Para entender a los samaritanos hay que entender que no eran extranjeros. Adoraban al mismo Dios, leían la misma Torá y se consideraban tan hijos de Israel como los judíos. Precisamente por eso la rivalidad era tan intensa: era una disputa sobre quién era el verdadero Israel y dónde había que adorar. Su historia empieza con la caída del reino del norte y no ha terminado: todavía hoy hay samaritanos en el monte Gerizim.
El nombre de los samaritanos
«Samaritano» viene de Samaria (Šōmərôn), la capital del reino del norte y después la región que la rodeaba; en el Antiguo Testamento, šōmərōnîm aparece una sola vez, para los habitantes de esa región 2 Reyes 17:29. Los propios samaritanos no se llaman así: se llaman Šāmərîm, «los guardianes», es decir, los que guardan la ley de Moisés. El parecido entre las dos palabras hace que cada lado entienda el nombre a su manera.
El origen de los samaritanos: dos relatos
La Biblia cuenta el origen de los samaritanos desde el punto de vista de Judá. Tras la caída de Samaria en 722 a.C., los asirios trajeron pobladores de Babilonia, Cuta y otras ciudades. Como los leones los atacaban, el rey de Asiria envió a un sacerdote israelita para enseñarles a temer a Yahvé. El resultado, según el texto, fue un culto mezclado: temían a Yahvé y servían a sus propios dioses 2 Reyes 17:24-33. Por eso la tradición judía los llamó despectivamente «cuteos».
Los samaritanos cuentan otra historia: son los descendientes de las tribus de Efraín y Manasés, que nunca abandonaron la tierra, y los guardianes fieles del culto original, que según ellos estaba en el monte Gerizim y no en Jerusalén. Los dos relatos responden a la misma pregunta desde lados opuestos.
La religión de los samaritanos
La fe samaritana tiene cuatro pilares: un solo Dios; Moisés como único profeta; la Torá (solo los cinco libros de Moisés, sin los Profetas ni los Escritos) como única Escritura; y el monte Gerizim como el lugar elegido por Dios. Esperan un restaurador futuro, el Taheb, «el que vuelve», profeta como Moisés. La samaritana del evangelio de Juan lo expresa a su manera: sé que ha de venir el Mesías Juan 4:25.
Samaritanos y judíos
Samaritanos contra Zorobabel y Nehemías
Cuando los desterrados vuelven de Babilonia, los habitantes de la tierra se ofrecen a ayudar a reconstruir el templo, porque dicen buscar al mismo Dios. Zorobabel y los jefes lo rechazan, y ellos pasan a obstaculizar la obra Esdras 4:1-5. En tiempos de Nehemías, Sanbalat encabeza la oposición a la reconstrucción de las murallas y se burla de los judíos delante del ejército de Samaria Nehemías 4:1-2. Un papiro de Elefantina, de finales del siglo V a.C., lo menciona como gobernador de Samaria. Uno de los nietos del sumo sacerdote de Jerusalén se casa con una hija de Sanbalat, y Nehemías lo expulsa Nehemías 13:28.
La samaritana, el buen samaritano y los samaritanos en los evangelios
En tiempos de Jesús, judíos y samaritanos se evitaban. El evangelio de Juan lo dice sin rodeos: los judíos no se tratan con los samaritanos Juan 4:9. Los peregrinos galileos que iban a Jerusalén podían ser mal recibidos en las aldeas samaritanas Lucas 9:51-56, y «samaritano» podía usarse como insulto Juan 8:48.
Por eso los relatos en que aparecen resultan tan fuertes. En la parábola del buen samaritano, el que se detiene a ayudar al herido no es el sacerdote ni el levita, sino un samaritano Lucas 10:30-37. De los diez leprosos curados, el único que vuelve a dar gracias es samaritano Lucas 17:15-18. Junto al pozo de Jacob, la mujer samaritana plantea a Jesús la cuestión que dividía a los dos pueblos: si hay que adorar en este monte o en Jerusalén Juan 4:19-24, y muchos de su pueblo creen Juan 4:39-42.
Felipe, Pedro y Juan en Samaria
Hechos presenta la expansión del evangelio en círculos: Jerusalén, Judea, Samaria y los confines de la tierra Hechos 1:8. Felipe predica en Samaria con gran acogida, y Pedro y Juan bajan desde Jerusalén para confirmarlo Hechos 8:5-17. Es el primer paso fuera del judaísmo de Jerusalén.
Los samaritanos hoy
Los samaritanos no han desaparecido, pero estuvieron a punto. En la época romana y bizantina fueron una comunidad numerosa, extendida por Palestina y la diáspora. Varias rebeliones contra Bizancio, en los siglos V y VI d.C., terminaron con matanzas y conversiones forzosas, y bajo los siguientes dominadores su número siguió reduciéndose. A comienzos del siglo XX quedaban menos de doscientos. Hoy son algo menos de un millar, repartidos entre el monte Gerizim, junto a Nablus, y la ciudad de Holón, cerca de Tel Aviv. Siguen celebrando la Pascua en el monte con el sacrificio de corderos, tal como lo prescribe el Éxodo Éxodo 12:3-11.