El juez de toda la tierra
Antes de la destrucción de Sodoma, Abraham le hace a Dios la pregunta que resume la esperanza bíblica sobre el juicio: «El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?» Génesis 18:25. Que Dios juzgue no es, en principio, una amenaza, sino la garantía de que el mal no tendrá la última palabra. Por eso un salmo invita a la creación entera a alegrarse: los campos, el mar y los árboles se regocijan delante de Jehová, «porque vino a juzgar la tierra» Salmos 96:10-13.
El día de Jehová
Los profetas hablan del «día de Jehová»: el día en que Dios intervendrá para poner las cosas en su sitio. Por Amós se sabe que en Israel se esperaba con ilusión, como el día en que Dios derrotaría a sus enemigos. Amós le da la vuelta: «¿Para qué queréis este día de Jehová? Será de tinieblas, y no de luz» Amós 5:18-20. El juicio empieza por el pueblo que se creía a salvo. Isaías lo describe como el día en que será abatida toda altivez humana Isaías 2:12-17.
El mismo día trae juicio y salvación. Joel anuncia señales en el cielo antes del «día grande y espantoso de Jehová», y añade: «todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo» Joel 2:31-32. El último libro de los profetas cierra con ese día, que quemará a los soberbios como un horno y hará salir para los que temen a Dios el «Sol de justicia» Malaquías 4:1-5.
El tribunal celestial
Daniel ve un juicio en el cielo: se ponen tronos, se sienta el Anciano de días, «el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos» Daniel 7:9-10. Es la imagen que el Apocalipsis retomará para el juicio final: un gran trono blanco, los muertos de pie delante de él y los libros abiertos Apocalipsis 20:11-13.
Jesús, juez
En el Nuevo Testamento, el juicio se confía a Jesús. «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo» Juan 5:22-29. Pablo lo anuncia en el Areópago: Dios ha establecido un día en que juzgará al mundo por medio del hombre que resucitó Hechos 17:30-31; y todos han de comparecer «ante el tribunal de Cristo» 2 Corintios 5:10.
La escena más conocida es la parábola de las ovejas y los cabritos: el Hijo del Hombre separa a las naciones según cómo trataron al hambriento, al forastero, al enfermo y al preso, porque «en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis» Mateo 25:31-46. El criterio del juicio es el mismo que los profetas reclamaban: la justicia con el débil. Pablo insiste en que Dios juzga sin acepción de personas, a judíos y a griegos Romanos 2:5-11.
Un juicio que ya empezó
El evangelio de Juan añade un matiz: Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para salvarlo; y el juicio consiste en que «la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» Juan 3:17-19. El juicio no es solo un acontecimiento futuro: empieza ya en la respuesta que cada uno da.