Saúl busca las asnas de su padre y encuentra a Samuel
1 Samuel 9:1-27 Leer esta escena aparte →La historia del primer rey de Israel empieza con un encargo doméstico: a Cis, un benjaminita acomodado, se le han perdido las asnas, y manda a su hijo Saúl a buscarlas con un criado 1 Samuel 9:3. El texto lo presenta con dos rasgos: joven y hermoso, y tan alto que «de hombros arriba sobrepasaba a cualquiera del pueblo» 1 Samuel 9:2.
Recorren cuatro comarcas sin encontrarlas. Cuando Saúl quiere volverse para que su padre no se preocupe, es el criado quien propone consultar al vidente de la ciudad, y es el criado quien tiene el cuarto de siclo para pagarle 1 Samuel 9:5-8. Al primero que Dios elige rey lo llevan a su unción los planes de otro.
Samuel lo estaba esperando: Dios le había avisado el día anterior 1 Samuel 9:15-16. Lo sienta a la cabecera de los invitados, le reserva la porción de honor y le anuncia que todo lo deseable de Israel será para él. Saúl responde con lo que será su rasgo constante al principio: se achica. Es de la tribu más pequeña y de la familia más pequeña de esa tribu 1 Samuel 9:21.
Saúl ungido y proclamado rey en Mizpa
1 Samuel 10:1-27 Leer esta escena aparte →Samuel lo unge en privado, con una redoma de aceite y sin testigos 1 Samuel 10:1, y le anuncia tres señales que se cumplen esa misma jornada. La última es que el Espíritu vendrá sobre él y profetizará con un grupo de profetas; los que lo conocen se quedan pasmados y nace un dicho: «¿También Saúl entre los profetas?» 1 Samuel 10:11-12.
Después viene el acto público en Mizpa, y es de otro tono. Samuel convoca a las tribus y presenta la elección como un reproche —«vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios»— antes de echar suertes 1 Samuel 10:18-19. La suerte cae sobre Saúl, pero Saúl no aparece: hay que consultar otra vez, y lo encuentran escondido entre el bagaje 1 Samuel 10:21-22. Lo sacan, lo aclaman, y aun así «algunos perversos» preguntan qué los va a salvar este, y él calla 1 Samuel 10:27.
Saúl salva Jabes de Galaad de los amonitas
1 Samuel 11:1-15 Leer esta escena aparte →Nahas el amonita sitia Jabes de Galaad y ofrece un pacto humillante: se rinden y les saca a todos el ojo derecho, «para afrenta de todo Israel» 1 Samuel 11:2. Los de Jabes piden siete días para buscar auxilio.
Los mensajeros llegan a Guibeá y encuentran a Saúl volviendo del campo detrás de los bueyes 1 Samuel 11:5: es rey desde hace poco y sigue arando. Al oír la noticia, el Espíritu de Dios viene sobre él y se enciende en ira. Despedaza una yunta y manda los pedazos por todo el territorio con un mensaje: al que no salga, lo mismo le harán a sus bueyes 1 Samuel 11:6-7. Reúne un ejército, ataca de madrugada y deshace a los amonitas.
En la euforia, el pueblo quiere matar a los que lo habían despreciado. Saúl lo impide: hoy no muere nadie, porque hoy Dios ha dado salvación 1 Samuel 11:12-13. Es su mejor momento, y conviene no pasarlo por alto: el rey rechazado del final es el mismo que aquí perdona a sus detractores el día de su triunfo.
Samuel convoca entonces al pueblo en Gilgal «para renovar allí el reino», y allí lo invisten rey delante de Jehová, con sacrificios de paz y una alegría que el texto subraya 1 Samuel 11:14-15.
Saúl no espera a Samuel y ofrece el holocausto en Gilgal
1 Samuel 13:1-14 Leer esta escena aparte →La guerra con los filisteos es de otra escala. El texto los describe acampados con carros y gente «como la arena» 1 Samuel 13:5, y a los israelitas escondiéndose en cuevas y pozos. El ejército de Saúl se le deshace entre las manos.
