Viento, aliento, espíritu
Donde el castellano necesita tres palabras, el hebreo tiene una. Rúaj es el viento que sopla sobre el mar Rojo y lo abre Éxodo 14:21; es el aliento que entra y sale de un ser vivo; y es el espíritu, lo que anima a una persona o la mueve desde dentro. Muchos pasajes juegan con los tres sentidos a la vez, y ninguna traducción puede conservarlos todos.
El primer versículo que usa la palabra ya lo muestra: «el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas» Génesis 1:2. Puede leerse también «un viento de Dios», y los traductores discuten. Al crear al hombre, Dios sopla en su nariz «aliento de vida» Génesis 2:7 —aquí la palabra es otra, neshamá, pero la idea es la misma—: estar vivo es tener el soplo de Dios. Cuando Dios lo retira, se muere Salmos 104:29-30.
El Espíritu que capacita
En los libros históricos el Espíritu de Jehová aparece sobre todo como Dios mismo actuando con poder, que irrumpe sobre personas concretas y las hace capaces de lo que no podrían hacer solas. Viene sobre Otoniel, Gedeón y Jefté para que liberen a Israel; sobre Sansón para que despedace a un león con las manos Jueces 14:6. Viene sobre Saúl y lo hace profetizar 1 Samuel 10:10, y después se aparta de él cuando viene sobre David 1 Samuel 16:13-14. Incluso los artesanos del tabernáculo, como Bezaleel, reciben el Espíritu de Dios «en sabiduría, en inteligencia, en ciencia y en todo arte» Éxodo 31:1-5.
El Espíritu es, en estos textos, la acción de Dios sobre unos pocos para una tarea. Moisés expresa un deseo que va más allá: «Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos» Números 11:29.
La promesa de los profetas
Ese deseo se convierte en promesa. Ezequiel ve un valle de huesos secos y recibe la orden de profetizar al rúaj: el viento sopla desde los cuatro puntos, entra en los cuerpos y viven. La visión se explica: es Israel en el exilio, al que Dios promete «pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis» Ezequiel 37:1-14. La misma palabra es viento, aliento y Espíritu en un solo pasaje. Joel anuncia que el Espíritu se derramará «sobre toda carne»: hijos e hijas, ancianos y jóvenes, siervos y siervas Joel 2:28-29.
En el Nuevo Testamento
El Espíritu desciende sobre Jesús en su bautismo Marcos 1:10, lo impulsa al desierto y lo unge para anunciar buenas nuevas Lucas 4:18. Hablando con Nicodemo, Jesús usa el doble sentido de pneûma: «El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» Juan 3:8.
En los discursos de la última cena, Juan presenta al Espíritu como «otro Consolador» —en griego paráklētos, el que es llamado junto a alguien para ayudarlo o defenderlo— que estará con los discípulos para siempre Juan 14:16-17. En Pentecostés, con un estruendo como de viento y lenguas como de fuego, el Espíritu llena a los reunidos Hechos 2:1-4, y Pedro lo explica con la profecía de Joel Hechos 2:16-18. Lo que antes era para unos pocos es ahora para todos.
Para Pablo, el Espíritu es la marca misma del creyente: «si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él»; el Espíritu da vida, guía y da testimonio de que los creyentes son hijos de Dios Romanos 8:9-16. Sus frutos son amor, gozo, paz, paciencia Gálatas 5:22-23, y sus dones se reparten para el bien de la comunidad 1 Corintios 12:4-11.
El Antiguo Testamento habla del Espíritu de Jehová como el poder y la presencia de Dios mismo, sin distinguirlo de él. El Nuevo Testamento usa además lenguaje personal —el Espíritu enseña, intercede, puede ser entristecido Efesios 4:30— porque es Dios mismo quien actúa: «Dios es Espíritu» Juan 4:24, y «el Señor es el Espíritu» 2 Corintios 3:17.