Israel parte del Sinaí guiado por la nube
Números 10:11-36En el segundo año, el mes segundo, a los veinte días del mes, la nube se alzó de encima del tabernáculo y, por primera vez, el campamento se puso en marcha con la tienda y en el orden fijado. Israel partió del desierto de Sinaí por etapas Números 10:11-13.
La salida siguió el orden que se había fijado, en columna, tribu tras tribu bajo sus estandartes. Primero iba el grupo de Judá; tras él, los levitas que cargaban la tienda desmontada —tablas, cortinas y postes—; luego el grupo de Rubén, y tras él los levitas que llevaban los objetos sagrados, de modo que al llegar al nuevo campamento la tienda ya estuviera levantada para recibirlos Números 10:14-28. La casa que el relato anterior vio construir viajaba ahora hecha piezas, que era exactamente para lo que se la había diseñado.
Moisés le pidió a Hobab, hijo de Ragüel, su suegro madianita, que fuera con ellos: conocía el desierto y podía servirles de ojos Números 10:29-32. Si aceptó o no, el texto no lo dice.
El arca iba delante, buscando dónde acampar Números 10:33. Y cada vez que se ponía en marcha, Moisés le pedía a Dios que se alzara y dispersara a sus enemigos; cuando se detenía, que volviera a las multitudes de Israel Números 10:35-36.
Las codornices en el desierto y los setenta ancianos
Números 11:1-35Casi enseguida empezaron las quejas. Un fuego consumió un extremo del campamento; Moisés oró, se apagó, y el sitio quedó con el nombre de Taberá, «incendio» Números 11:1-3.
Después vino el hambre de carne. La gente lloraba a las puertas de sus tiendas acordándose de Egipto: del pescado que comían allí sin pagar nada, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos; ahora, decían, no veían otra cosa que el maná Números 11:4-6.
Moisés no aguantó el peso. Le reclamó a Dios que le hubiera cargado con todo aquel pueblo, y le pidió, si iba a seguir así, que lo matara de una vez Números 11:11-15. La respuesta no fue quitarle la carga, sino repartirla: setenta ancianos recibirían parte del mismo espíritu para sostenerla con él Números 11:16-17. Cuando el espíritu reposó sobre ellos, profetizaron; dos que se habían quedado en el campamento, Eldad y Medad, profetizaron también, y Josué quiso que Moisés se lo prohibiera. Moisés no quiso: ojalá todo el pueblo profetizara Números 11:26-29.
La carne llegó: un viento trajo codornices en cantidad. Pero mientras la comían, con la carne aún entre los dientes, una plaga los hirió, y al lugar lo llamaron Kibrot-hataava, «las tumbas del antojo» Números 11:31-34.
Los doce espías en Canaán
Números 13:1—14:45Llegados al sur de Canaán, se eligió a doce hombres, uno por tribu, para reconocer la tierra Números 13:1-16. Entre ellos iba Oseas, hijo de Nun, a quien Moisés cambió el nombre por Josué Números 13:16. El encargo era concreto: ver cómo era la tierra, si el pueblo era fuerte o débil, si las ciudades tenían muros, y traer fruto, que era el tiempo de las primeras uvas Números 13:17-20.
Volvieron a los cuarenta días. Del valle de Escol traían un solo racimo tan grande que hubo que colgarlo de una vara entre dos hombres Números 13:23-24. Y traían un informe partido en dos por una palabra. La tierra, dijeron, mana leche y miel, y aquí está su fruto; pero el pueblo es fuerte, las ciudades están amuralladas y allí viven los hijos de Anac Números 13:26-29.
Caleb hizo callar a la gente: subamos y tomémosla, que bien podemos Números 13:30. Los otros diez insistieron en el «pero»: no podemos, es una tierra que se traga a sus habitantes, allí vieron gigantes, y a su lado se sentían como langostas, y así los veían también ellos Números 13:31-33.
El pueblo lloró toda la noche y habló de nombrar un jefe para volver a Egipto Números 14:1-4. Josué y Caleb rasgaron sus ropas rogándoles que no tuvieran miedo; el pueblo habló de apedrearlos Números 14:6-10.
Entonces cayó la sentencia, y cerró la puerta que ellos no habían querido cruzar: de los mayores de veinte años que murmuraron, ninguno vería la tierra, salvo Caleb y Josué. Los hijos que ellos daban por perdidos, esos entrarían. Cuarenta años en el desierto, uno por cada día que estuvieron mirando Números 14:26-35. Los diez espías del mal informe murieron de una plaga Números 14:36-37.
Al día siguiente, arrepentidos al revés, quisieron subir por su cuenta, sin Moisés y sin el arca. Los amalecitas y cananeos los deshicieron hasta Horma Números 14:39-45.