Samuel le había dicho que esperara siete días. Saúl espera los siete, ve que la gente se le dispersa y ofrece él mismo el holocausto. Está terminando cuando llega Samuel 1 Samuel 13:8-10. Su explicación es de manual militar: la tropa se iba, el enemigo bajaba, y todavía no había implorado el favor de Dios; «me esforcé, pues, y ofrecí holocausto» 1 Samuel 13:11-12.
La sentencia es desproporcionada a primera vista: su reino no será duradero, porque Dios «se ha buscado un varón conforme a su corazón» 1 Samuel 13:13-14.
Jonatán come del panal y el juramento de Saúl
1 Samuel 14:24-46 Leer esta escena aparte →La victoria de ese día no la gana Saúl: la desencadena Jonatán, que sube con su paje de armas por un desfiladero de Micmas y provoca el pánico en el campamento filisteo 1 Samuel 14:1-15.
Mientras tanto, Saúl hace jurar al ejército que nadie comerá nada hasta la noche 1 Samuel 14:24. Jonatán no lo ha oído, moja la vara en un panal y come; al enterarse, dice en voz alta lo que el narrador quiere que pensemos: su padre ha turbado al país, y la matanza habría sido mayor si la tropa hubiera comido 1 Samuel 14:29-30. Al anochecer, los hombres, muertos de hambre, se echan sobre el botín y comen carne con la sangre.
Cuando Dios no responde a la consulta, Saúl busca al culpable por suertes y la suerte cae sobre Jonatán. Saúl mantiene el juramento —«así me haga Dios y aun me añada, que sin duda morirás»— y es el pueblo quien rescata a Jonatán 1 Samuel 14:44-45. El rey queda desautorizado por su propia gente para que su hijo no muera por una orden suya.
Saúl perdona a Agag y Dios lo rechaza como rey
1 Samuel 15:1-35 Leer esta escena aparte →La orden sobre Amalec es explícita y dura: destruirlo todo 1 Samuel 15:3. Saúl vence, pero perdona al rey Agag y lo mejor del ganado 1 Samuel 15:9.
El diálogo con Samuel es el más revelador del personaje. Empieza afirmando que ha cumplido 1 Samuel 15:13; Samuel le contesta con la pregunta que lo desarma: «¿qué balido de ovejas es este que yo oigo?» 1 Samuel 15:14. Saúl traslada la responsabilidad —«el pueblo» perdonó lo mejor— y le da un fin religioso: era para sacrificarlo a Dios 1 Samuel 15:15. De ahí la respuesta de Samuel: obedecer vale más que los sacrificios, y escuchar más que la grosura de los carneros 1 Samuel 15:22.
Cuando Samuel se da la vuelta, Saúl le agarra el borde del manto y lo rasga. Samuel convierte el accidente en sentencia: así ha rasgado Dios el reino de Israel de su mano 1 Samuel 15:27-28. Y entonces Saúl pide algo que lo retrata entero: que lo honre delante de los ancianos y del pueblo 1 Samuel 15:30. Ya sabe que ha perdido el favor; lo que negocia es no perder la cara.
Lo último ocurre en Gilgal: Samuel manda traer a Agag y lo despedaza delante de Jehová 1 Samuel 15:32-33. Es el mismo sitio donde el pueblo lo había investido rey y donde ya había oído la primera sentencia. Donde lo hicieron rey es donde acaba de perder el reino.
El espíritu malo de Saúl y el arpa de David
1 Samuel 16:14-23 Leer esta escena aparte →A partir de aquí el relato de Saúl es el relato de su deterioro. El texto lo formula así: el Espíritu de Dios se apartó de él y «un espíritu malo de parte de Jehová» lo atormentaba 1 Samuel 16:14. Sus criados proponen un remedio musical, y así entra David en la corte: toca el arpa y Saúl se alivia 1 Samuel 16:23.
