siervos; el diezmo de sus cosechas y rebaños. «Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey» 1 Samuel 8:10-18. El pueblo no cambia de idea: quiere un rey que lo juzgue y salga a pelear sus guerras. Samuel repite cada palabra ante Dios, y Dios le dice que les dé rey 1 Samuel 8:19-22.
Samuel unge a Saúl como primer rey de Israel
1 Samuel 9:1—10:27 Leer esta escena aparte →El rey llega a Samuel por un camino doméstico. Saúl, un benjaminita joven y alto, anda buscando las asnas perdidas de su padre, y su criado le propone consultar a un «varón de Dios» de la ciudad cercana, alguien respetado porque «todo lo que él dice acontece sin falta» 1 Samuel 9:1-6.
Dios le había avisado a Samuel el día anterior: le enviaría un hombre de Benjamín para que lo ungiera como «príncipe» sobre Israel, porque había oído el clamor de su pueblo contra los filisteos 1 Samuel 9:15-16. Cuando Saúl aparece, Dios se lo señala 1 Samuel 9:17. Samuel, que iba a bendecir un sacrificio en el lugar alto, lo sienta a la cabecera de los invitados y le da la porción reservada 1 Samuel 9:12-13 1 Samuel 9:22-24.
Al día siguiente, a solas en las afueras, Samuel toma una redoma de aceite, la derrama sobre la cabeza de Saúl y lo besa: Dios lo ha ungido como príncipe sobre su heredad 1 Samuel 10:1. Le anuncia tres señales para el camino de vuelta —todas se cumplen ese mismo día— y le da una instrucción que pesará después: que lo espere siete días en Gilgal hasta que él llegue a ofrecer los sacrificios y le diga qué hacer 1 Samuel 10:2-9.
Luego Samuel convoca al pueblo en Mizpa. Antes del sorteo, repite la acusación: «vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios» 1 Samuel 10:17-19. La suerte cae sobre Benjamín, sobre la familia de Matri y sobre Saúl, que está escondido entre el equipaje. Samuel lo presenta: «¿habéis visto al que ha elegido Jehová, que no hay semejante a él en todo el pueblo?» 1 Samuel 10:20-24. Después explica al pueblo «las leyes del reino», las escribe en un libro y lo deposita delante de Dios 1 Samuel 10:25.
El discurso de despedida de Samuel en Gilgal
1 Samuel 11:14—12:25 Leer esta escena aparte →Tras la victoria de Saúl en Jabes de Galaad, Samuel lleva al pueblo a Gilgal para «renovar el reino»; allí invisten a Saúl y hay fiesta 1 Samuel 11:14-15. Samuel aprovecha para despedirse de su función de gobierno.
Se somete primero a juicio público: «¿de quién he tomado buey, o de quién he tomado asno, o a quién he calumniado, o a quién he agraviado, o de mano de quién he tomado cohecho?». Nadie tiene nada que reclamarle, y lo declaran ante Dios y ante el rey como testigos 1 Samuel 12:1-5. La pregunta tiene contexto: es lo contrario de lo que hicieron sus hijos 1 Samuel 8:3 y de lo que él anunció que haría un rey: «tomará» 1 Samuel 8:11-17.
Después repasa la historia desde Moisés como una sucesión de pecados, opresión, clamor y liberación, y encaja en ella la petición de rey: cuando vino el amonita Nahas, dijeron «ha de reinar sobre nosotros un rey», «siendo que Jehová vuestro Dios era vuestro rey» 1 Samuel 12:6-12. Aun así, les abre una salida: si rey y pueblo siguen a Dios, irá bien; si no, la mano de Dios estará contra ellos 1 Samuel 12:13-15.
Para confirmar sus palabras, pide truenos y lluvia en plena siega del trigo, y llegan 1 Samuel 12:16-18.
Aterrados, le piden: «ruega por tus siervos» 1 Samuel 12:19. La respuesta define el resto de su vida: «lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto» 1 Samuel 12:23. Deja de gobernar, pero no se retira: queda como intercesor y maestro frente al rey.
Samuel reprende a Saúl por ofrecer el holocausto
1 Samuel 13:8-15 Leer esta escena aparte →Con los filisteos concentrados en Micmas y el ejército de Saúl desertando, el rey espera en Gilgal siete días, «conforme al plazo que Samuel había dicho». Samuel no llega, y Saúl ofrece él mismo el holocausto. Apenas termina, aparece Samuel 1 Samuel 13:8-10.
