Nacimiento de Moisés: rescatado de las aguas del Nilo
Éxodo 1:8—2:10 Leer esta escena aparte →Han muerto los patriarcas y las tribus. Israel se ha multiplicado en la tierra de Gosén, al este del delta del Nilo, hasta convertirse en una comunidad numerosa. Y entonces, dice el relato sin decir cuándo, se levantó sobre Egipto un rey nuevo «que no conocía a José» Éxodo 1:8.
El nuevo rey ve un problema demográfico y decide contenerlo con trabajo forzado: mandan a los hebreos a edificar las ciudades de almacenaje de Pitón y Ramesés Éxodo 1:11. No basta. Ordena entonces a las parteras hebreas —Sifra y Fúa, cuyos nombres el texto conserva mientras omite el del rey— matar a los recién nacidos varones. Ellas no obedecen; le dicen al faraón que las hebreas paren antes de que ellas lleguen Éxodo 1:15-19. La ley genocida se convierte en decreto público: todo hijo que nazca varón, al río Éxodo 1:22.
En ese decreto nace Moisés. Un varón levita toma por mujer a una hija de Leví Éxodo 2:1 — la escueta ceremonia del texto oculta después los nombres: son Amram y Jocabed Éxodo 6:20. La madre lo esconde tres meses; cuando no puede más, hace una arquilla de juncos calafateada, la misma palabra hebrea (tebâ) que usaba Génesis para el arca de Noé, y lo pone entre los juncos del Nilo Éxodo 2:3. Su hermana Miriam se queda lejos, mirando Éxodo 2:4.
Baja al río una hija del faraón. Ve la canasta, la abre, y el niño llora Éxodo 2:5-6. Miriam se acerca y le ofrece traer una nodriza hebrea — que es la propia madre del niño Éxodo 2:7-9. La ironía es completa: el decreto real termina pagando por criar al niño que debía morir. Cuando crece, la princesa lo adopta y le da nombre: Moisés, «porque de las aguas lo saqué» Éxodo 2:10.
Moisés mata a un egipcio y huye a Madián
Éxodo 2:11-25 Leer esta escena aparte →El texto salta de la infancia a la adultez sin transición. En una sola línea: «creció Moisés» Éxodo 2:11. Esteban, siglos después, glosará el salto: se educó «en toda la sabiduría de los egipcios» Hechos 7:22, y a los cuarenta años decidió visitar a sus hermanos Hechos 7:23. El príncipe egipcio recuerda que es hebreo.
Ve a un egipcio golpeando a un hebreo. Mira alrededor, no ve a nadie, mata al egipcio y lo esconde en la arena Éxodo 2:12. El detalle —mirar antes— dice que sabe que está haciendo algo ilegal. Al día siguiente sale y encuentra a dos hebreos peleando. Reprende al que maltrata a su compañero Éxodo 2:13, y este le responde con la frase que va a resonar el resto de su vida: «¿quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros?» Éxodo 2:14. Y añade: «¿piensas matarme como mataste al egipcio?» La operación clandestina no era tal.
Faraón se entera y Moisés huye. El texto no ahorra la humillación: el príncipe educado en la corte del imperio termina sentado junto a un pozo en el desierto de Madián Éxodo 2:15, defendiendo a unas pastoras contra otros pastores. Las pastoras son hijas del sacerdote de Madián —a quien el texto llama Reuel aquí Éxodo 2:18 y Jetró después Éxodo 3:1—. Moisés se queda con él; se casa con una de las hijas, Séfora, y tiene un hijo al que llama Gersón, «forastero he sido en tierra ajena» Éxodo 2:22.
Cuarenta años de silencio. El texto los despacha en tres versículos: mientras tanto muere aquel faraón, y los hijos de Israel gimen bajo la servidumbre, y Dios oye Éxodo 2:23-25. La cámara se aleja de Moisés para recordar por qué existe la historia.
Moisés y la zarza ardiente: Dios revela su nombre
Éxodo 3:1—4:17 Leer esta escena aparte →Ochenta años de edad, apacentando las ovejas de su suegro en el desierto, Moisés llega al Horeb, «el monte de Dios» Éxodo 3:1. Ve una zarza ardiendo que no se consume, se acerca a mirar el prodigio, y la voz que sale de la zarza lo detiene: «no te acerques; quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es» Éxodo 3:5.