La rebelión de Coré y la vara de Aarón que floreció
Números 16:1—17:13Aquellos años en el desierto no fueron solo espera; también fueron disputa por el mando. Coré, un levita, con Datán, Abiram y doscientos cincuenta jefes, se levantó contra Moisés y Aarón: toda la congregación es santa, ¿por qué se ponen ustedes por encima de ella? Números 16:1-3.
Datán y Abiram se negaron incluso a presentarse, y en su reclamo le dieron la vuelta al mapa: acusaron a Moisés de haberlos sacado «de una tierra que destila leche y miel» —Egipto— para matarlos en el desierto Números 16:12-14. La frase reservada a la tierra prometida se la aplicaban a la casa de esclavitud.
El desenlace fue inmediato. La tierra se abrió y se tragó a los de Coré; un fuego consumió a los doscientos cincuenta Números 16:31-35. Al día siguiente el pueblo culpó a Moisés de aquellas muertes, y estalló una plaga. Aarón corrió con un incensario y se plantó entre los muertos y los vivos hasta que la plaga se detuvo; habían caído catorce mil setecientos Números 16:41-49.
La cuestión del sacerdocio se zanjó, en cambio, sin más muertes. Se dejó una vara por tribu una noche ante el testimonio; a la mañana, la de Aarón había echado brotes, flores y almendras Números 17:8. Se guardó allí como señal contra los rebeldes Números 17:10: quién estaba puesto para el altar se mostraba con una rama florecida, no con una matanza. La historia de esa vara tiene su propia ficha: Vara de Aarón.
Moisés golpea la roca en Meriba y muere Aarón
Números 20:1-29El pueblo llegó al desierto de Zin, a Cades, en el mes primero. El texto no dice de qué año, pero la muerte de Aarón, unos capítulos después, se fecha en el año cuarenta Números 33:38, así que el episodio queda cerca del final de la travesía. Allí murió y fue sepultada María, la hermana de Moisés Números 20:1. Y allí, otra vez, faltó el agua y volvió el reclamo de siempre: ¿para qué nos sacaste de Egipto, a este lugar malo? Números 20:2-5.
La orden fue tomar la vara y hablarle a la roca. Moisés reunió al pueblo, lo llamó rebelde y les preguntó si él y Aarón iban a tener que sacarles agua de aquella roca. Y la golpeó dos veces. El agua salió en abundancia Números 20:7-11. Pero con el agua vino una condena inesperada: por no haber confiado en Dios ni haber mostrado su santidad delante del pueblo, tampoco Moisés y Aarón meterían a la congregación en la tierra Números 20:12. Al sitio lo llamaron Meriba, «disputa» Números 20:13. El que llevaba al pueblo a la tierra quedaba, él también, fuera de ella.
El camino tampoco se abrió. Edom negó el paso por su territorio y hubo que rodearlo Números 20:14-21. Y en el monte Hor murió Aarón: subió con Moisés y con su hijo Eleazar, le pasaron a Eleazar las vestiduras sacerdotales, y Aarón murió allí arriba. El pueblo lo lloró treinta días Números 20:22-29. Los que salieron de Egipto empezaban a caer también entre los jefes.
La serpiente de bronce y las victorias sobre Sehón y Og
Números 21:1-35El primer choque de la nueva etapa fue en el sur. El rey cananeo de Arad atacó a Israel y se llevó cautivos; el pueblo hizo un voto, Dios le entregó a los cananeos y sus ciudades fueron destruidas. Al lugar lo llamaron Horma Números 21:1-3, el mismo nombre del sitio hasta donde los habían perseguido casi cuarenta años antes, cuando quisieron subir por su cuenta Números 14:45.
Al rodear Edom, el ánimo se agrió una vez más. La gente se cansó del camino y habló con desprecio del maná, «este pan tan liviano» Números 21:4-5. Aparecieron serpientes venenosas y murieron muchos. Cuando el pueblo reconoció la falta, Moisés recibió una orden extraña: hacer una serpiente de bronce y ponerla en un asta; el que fuera mordido, al mirarla, viviría Números 21:6-9.
Aquella serpiente tuvo una vida larga. Siglos después seguía guardada en Jerusalén, y el pueblo había empezado a quemarle incienso; el rey Ezequías la hizo pedazos. El texto añade que la llamaban —o que él la llamó: el verbo admite las dos lecturas— Nehustán, un nombre que suena a nəḥōšet, «bronce» 2 Reyes 18:4. La señal que salvaba se había vuelto objeto de culto.
Después el viaje cambió de signo. Sihón, rey amorreo, negó el paso y salió a pelear; Israel lo venció y tomó su tierra. Lo mismo con Og, rey de Basán Números 21:21-35. Por primera vez el pueblo no solo vencía: se quedaba con lo conquistado, al este del Jordán. La generación nueva empezaba a ganar terreno.