Saúl se justifica: el pueblo se le iba, Samuel no venía y los filisteos estaban reunidos; «me esforcé, pues, y ofrecí holocausto» 1 Samuel 13:11-12. Samuel responde con la primera sentencia: «locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová». Si lo hubiera guardado, su reino habría sido para siempre; ahora no durará: Dios «se ha buscado un varón conforme a su corazón» y lo ha designado príncipe 1 Samuel 13:13-14. Y se va de Gilgal 1 Samuel 13:15.
El texto dice que Saúl esperó los siete días del plazo 1 Samuel 13:8; no explica por qué Samuel llegó justo entonces. Lo que sí deja claro es el motivo del reproche: no guardar el mandamiento, que era esperar a Samuel para el sacrificio 1 Samuel 10:8.
«Obedecer es mejor que los sacrificios»: Samuel rechaza a Saúl
1 Samuel 15:1-35 Leer esta escena aparte →Samuel le transmite a Saúl un mandato contra Amalec: destruirlo todo, personas y ganado, por lo que hizo a Israel cuando salía de Egipto 1 Samuel 15:1-3.
Saúl vence, pero perdona al rey Agag y a lo mejor del ganado, y destruye solo lo que no valía nada 1 Samuel 15:7-9. La palabra de Dios llega a Samuel: «me pesa haber puesto por rey a Saúl». Y Samuel no responde con satisfacción: «se apesadumbró Samuel, y clamó a Jehová toda aquella noche» 1 Samuel 15:10-11.
Por la mañana le dicen que Saúl se levantó un monumento en Carmel y bajó a Gilgal 1 Samuel 15:12. Saúl lo recibe: «yo he cumplido la palabra de Jehová». Samuel le pregunta por los balidos y los bramidos que se oyen; Saúl dice que el pueblo guardó lo mejor para sacrificarlo a «Jehová tu Dios» 1 Samuel 15:13-15.
Samuel le recuerda de dónde viene —«aunque eras pequeño en tus propios ojos, ¿no has sido hecho jefe de las tribus?»— y le da la sentencia en forma de poema: «¿se complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios». Como Saúl desechó la palabra de Dios, Dios lo ha desechado como rey 1 Samuel 15:17-23.
Saúl confiesa, alega que temió al pueblo y le ruega que vuelva con él. Samuel se niega y se da vuelta; Saúl lo agarra del borde del manto y se lo rasga. Samuel convierte el gesto en sentencia: así ha rasgado Dios hoy el reino de Saúl, para darlo a un prójimo mejor que él 1 Samuel 15:24-28. Y añade: «la Gloria de Israel no mentirá, ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta» 1 Samuel 15:29.
Samuel accede a acompañar a Saúl delante de los ancianos. Después manda traer a Agag y lo mata delante de Dios en Gilgal: «como tu espada dejó a las mujeres sin hijos, así tu madre será sin hijo entre las mujeres» 1 Samuel 15:30-33. Cada uno vuelve a su casa, Samuel a Ramá y Saúl a Guibeá. «Y nunca después vio Samuel a Saúl en toda su vida; y Samuel lloraba a Saúl» 1 Samuel 15:34-35. El libro, sin embargo, los vuelve a poner frente a frente en Naiot 1 Samuel 19:24.
Samuel unge a David en Belén
1 Samuel 16:1-13 Leer esta escena aparte →Dios interrumpe el duelo: «¿hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado?». Le manda llenar su cuerno de aceite e ir a casa de Isaí de Belén, porque entre sus hijos se ha provisto de rey 1 Samuel 16:1.
Samuel tiene miedo, y lo dice: «si Saúl lo supiera, me mataría». Dios le indica llevar una becerra y presentarse como quien va a ofrecer sacrificio 1 Samuel 16:2-3. En Belén, los ancianos salen a recibirlo temblando: «¿es pacífica tu venida?» 1 Samuel 16:4.
Isaí hace pasar a sus hijos. Al ver a Eliab, el mayor, Samuel piensa que ese es el ungido. Dios lo detiene: «no mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura… porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» 1 Samuel 16:6-7. La advertencia va dirigida a Samuel, que años antes había presentado a Saúl señalando que no había otro como él, en una escena donde el texto destacaba su estatura 1 Samuel 10:23-24.
Pasan siete hijos y ninguno es el elegido. «¿Son éstos todos tus hijos?». Falta el menor, que está con las ovejas. Samuel se niega a sentarse a la mesa hasta que llegue 1 Samuel 16:8-11. Cuando entra David, Dios le dice: «levántate y úngelo, porque éste es». Samuel lo unge en medio de sus hermanos, el Espíritu de Dios viene sobre David desde ese día, y Samuel se vuelve a Ramá 1 Samuel 16:12-13. Es la última unción de su vida.