La voz se identifica en tres tiempos: «yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob» Éxodo 3:6. No es un dios nuevo: es el Dios de los patriarcas, que ha oído el clamor y ha visto la aflicción, y ha bajado para librar Éxodo 3:7-8. Y luego, el pivote de todo: «ven, por tanto, ahora, y te enviaré a Faraón, para que saques de Egipto a mi pueblo, los hijos de Israel» Éxodo 3:10.
Moisés objeta cinco veces. Es la única secuencia del Antiguo Testamento en la que un llamado divino se resiste tan larga y tan sistemáticamente.
Primera objeción: «¿quién soy yo para que vaya a Faraón?» Éxodo 3:11. Dios no responde a la pregunta; la desvía: «yo estaré contigo» Éxodo 3:12. La misión no descansa en la identidad del enviado sino en la presencia del que envía.
Segunda objeción: si le preguntan cuál es el nombre del Dios que lo envía, ¿qué dirá? Éxodo 3:13. Y aquí viene la respuesta que va a definir la teología de todo el Antiguo Testamento: «ehyeh asher ehyeh» — «YO SOY EL QUE SOY» Éxodo 3:14. Y añade, para el uso público: Jehová (YHWH), «Dios de vuestros padres», «este es mi nombre para siempre» Éxodo 3:15.
Tercera objeción: no me creerán Éxodo 4:1. Dios le da tres señales: la vara que se convierte en serpiente y vuelve a vara Éxodo 4:2-5, la mano metida en el seno que sale leprosa y vuelve sana Éxodo 4:6-7, y el agua del Nilo que se convertirá en sangre Éxodo 4:9. Es el equipamiento del profeta que no tiene todavía palabras.
Cuarta objeción: «Ay, Señor, nunca he sido hombre de fácil palabra… soy tardo en el habla y torpe de lengua» Éxodo 4:10. Dios le responde que él hizo la boca del hombre y que estará con la suya Éxodo 4:11-12.
Quinta objeción: que envíe a otro Éxodo 4:13. Entonces Dios se enoja Éxodo 4:14. Pero cede a la resistencia: irá con él su hermano Aarón, «yo sé que él habla bien» Éxodo 4:14, tú serás para él en lugar de Dios y él será tu profeta Éxodo 4:15-16. El líder tímido se lleva un vocero. La concesión será después un problema —Aarón será quien construya el becerro de oro—, pero de eso todavía faltan capítulos.
Moisés vuelve a Egipto y se enfrenta al faraón
Éxodo 4:18—6:13 Leer esta escena aparte →Moisés le pide permiso a su suegro y sale con Séfora y los niños de vuelta a Egipto Éxodo 4:18-20. Dios le adelanta el guion: Faraón no dejará salir al pueblo, y el desenlace será la muerte del primogénito de Egipto Éxodo 4:21-23.
Y entonces, en el mismo capítulo, viene uno de los episodios más extraños de toda la Escritura. Dice el texto: «aconteció en el camino, que en una posada Jehová le salió al encuentro, y quiso matarlo» Éxodo 4:24. No se explica quién es «lo». Séfora toma un pedernal, circuncida a su hijo, y toca con el prepucio los pies de alguien —¿de Moisés? ¿del niño?— y dice «esposo de sangre me eres» Éxodo 4:25-26. Y Dios lo suelta.
Moisés llega, se junta con Aarón en el monte de Dios, y juntos van a los ancianos de Israel. Los ancianos, viendo las señales, creen y adoran Éxodo 4:29-31. La primera parte es fácil.
La segunda no. Van a Faraón: «Jehová el Dios de Israel dice así: Deja ir a mi pueblo» Éxodo 5:1. Faraón responde con desdén: «¿quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová» Éxodo 5:2. Y como represalia, ordena que los esclavos hebreos sigan cumpliendo su cuota de ladrillos pero busquen ellos mismos la paja Éxodo 5:6-9.
El resultado inmediato es que los propios hebreos se vuelven contra Moisés y Aarón: «Jehová juzgue… nos habéis hecho abominables delante de Faraón, y de sus siervos, poniéndoles la espada en la mano para que nos maten» Éxodo 5:21. Moisés vuelve a Dios: «¿por qué afliges a este pueblo? ¿por qué me enviaste?» Éxodo 5:22. La misión empieza mal. Dios responde reafirmando el nombre y la promesa: «yo soy Jehová… os sacaré… os redimiré… os tomaré por mi pueblo» Éxodo 6:6-7. Pero Israel, dice el texto, «no escuchaba a Moisés a causa de la congoja de espíritu, y de la dura servidumbre» Éxodo 6:9.
