En el Nuevo Testamento, Roma está en todas partes aunque rara vez ocupe el centro del relato. Es el emperador que ordena un censo, el gobernador que decide sobre la vida de Jesús, el centurión que se acerca con fe, el soldado que vigila la cruz y el tribunal al que Pablo apela. Detrás de todo eso hay un pueblo que empezó como una aldea de pastores junto al Tíber y acabó gobernando todo el Mediterráneo. Para entender los evangelios y Hechos hay que saber cómo funcionaba ese poder y de dónde venía.
El nombre de los romanos
«Romano» viene de Roma, la ciudad; los romanos explicaban el nombre por su fundador legendario, Rómulo, pero el origen real de la palabra Roma es desconocido y se han propuesto explicaciones etruscas y latinas sin consenso. «Romano» era ante todo una condición jurídica, no una etnia: ser civis Romanus, ciudadano romano, daba derechos concretos en todo el imperio, se hubiera nacido en Italia o en Tarso Hechos 22:25-28.
Origen de los romanos
La Biblia hebrea no conoce a los romanos por su nombre. Algunos intérpretes han visto en el cuarto reino de la visión de Daniel, «fuerte como el hierro» Daniel 2:40, una referencia a Roma; otros lo identifican con los reinos griegos. Es una lectura discutida.
Cómo se organizaban los romanos
Roma gobernaba su imperio con una red de provincias, cada una con un gobernador, y de reyes aliados que conservaban el trono a cambio de lealtad. En la cúspide estaba el emperador, el César, título que los evangelios usan como sinónimo del poder romano Marcos 12:17. El ejército se organizaba en legiones, divididas en cohortes y centurias, al mando de centuriones; Hechos menciona la cohorte llamada Italiana Hechos 10:1 y la Augusta Hechos 27:1.
Religión. Los romanos adoraban a muchos dioses (Júpiter, Juno, Marte…), identificados con los griegos, y aceptaban los cultos de los pueblos conquistados. A partir de Augusto se extendió el culto al emperador. Los judíos estaban exentos de sacrificar a los dioses romanos, un privilegio que los cristianos, cuando dejaron de ser vistos como judíos, no tuvieron. Muchos intérpretes leen en Apocalipsis 13 ese conflicto Apocalipsis 13:15.
Romanos y el Nuevo Testamento
Judea bajo Roma: Augusto, Tiberio y Pilato
Los evangelios sitúan los hechos en el calendario romano. Lucas fecha el nacimiento de Jesús por un edicto de César Augusto Lucas 2:1 y el inicio de la predicación de Juan el Bautista en el año quince de Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea Lucas 3:1.
El tributo a Roma era un tema delicado. A Jesús le preguntan si es lícito pagarlo, y él responde pidiendo una moneda con la imagen del César Marcos 12:14-17. Los publicanos, judíos que recaudaban impuestos, eran despreciados como colaboradores Lucas 19:2-7.
Pilato y la crucifixión de Jesús
La crucifixión era un castigo romano, reservado a esclavos, rebeldes y criminales de provincia. Pilato cede ante la presión de los líderes del templo y de la multitud, que le recuerdan su deber de lealtad al César Juan 19:12-16. Los soldados romanos ejecutan la condena, y un centurión, al verlo morir, lo reconoce como justo o como Hijo de Dios (Marcos 15:39, Lucas 23:47).
Cornelio, Sergio Paulo y otros romanos en Hechos
Hechos presenta a varios romanos con buena disposición. Cornelio, centurión de la cohorte Italiana en Cesarea, es el primer gentil que recibe el Espíritu y el bautismo (Hechos 10:1, Hechos 10:44-48). Sergio Paulo, procónsul de Chipre, cree al oír a Pablo Hechos 13:7-12.
Pablo era ciudadano romano de nacimiento, y eso le da derechos: no podía ser azotado sin juicio Hechos 22:25-29 y podía apelar al tribunal del César, lo que hace cuando teme ser entregado a sus enemigos en Jerusalén Hechos 25:10-12. Así llega a Roma, donde el libro termina con él predicando sin impedimento Hechos 28:30-31. En su carta a los cristianos de Roma, Pablo pide someterse a las autoridades Romanos 13:1.
Roma después del Nuevo Testamento
En el año 66 d.C. estalla en Judea una rebelión contra Roma. En el 70, las legiones de Tito destruyen Jerusalén y el templo. El Nuevo Testamento no narra ese hecho, pero los evangelios recogen el anuncio de Jesús de que no quedaría piedra sobre piedra Marcos 13:1-2. La mayoría de los intérpretes lee la «Babilonia» del Apocalipsis, sentada sobre siete montes, como una imagen de Roma Apocalipsis 17:9; el texto no la nombra.