David se refugia con Samuel en Naiot de Ramá
1 Samuel 19:18-24 Leer esta escena aparte →Años después, David huye de Saúl y va a buscar a Samuel a Ramá. Le cuenta todo lo que Saúl le ha hecho, y los dos se instalan en Naiot 1 Samuel 19:18. El único refugio que David busca en ese momento es el profeta que lo ungió.
Saúl envía mensajeros a prenderlo. Encuentran a un grupo de profetas que profetizaban «y a Samuel que estaba allí y los presidía», y el Espíritu de Dios cae sobre ellos: también profetizan. Pasa lo mismo con un segundo y un tercer grupo 1 Samuel 19:19-21.
Al final va el propio Saúl. En el camino, el Espíritu cae también sobre él; llega profetizando, se quita la ropa y queda tendido «delante de Samuel» todo el día y toda la noche. De ahí, dice el texto, viene el dicho «¿también Saúl entre los profetas?» 1 Samuel 19:22-24, el mismo que ya se había explicado de otro modo en su unción 1 Samuel 10:11-12.
La siguiente noticia sobre Samuel es su muerte. El texto la da en una frase: murió, se juntó todo Israel, lo lloraron y lo sepultaron «en su casa en Ramá» 1 Samuel 25:1.
Saúl y la adivina de Endor: la aparición de Samuel
1 Samuel 28:3-25 Leer esta escena aparte →La última aparición de Samuel ocurre después de muerto. El texto recuerda dos datos antes de empezar: Samuel ya había sido enterrado en Ramá, y Saúl había expulsado del país a los que evocaban muertos y a los adivinos 1 Samuel 28:3.
Los filisteos acampan en Sunem y Saúl, en Gilboa, tiene miedo. Consulta a Dios, «pero Jehová no le respondió ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas» 1 Samuel 28:4-6. Entonces busca a una mujer que evoca muertos en Endor, va disfrazado y de noche, y le pide: «hazme venir a Samuel» 1 Samuel 28:7-11.
Cuando la mujer ve a Samuel, grita, y en ese momento reconoce a Saúl 1 Samuel 28:12. Dice que ve «dioses que suben de la tierra» —en hebreo, elohim, una palabra que puede designar seres sobrehumanos en general— y lo describe: un anciano, cubierto con un manto. Saúl entiende que es Samuel y se postra 1 Samuel 28:13-14.
«¿Por qué me has inquietado haciéndome venir?». Saúl le explica que Dios ya no le responde. Samuel le repite lo que le dijo en vida: Dios le quitó el reino y se lo dio a David, por no haber obedecido en lo de Amalec. Y añade lo que no sabía: Israel caerá en manos de los filisteos, «y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos» 1 Samuel 28:15-19. Saúl cae al suelo sin fuerzas 1 Samuel 28:20. Al día siguiente, en Gilboa, muere con tres de sus hijos 1 Samuel 31:6.
Samuel en el resto de la Biblia: el profeta que intercedía
Jeremías 15:1 Leer esta escena aparte →Fuera de los libros que llevan su nombre, la Biblia recuerda a Samuel de varias formas, y una se repite.
Crónicas lo integra en la memoria del culto: lo pone entre los levitas, con un nieto, Hemán, entre los cantores del templo 1 Crónicas 6:33; le atribuye un papel en la organización de los porteros del santuario, junto a David 1 Crónicas 9:22; recuerda que David fue ungido rey sobre todo Israel «conforme a la palabra de Jehová por medio de Samuel» 1 Crónicas 11:3; y cita entre sus fuentes un libro de «Samuel vidente» 1 Crónicas 29:29.
Pero lo que más se recuerda es su oración. El Salmo 99 lo pone junto a Moisés y Aarón como uno de los que invocaban el nombre de Dios y eran respondidos Salmos 99:6. Y en Jeremías, cuando Dios rechaza interceder por Judá, usa a Moisés y a Samuel como el caso máximo: ni aunque ellos dos se pusieran delante de él cambiaría la sentencia Jeremías 15:1. Es la figura que el propio Samuel había asumido en Mizpa y en Gilgal: el que no deja de rogar por su pueblo 1 Samuel 7:5 1 Samuel 12:23.
El Nuevo Testamento lo sitúa como punto de partida. Pedro habla de «todos los profetas desde Samuel en adelante» Hechos 3:24; Pablo, en Antioquía de Pisidia, lo pone al final de los jueces y al comienzo de los reyes Hechos 13:20-21; y Hebreos lo incluye entre los que por la fe «hicieron justicia» Hebreos 11:32-33.