La misma música terminará esquivándose. Cuando las mujeres canten que Saúl mató a miles y David a diez miles 1 Samuel 18:7, el arpa seguirá sonando pero habrá una lanza en la mano del rey 1 Samuel 18:10-11.
Saúl manda matar a los sacerdotes de Nob
1 Samuel 22:6-23 Leer esta escena aparte →El episodio más oscuro de su reinado no lo protagoniza contra David, sino contra unos sacerdotes. Ahimelec había dado a David pan y la espada de Goliat sin saber que huía 1 Samuel 21:1-9. Saúl convoca a los sacerdotes de Nob y ordena matarlos.
Sus propios guardias se niegan a levantar la mano contra sacerdotes de Dios 1 Samuel 22:17. La orden la ejecuta Doeg el edomita: ochenta y cinco sacerdotes, y después la ciudad entera con sus mujeres, niños y ganado 1 Samuel 22:18-19. Escapa uno, Abiatar, que se refugia con David.
David perdona la vida a Saúl en la cueva de En-gadi
1 Samuel 24:1-22 Leer esta escena aparte →La persecución da dos escenas casi gemelas. En En-gadi, Saúl entra a hacer sus necesidades justamente en la cueva donde está escondido David con sus hombres; David se acerca y le corta el borde del manto, y hasta eso le pesa 1 Samuel 24:4-5. Después le grita desde lejos mostrando el pedazo de tela: podría haberte matado y no lo hice 1 Samuel 24:11.
La respuesta de Saúl es de las cosas más desconcertantes del libro. Llora, lo llama «hijo mío David», reconoce que David es más justo que él y le pide que no extermine a su descendencia cuando reine 1 Samuel 24:16-21. Sabe cómo va a terminar esto. Y aun así, poco después vuelve a salir a buscarlo con tres mil hombres 1 Samuel 26:2, y la escena se repite con una lanza clavada junto a su cabeza mientras duerme.
Saúl consulta a la adivina de Endor
1 Samuel 28:3-25 Leer esta escena aparte →La víspera de la última batalla, Saúl ve el campamento filisteo y tiene miedo. Consulta a Dios «y Jehová no le respondió, ni por sueños, ni por Urim, ni por profetas» 1 Samuel 28:6. Entonces pide a sus criados que le busquen una mujer que evoque a los muertos — y el narrador ya nos ha dicho que fue el propio Saúl quien había expulsado del país a los evocadores 1 Samuel 28:3.
Va disfrazado y de noche. La mujer desconfía, y él le jura por el Dios cuya respuesta ha dejado de recibir que no le pasará nada 1 Samuel 28:10. Cuando la figura de Samuel aparece, la mujer grita al reconocer a quién tiene delante. El mensaje no trae consuelo: mañana estarás conmigo tú y tus hijos 1 Samuel 28:19.
Saúl cae al suelo y no quiere comer. Lo levantan entre la mujer —que le sacrifica su becerro— y sus criados 1 Samuel 28:23-25. La última comida del primer rey de Israel se la da la clase de persona que él mismo había proscrito.
La muerte de Saúl en el monte Gilboa
1 Samuel 31:1-13 Leer esta escena aparte →La batalla se pierde. Mueren Jonatán, Abinadab y Malquisúa; los arqueros alcanzan a Saúl. Pide a su paje que lo remate para que no lo hagan los filisteos; el paje no se atreve, y Saúl se echa sobre su propia espada 1 Samuel 31:3-5.
Los filisteos le cortan la cabeza, mandan la noticia por todo su territorio, cuelgan las armas en el templo de Astarot y clavan su cuerpo en el muro de Bet-sán 1 Samuel 31:9-10.
Y entonces el relato vuelve al principio. Los hombres valientes de Jabes de Galaad —la ciudad que Saúl salvó del ojo arrancado en su primera campaña— caminan toda la noche, descuelgan los cuerpos, los queman, entierran los huesos bajo un tamarisco y ayunan siete días 1 Samuel 31:11-13. Al cabo de todo su reinado, la deuda seguía viva.