De esclavo a hijo
Pablo explica la salvación con una imagen tomada de la vida familiar y legal: la adopción. Un hijo adoptado no es un invitado en la casa: pasa a ser hijo de verdad, con el nombre de la familia y con derecho a heredar. Así describe Pablo lo que hace Dios con los creyentes.
La comparación se ve clara en Gálatas. Mientras el heredero es niño, «en nada difiere del esclavo», bajo tutores. Pero «cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos». La prueba de esa adopción es el Espíritu, «el cual clama: ¡Abba, Padre!», y la conclusión: «Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo» Gálatas 4:1-7.
Romanos repite la idea con las mismas palabras: no un espíritu de esclavitud que lleva al miedo, sino el «espíritu de adopción», por el que el creyente llama a Dios «Padre», y el Espíritu mismo «da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo» Romanos 8:14-17.
Una adopción ya recibida y todavía esperada
Para Pablo, la adopción ya es real —el creyente ya puede llamar a Dios «Padre»—, pero no está completa. En el mismo capítulo de Romanos dice que los creyentes, que ya tienen el Espíritu, gimen «esperando la adopción, la redención de nuestro cuerpo» Romanos 8:23: la resurrección será su cumplimiento pleno.
Y la sitúa en el plan de Dios desde el principio: Dios «nos predestinó para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad» Efesios 1:5.
Juan expresa la misma idea sin la palabra «adopción»: a los que recibieron a Jesús, «les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» Juan 1:12.