Las diez plagas de Egipto y el corazón endurecido del faraón
Éxodo 7:14—11:10 Leer esta escena aparte →Empieza el pulso. Las plagas están narradas como un duelo entre dos poderes: Jehová contra los dioses de Egipto Éxodo 12:12. La misma fórmula se repite en cada ciclo: Moisés pide, Faraón se niega, cae la plaga, Faraón promete, Moisés intercede, la plaga cede, Faraón se retracta. Y Dios «endurece» o Faraón mismo «endurece» su corazón, en un juego de sujetos que Éxodo alterna sin resolver.
El propósito declarado no es solo sacar al pueblo. Es que Egipto —y también Israel— sepan quién es YHWH: «para que sepan los egipcios que yo soy Jehová, cuando extienda mi mano sobre Egipto» Éxodo 7:5, y «que se lo cuentes a tu hijo y al hijo de tu hijo… y sepáis que yo soy Jehová» Éxodo 10:2.
Las diez, en orden: aguas convertidas en sangre Éxodo 7:14-25; ranas Éxodo 8:1-15; piojos o mosquitos, donde por primera vez los magos egipcios reconocen que «el dedo de Dios es este» Éxodo 8:16-19; moscas Éxodo 8:20-32; peste del ganado Éxodo 9:1-7; úlceras que los magos ya no pueden ni presenciar Éxodo 9:8-12; granizo con fuego Éxodo 9:13-35; langostas Éxodo 10:1-20; tinieblas «que casi se podían palpar» Éxodo 10:21-23; y, tras el ultimátum, la muerte del primogénito Éxodo 11:4-8.
A partir de la cuarta plaga, el texto anota que Gosén queda protegido: las plagas empiezan a distinguir entre egipcios e israelitas Éxodo 8:22-23, Éxodo 9:26, Éxodo 10:23.
La primera Pascua y la salida de Egipto
Éxodo 12:1—13:22 Leer esta escena aparte →La décima plaga no cae sin aviso. Dios instruye a Moisés y Aarón sobre lo que se convertirá en el memorial más importante del calendario israelita: cada casa toma un cordero de un año, sin defecto, lo degüella al atardecer del día catorce del mes, unta la sangre en las jambas y el dintel de la puerta, y come la carne asada al fuego con panes sin levadura y hierbas amargas, vestido, con el cinto ceñido, el calzado puesto y el bordón en la mano Éxodo 12:1-11. La sangre marca las casas donde el juicio pasará de largo: «cuando yo vea la sangre, pasaré de vosotros» Éxodo 12:13. De ahí el nombre: Pesaḥ, «paso de largo».
A medianoche, Jehová hiere a todo primogénito de Egipto —del faraón, del esclavo, hasta del ganado Éxodo 12:29—. Faraón llama de noche a Moisés y Aarón y les dice: salid Éxodo 12:31. Los egipcios les dan oro, plata y vestidos con tal de que se vayan Éxodo 12:35-36. Israel sale: unos seiscientos mil varones a pie, sin contar mujeres y niños, más «grande multitud de toda clase de gentes» Éxodo 12:37-38.
El texto marca el tiempo con precisión de acta notarial: «el tiempo que los hijos de Israel habitaron en Egipto fue de cuatrocientos treinta años. Y aconteció que pasados los cuatrocientos treinta años, en el mismo día, todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto» Éxodo 12:40-41.
Dios no los lleva por el camino corto —la ruta costera de los filisteos— para que no se arrepientan al ver la guerra Éxodo 13:17. Los lleva por el desierto hacia el mar. Y va con ellos, dice el texto, en columna de nube de día y columna de fuego de noche Éxodo 13:21-22. Moisés lleva consigo los huesos de José, para cumplir el juramento que aquel había hecho jurar a sus hermanos Éxodo 13:19.
