Como Felipe, Tomás es en los tres primeros evangelios solo un nombre en la lista de los doce Mateo 10:3 Marcos 3:18 Lucas 6:15. Es el cuarto evangelio el que lo convierte en personaje, y lo presenta tres veces con su sobrenombre: «Tomás, llamado Dídimo» Juan 11:16 Juan 20:24 Juan 21:2. El evangelista traduce así para sus lectores griegos lo que el nombre arameo ya decía: Tomás quiere decir «mellizo».
Tomás: «Vamos también nosotros, para que muramos con él»
Juan 11:1-16 Leer esta escena aparte →Lázaro está enfermo en Betania, cerca de Jerusalén Juan 11:1 Juan 11:18, y Jesús, que se había retirado al otro lado del Jordán Juan 10:40, anuncia a los discípulos que vuelve a Judea. Ellos le recuerdan que hace poco los judíos intentaron apedrearlo allí Juan 11:7-8 Juan 10:31. Jesús insiste, y entonces habla Tomás, dirigiéndose a los demás discípulos: «Vamos también nosotros, para que muramos con él» Juan 11:16.
La frase admite más de un tono: valor, resignación, fatalismo. El texto no lo precisa, y tampoco aclara si «con él» se refiere a Jesús, como entiende la mayoría, o a Lázaro. Lo que sí muestra es que Tomás cuenta con el peligro que los demás acaban de señalar y propone ir de todos modos.
Tomás pregunta por el camino: «Yo soy el camino»
Juan 14:1-7 Leer esta escena aparte →En la cena de despedida, Jesús dice a los discípulos que va a preparar lugar para ellos y que ya saben adónde va y conocen el camino Juan 14:2-4. Tomás lo contradice sin rodeos: no saben adónde va; ¿cómo van a saber el camino? Juan 14:5
A esa pregunta responde Jesús con una de sus frases más conocidas: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» Juan 14:6. En este evangelio Tomás es el discípulo que dice en voz alta que no entiende, y su pregunta da ocasión a la respuesta.
La incredulidad de Tomás: «Señor mío y Dios mío»
Juan 20:19-29 Leer esta escena aparte →La tarde del primer día de la semana, con las puertas cerradas por miedo, Jesús se presenta en medio de los discípulos, les muestra las manos y el costado, y los envía como el Padre lo envió a él Juan 20:19-22. Tomás no estaba con ellos Juan 20:24.
Cuando los otros le dicen «hemos visto al Señor», Tomás pone una condición precisa: si no ve en sus manos la señal de los clavos, si no mete el dedo en esa señal y la mano en su costado, no creerá Juan 20:25. Lo que pide ver son, precisamente, las marcas de la crucifixión.
Ocho días después, con Tomás presente y las puertas otra vez cerradas, Jesús vuelve a ponerse en medio y se dirige a él con sus propias palabras: que traiga el dedo, que mire las manos, que acerque la mano al costado; «y no seas incrédulo, sino creyente» Juan 20:26-27. El texto no dice que Tomás llegara a tocarlo. Dice lo que respondió: «¡Señor mío, y Dios mío!» Juan 20:28. Y Jesús cierra la escena con una bienaventuranza para los que no estaban allí: «Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron» Juan 20:29.
Después
Tomás está entre los siete discípulos que vuelven a pescar al lago y ven al resucitado en la orilla; en esa lista aparece el segundo, después de Pedro Juan 21:2. La última mención bíblica es la lista de los once en Jerusalén Hechos 1:13.