Un mensajero, no un adivino
La idea más extendida del profeta es la de alguien que predice lo que va a pasar. En la Biblia hay predicciones, pero no son el centro. El profeta es un mensajero: su oficio se resume en la fórmula con que abre tantos oráculos, «Así dice Jehová». Habla casi siempre a su propio tiempo, sobre la conducta de su pueblo, y el futuro que anuncia depende de esa conducta.
La relación con Moisés lo muestra. Ante el pueblo aterrado en el Sinaí, que pide no oír más la voz de Dios directamente, Dios promete un intermediario: «Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca» Deuteronomio 18:15-18. Y a Aarón, que habla por Moisés ante el faraón, se le llama «tu profeta» Éxodo 7:1: el profeta es la boca de otro.
Vidente, varón de Dios, profeta
El vocabulario cambió con el tiempo, y el propio texto lo advierte. En la historia de Saúl y las asnas se intercala una nota: «al que hoy se llama profeta, entonces se le llamaba vidente» 1 Samuel 9:9. Samuel es a la vez vidente, varón de Dios y profeta; en los tiempos de Saúl hay también grupos de profetas que bajan del lugar alto tocando instrumentos y profetizando en éxtasis 1 Samuel 10:5-6.
Cómo es llamado un profeta
El profeta no se nombra a sí mismo, y los relatos de vocación insisten en eso. Isaías ve al Señor en el templo, se sabe «hombre inmundo de labios» y, purificado, responde «Heme aquí, envíame a mí» Isaías 6:1-8. Jeremías objeta que es un niño, y Dios toca su boca: «he aquí he puesto mis palabras en tu boca» Jeremías 1:4-10. Amós, acusado de ganarse la vida profetizando, contesta que él no es profeta ni hijo de profeta, sino boyero, y que Jehová lo tomó de detrás del ganado Amós 7:14-15.
Junto al rey y contra el rey
Durante la monarquía, el profeta es el contrapeso del poder. Natán hace que David se condene a sí mismo con la parábola de la oveja del pobre y le dice: «Tú eres aquel hombre» 2 Samuel 12:1-7. Samuel rechaza a Saúl en nombre de Dios 1 Samuel 15:26. Elías se enfrenta a Acab y a los profetas de Baal en el Carmelo. Los profetas escritores del siglo VIII en adelante denuncian la injusticia social —Amós, Miqueas— y la idolatría, y anuncian el exilio; durante y después del exilio, anuncian restauración.
Profetas verdaderos y falsos
Si cualquiera puede decir «así dice Jehová», ¿cómo distinguir? Deuteronomio da dos criterios: el profeta que habla en nombre de otros dioses es falso aunque su señal se cumpla Deuteronomio 13:1-3, y el que anuncia algo que no se cumple no habló de parte de Dios Deuteronomio 18:21-22. Jeremías vive el conflicto en carne propia frente a Hananías, que anuncia paz y la vuelta pronta del exilio Jeremías 28:1-17. El profeta verdadero a menudo es el que dice lo que nadie quiere oír.
En el Nuevo Testamento
Juan el Bautista es presentado como profeta, «y más que profeta» Mateo 11:9, y la gente de Jerusalén dice de Jesús: «Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea» Mateo 21:11. Hechos identifica a Jesús con el profeta como Moisés anunciado en Deuteronomio Hechos 3:22-23.
En la iglesia primitiva la profecía continúa como don y como ministerio. En Antioquía hay «profetas y maestros» Hechos 13:1; Agabo anuncia un hambre Hechos 11:28 y, años después, la prisión de Pablo Hechos 21:10-11; las cuatro hijas de Felipe profetizan Hechos 21:9. Pablo define la profecía por su función en la comunidad: habla «para edificación, exhortación y consolación» 1 Corintios 14:3, y manda que los demás juzguen lo que se dice 1 Corintios 14:29.