El cruce del mar Rojo y el cántico de Moisés
Éxodo 14:1—15:21 Leer esta escena aparte →Faraón, arrepentido, sale detrás con seiscientos carros escogidos Éxodo 14:5-7. Alcanza a Israel acampado junto al mar. La reacción de Israel es la que se va a repetir en el desierto una y otra vez: «¿no había sepulcros en Egipto, que nos has sacado para que muramos en el desierto? ¿por qué has hecho así con nosotros?» Éxodo 14:11.
Moisés responde con una frase que se va a quedar: «No temáis; estad firmes, y ved la salvación que Jehová hará hoy… Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos» Éxodo 14:13-14. Y Dios, que escucha, le corta: «¿por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que marchen» Éxodo 14:15.
Moisés extiende la mano sobre el mar; sopla toda la noche un viento recio del oriente; las aguas se dividen; Israel pasa por lo seco Éxodo 14:21-22. Los carros de Faraón entran detrás. Dios traba las ruedas Éxodo 14:25, Moisés vuelve a extender la mano al amanecer, y las aguas cubren al ejército Éxodo 14:26-28. «Israel vio a los egipcios muertos a la orilla del mar» Éxodo 14:30, «y el pueblo temió a Jehová, y creyeron a Jehová y a Moisés su siervo» Éxodo 14:31.
Sigue el poema —el llamado Cántico del Mar, uno de los textos hebreos más antiguos que conserva la Escritura— que entonces cantan Moisés y los hijos de Israel: «cantaré yo a Jehová, porque se ha magnificado grandemente; ha echado en el mar al caballo y al jinete» Éxodo 15:1. Y luego Miriam, «la profetisa, hermana de Aarón», toma un pandero y las mujeres salen tras ella danzando Éxodo 15:20-21. Es la primera vez que el texto le da nombre a la hermana de Moisés — y le da también un título: profetisa.
El maná, el agua de la roca y el consejo de Jetro
Éxodo 15:22—18:27 Leer esta escena aparte →El resto de Éxodo, todo Levítico, todo Números y todo Deuteronomio ocurrirán en el desierto. La geografía cambia: se acabó el Nilo, empiezan las paradas.
Tres días sin agua y llegan a Mara — «marâh», amarga: el nombre viene del agua que no se puede beber. Moisés echa un madero al agua siguiendo la indicación de Dios y el agua se endulza Éxodo 15:23-25. En el desierto de Sin llega la primera queja del pueblo por comida, y no la última: «para que muramos nosotros de hambre» Éxodo 16:3. Dios responde con el maná, cada mañana, seis días a la semana, cuarenta años Éxodo 16:14-35. Y con codornices al atardecer Éxodo 16:13.
En Refidim, otra vez sin agua. El pueblo riñe con Moisés al punto de que él teme por su vida: «un poco más y me apedrearán» Éxodo 17:4. Dios le ordena golpear la roca en Horeb; salen aguas Éxodo 17:5-6. Al lugar Moisés lo llama Masá y Meriba —«tentación» y «rencilla»— por la pregunta de fondo: «¿está, pues, Jehová entre nosotros, o no?» Éxodo 17:7. Guarda el nombre: se va a repetir cuarenta años después, en peores condiciones.
En Refidim también ataca Amalec. Josué sale a pelear. Moisés sube al monte con la vara de Dios: mientras alza la mano Israel prevalece; cuando la baja, Amalec prevalece. Aarón y Hur le sostienen las manos hasta la puesta del sol Éxodo 17:8-13.
Y llega Jetró — desde Madián, con Séfora y los dos hijos de Moisés a quien la había mandado devolver Éxodo 18:1-6. Escucha lo que Dios ha hecho y bendice a Jehová Éxodo 18:9-11. Al día siguiente ve a Moisés juzgando al pueblo de la mañana a la noche, solo. Y le da el consejo que va a organizar el gobierno de Israel: nombra jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez; ellos juzgarán los asuntos pequeños, y solo lo grande llegará a ti Éxodo 18:13-23. Moisés obedece a su suegro. Es uno de los muy pocos consejos exteriores que el texto le muestra aceptando.
Los Diez Mandamientos y el pacto en el monte Sinaí
Éxodo 19:1—24:18 Leer esta escena aparte →Al tercer mes de haber salido de Egipto, Israel llega al desierto del Sinaí y acampa frente al monte Éxodo 19:1-2. Moisés sube. Y Dios declara, antes de dar ninguna ley, cuál es el proyecto: «vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos… reino de sacerdotes, y gente santa» Éxodo 19:4-6. Israel responde: «todo lo que Jehová ha dicho, haremos» Éxodo 19:8.
Tres días de preparación. Al tercero, en la mañana, «vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte, y sonido de bocina muy fuerte; y se estremeció todo el pueblo» Éxodo 19:16. El monte humea, tiembla, se cubre de fuego Éxodo 19:18. Y en ese contexto —no en un aula, no en un templo— Dios habla los diez mandamientos Éxodo 20:1-17. Uno solo Dios. Ninguna imagen. El nombre no en vano. El sábado. Honra padre y madre. No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. No codiciarás.
El pueblo, viendo los truenos, pide que Moisés hable con Dios y les traiga la palabra: «háblanos tú, y nosotros oiremos; mas no hable Dios con nosotros, para que no muramos» Éxodo 20:19. Nace ahí la vocación mediadora que va a definir el resto de la vida de Moisés.
Siguen los tres capítulos del «libro del pacto» Éxodo 21:1—23:33 con leyes civiles y rituales. Y al final Moisés escribe todo, edifica un altar al pie del monte, ofrece sacrificios, toma la mitad de la sangre y la rocía sobre el altar, y con la otra mitad rocía al pueblo, diciendo: «he aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros» Éxodo 24:6-8. Esa frase, «sangre del pacto», va a resonar en la última cena Mateo 26:28.
Y luego, algo insólito: Moisés, Aarón, Nadab, Abiú y setenta ancianos de Israel suben, «y vieron al Dios de Israel»; había bajo sus pies como un enlosado de zafiro; «y comieron y bebieron» Éxodo 24:9-11. La única comida ritual del Antiguo Testamento en la que hombres vieron a Dios.
Moisés sube después solo. Se queda cuarenta días y cuarenta noches en el monte Éxodo 24:18. En el intertanto le son dictadas las instrucciones minuciosas para el tabernáculo, el sacerdocio, los utensilios y las vestiduras Éxodo 25:1—31:18.
El becerro de oro y el rostro resplandeciente de Moisés
Éxodo 32:1—34:35 Leer esta escena aparte →Mientras Moisés está en el monte, ocurre abajo la escena que va a ser tomada en el resto de la Biblia como la caída paradigmática. El pueblo se cansa de esperar y le dice a Aarón: «haznos dioses que vayan delante de nosotros; porque a este Moisés, el varón que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué le haya acontecido» Éxodo 32:1. Aarón les pide los zarcillos de oro, funde una imagen —un becerro— y anuncia «fiesta para Jehová» Éxodo 32:2-5. El pueblo se sienta a comer y a beber y se levanta a jugar Éxodo 32:6.
Dios lo ve y le dice a Moisés: baja, tu pueblo se ha corrompido; déjame que mi ira se encienda contra ellos y los consuma, y de ti yo haré una nación grande Éxodo 32:7-10. Es la oferta de reemplazar a Israel por Moisés. Y Moisés la rechaza. Intercede: apela al buen nombre de Dios ante los egipcios («¿por qué han de hablar los egipcios diciendo: para mal los sacó?») y a las promesas hechas a Abraham, Isaac y Jacob Éxodo 32:11-13. «Y Jehová se arrepintió del mal que dijo que había de hacer a su pueblo» Éxodo 32:14.
Baja del monte con las tablas escritas por Dios. Escucha desde lejos el alboroto. Se encuentra con el becerro y las danzas. Y en ese momento «ardió la ira de Moisés, y arrojó las tablas de sus manos, y las quebró al pie del monte» Éxodo 32:19. Muele el becerro, lo esparce sobre el agua y hace que Israel lo beba Éxodo 32:20. Convoca a los levitas y ordena una ejecución sumaria: caen tres mil Éxodo 32:26-28.
Y sube otra vez al monte a interceder. Ahora la intercesión es más grave: «que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito» Éxodo 32:32. Pide su propia condenación a cambio de la del pueblo. Dios responde: al que ha pecado lo raeré yo del libro; tú lleva al pueblo Éxodo 32:33-34.
Entonces se abre la escena más extraordinaria. Dios amenaza con no acompañar al pueblo en persona: «no subiré en medio de ti… eres pueblo de dura cerviz, no sea que te consuma en el camino» Éxodo 33:3. Moisés responde con lo que se va a convertir en la petición central de todo su liderazgo: «si tu presencia no ha de ir conmigo, no nos saques de aquí» Éxodo 33:15. La tierra prometida no vale la pena sin la presencia. Y añade, encima: «te ruego que me muestres tu gloria» Éxodo 33:18.
Dios accede parcialmente: proclamará su nombre y hará pasar toda su bondad delante, pero «no podrás ver mi rostro; porque no me verá hombre, y vivirá» Éxodo 33:20. Le da un lugar —una hendidura en la peña—, lo cubre con la mano mientras pasa, y le deja ver «mis espaldas» Éxodo 33:21-23. Al pasar, Dios proclama su nombre: «Jehová, Jehová, fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad» Éxodo 34:6. Esa fórmula será citada por los profetas y los salmos como el resumen del carácter de Dios.
Se labran las segundas tablas —esta vez Moisés talla las piedras y Dios escribe— y se renueva el pacto Éxodo 34:1-28. Cuando desciende, no sabe que la piel de su rostro resplandece. Aarón y todos los hijos de Israel tienen miedo de acercársele Éxodo 34:29-30. Desde entonces, Moisés cubre su rostro con un velo, y solo se lo quita cuando entra a hablar con Jehová Éxodo 34:33-35.
Rebeliones en el desierto: Miriam, los espías y Coré
Números 11:1—17:13 Leer esta escena aparte →Empiezan los cuarenta años. Números los cuenta a base de rebeliones. La primera es por el maná: el pueblo se cansa de comerlo y se acuerda con nostalgia del pescado, los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos de Egipto Números 11:4-6. Moisés se derrumba: «no puedo yo solo soportar a todo este pueblo, que me es pesado en demasía. Y si así lo haces tú conmigo, yo te ruego que me des muerte» Números 11:14-15. Es una de las pocas veces en la Biblia hebrea que un líder pide morir por agotamiento; Elías hará lo mismo bajo el enebro 1 Reyes 19:4. Dios reparte el espíritu que había sobre Moisés en setenta ancianos Números 11:16-17 Números 11:25.
Entonces Miriam y Aarón hablan contra su hermano. El pretexto: la mujer etíope o cusita con la que se ha casado —posiblemente Séfora, o una segunda esposa Números 12:1. Pero el fondo es la autoridad: «¿solamente por Moisés ha hablado Jehová? ¿no ha hablado también por nosotros?» Números 12:2. Y aquí el texto se detiene para una observación excepcional sobre el carácter de Moisés: «y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra» Números 12:3. Dios los llama a los tres al tabernáculo y establece la diferencia: «cara a cara hablaré con él, y claramente, y no por figuras» Números 12:8. Miriam sale de la nube leprosa. Aarón le suplica a Moisés que interceda, y Moisés lo hace con una plegaria de cinco palabras: «te ruego, oh Dios, que la sanes ahora» Números 12:13. Miriam queda excluida del campamento siete días, y luego el pueblo espera.
Y llega el episodio decisivo: los doce espías. Moisés envía uno de cada tribu a reconocer la tierra Números 13:1-16. Vuelven a los cuarenta días con racimos, granadas e higos Números 13:23-25. Diez de los doce traen mal informe: la tierra es buena, pero las ciudades están fortificadas y sus habitantes son gigantes; «éramos nosotros, a nuestro parecer, como langostas» Números 13:31-33. Solo Caleb y Josué insisten en subir Números 13:30, Números 14:6-9.
El pueblo llora toda la noche y decide «pongamos un capitán y volvámonos a Egipto» Números 14:1-4. Es la línea que rompe la paciencia. Dios propone otra vez destruirlos y empezar de nuevo con Moisés Números 14:12. Y Moisés otra vez intercede Números 14:13-19, apoyándose ahora en la fórmula del carácter divino que se le había revelado en el Sinaí: «Jehová es tardo para la ira, y grande en misericordia» Números 14:18. Dios perdona; pero sentencia: la generación que ha rechazado la tierra no entrará. Vagarán cuarenta años en el desierto, un año por cada día del reconocimiento Números 14:33-34. Todos los mayores de veinte años morirán ahí, salvo Caleb y Josué Números 14:29-30.
Después vienen las rebeliones. La más grave es la de Coré: un levita que, con Datán, Abiram y doscientos cincuenta príncipes, se levanta contra el sacerdocio de Aarón y la autoridad de Moisés Números 16:1-3. «Basta ya de vosotros; porque toda la congregación, todos ellos son santos». La tierra se abre y traga a los cabecillas Números 16:31-33. Fuego consume a los doscientos cincuenta oferentes Números 16:35. Al día siguiente el pueblo murmura de nuevo, ahora contra Moisés y Aarón por «la muerte del pueblo de Jehová»; una plaga mata a catorce mil setecientos hasta que Aarón corre con el incensario entre los muertos y los vivos, y la plaga se detiene Números 16:41-49.
Moisés golpea la roca: por qué no entró en la tierra prometida
Números 20:1-13 Leer esta escena aparte →Cerca del final de los cuarenta años, Israel vuelve a Cades. Muere Miriam y la sepultan allí Números 20:1. Y otra vez falta el agua. Otra vez las mismas palabras: «¿por qué nos hiciste subir de Egipto, para traernos a este mal lugar?» Números 20:5. Moisés y Aarón caen sobre sus rostros; aparece la gloria de Jehová.
Y viene la orden. «Toma la vara, y reúne la congregación… y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua» Números 20:8. La palabra clave es hablad. La vara está para señalar, no para golpear.
Moisés hace tres cosas: convoca al pueblo, les dice «¡oíd ahora, rebeldes! ¿os hemos de hacer salir aguas de esta peña?» Números 20:10, y golpea la roca dos veces con la vara Números 20:11. El agua sale. Pero la sentencia baja como un martillazo: «Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado» Números 20:12.
Aarón muere ese mismo año en el monte Hor; su hijo Eleazar recibe las vestiduras del sumo sacerdote Números 20:22-29. En el camino a Moab, el pueblo vuelve a quejarse; Dios envía serpientes; muchos mueren Números 21:5-6. Moisés hace, por orden divina, una serpiente de bronce y la pone sobre un asta: quien la miraba, vivía Números 21:8-9. Ese asta se convertirá siglos después en símbolo cristológico por boca del propio Jesús: «como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado» Juan 3:14.
La muerte de Moisés en el monte Nebo y el relevo de Josué
Números 27:12-23 · Deuteronomio 34:1-12 Leer esta escena aparte →Moisés sabe que no entrará. Antes de morir, le pide a Dios un sucesor: «un varón sobre la congregación… para que la congregación de Jehová no sea como ovejas sin pastor» Números 27:15-17. Dios señala a Josué hijo de Nun, «varón en el cual hay espíritu» Números 27:18. Moisés le impone las manos delante de todo Israel Números 27:22-23. La sucesión queda hecha en vida.
El resto de la vida se lo pasa hablando. Deuteronomio son básicamente tres discursos suyos al pueblo en las llanuras de Moab, antes de cruzar el Jordán. Repite la historia Deuteronomio 1:1—4:49; repite la Ley Deuteronomio 5:1—26:19; renueva el pacto Deuteronomio 27:1—30:20; canta un poema y bendice a las tribus Deuteronomio 32:1—33:29. Y en el centro, la frase que va a ser el corazón confesional del judaísmo: «Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón» Deuteronomio 6:4-5. Es la que Jesús citará como «el primer mandamiento» Marcos 12:29-30.
Y sube al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, «que está enfrente de Jericó» Deuteronomio 34:1. Dios le muestra toda la tierra: Galaad hasta Dan, Neftalí, Efraín, Manasés, Judá hasta el mar occidental, el Néguev, la llanura de Jericó, hasta Zoar Deuteronomio 34:1-3. Y le dice: «esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob… te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá» Deuteronomio 34:4.
Moisés muere allí. Ciento veinte años, «sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor» Deuteronomio 34:7. Y aquí una de las líneas más asombrosas del Pentateuco: Dios mismo lo entierra en un valle de Moab, frente a Bet-peor, y «ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy» Deuteronomio 34:6. El único hombre en la Escritura sepultado directamente por Dios, y sin tumba conocida. La tradición explica que fue así para que no la convirtieran en santuario; el texto no da el motivo.
El epílogo lo escribe una mano posterior —el propio Moisés no puede narrar su muerte— y sintetiza la evaluación oficial del Antiguo Testamento sobre él: «y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara» Deuteronomio 34:10.