Balaam y su burra: las bendiciones sobre Israel
Números 22:1—24:25Israel acampó en los llanos de Moab, junto al Jordán Números 22:1. Balac, rey de Moab, se aterró ante aquel pueblo y mandó llamar a Balaam, un adivino que vivía junto al Éufrates, para que lo maldijera: confiaba en que la palabra del vidente podría lo que su ejército no Números 22:2-7.
En el camino ocurre la escena más recordada: la burra de Balaam ve al ángel que él no ve, se planta tres veces, recibe tres palizas y termina hablando Números 22:21-33. Es el vidente contratado por su vista el que está ciego.
Y llegado el momento, Balaam no puede maldecir. Tres veces lo intenta y tres veces le sale una bendición; ya en la primera se pregunta cómo va a maldecir a quien Dios no ha maldecido Números 23:8. En un oráculo más, que nadie le ha pedido, anuncia incluso un futuro: una estrella que saldrá de Jacob y un cetro que se alzará en Israel Números 24:17.
En todo el episodio Israel no interviene: acampa abajo, y el texto no dice que supiera que un rey había pagado por su ruina ni que la maldición se le había vuelto bendición.
El pecado de Baal-peor, el censo y Josué como sucesor
Números 25:1—27:23La maldición no entró desde fuera; el desastre vino de dentro. En esos mismos llanos, el pueblo se unió a mujeres de Moab y de Madián y al culto de Baal-peor; estalló una plaga que solo se cortó con el celo de Finees, y murieron veinticuatro mil Números 25:1-9.
Después se hizo un segundo censo, y su resultado es el eje de todo el relato: de los contados en el Sinaí no quedaba ninguno, salvo Caleb y Josué Números 26:63-65. La generación que salió de Egipto se había quedado, entera, en el desierto. La sentencia de Cades estaba cumplida.
Y con todo, el texto ya mira al otro lado del río. Las hijas de Zelofehad, sin hermano varón, reclaman su parte de una tierra todavía no pisada, y se les concede Números 27:1-11. Moisés, que no cruzará, pide un sucesor; Dios señala a Josué, un hombre en quien está el espíritu, y Moisés le impone las manos delante de todos Números 27:15-23.
Rubén, Gad y media tribu de Manasés se quedan al este del Jordán
Números 32:1-42Antes de cruzar, la tierra ya conquistada al este del Jordán provoca una petición. Rubén y Gad tenían mucho ganado, y las tierras de Jazer y Galaad eran buenas para pastos. Le piden a Moisés quedarse allí y no pasar el Jordán Números 32:1-5.
La respuesta de Moisés es dura, y vuelve al principio del relato: ¿van a desanimar a sus hermanos, como hicieron sus padres cuando los envió desde Cades-barnea a ver la tierra? Aquello costó cuarenta años en el desierto, y ahora ellos amenazan con repetirlo Números 32:6-15. El miedo de Moisés no es que se queden, sino que el pueblo vuelva a detenerse en la frontera.
Rubén y Gad proponen un trato: construirán corrales para el ganado y ciudades para sus familias, pero sus hombres de guerra cruzarán armados delante de los demás y no volverán a casa hasta que cada tribu tenga su heredad Números 32:16-19. Moisés acepta con esa condición, y les advierte de que, si no la cumplen, su pecado los alcanzará Números 32:20-24. Luego les da el reino de Sihón y el de Og, a ellos y a la mitad de la tribu de Manasés Números 32:33.
Es la última gran decisión de Números antes del cruce, y deja dibujado el mapa que tendrá Israel: dos tribus y media al este del río, el resto al oeste. La promesa se cumple en el libro siguiente, cuando Josué los despide para que vuelvan a sus casas Josué 22:1-4.
Lo que pasó después
El libro de Números se cierra a las puertas de la tierra, como en Cades, pero con otra gente: acampados en los campos de Moab, junto al Jordán, frente a Jericó Números 36:13. Los que van a cruzar son los hijos que sus padres daban por perdidos. A los padres, la negativa les costó la tierra; a los hijos, la promesa les llega igual.
Todo lo que Moisés tiene aún por decir cabe en esos mismos llanos. El libro de Deuteronomio son sus discursos de despedida allí: repasa el camino desde Egipto, vuelve a poner la ley delante de la nueva generación y la deja jurada Deuteronomio 1:1-5. Al final sube al monte Nebo, ve toda la tierra de una punta a la otra, y muere en Moab sin entrar Deuteronomio 34:1-5. Llega a verla desde lo alto, pero no la pisa.
El cruce es ya otra historia. Bajo Josué, el pueblo pasa el Jordán en seco y entra por fin Josué 3:14-17. Y la tienda que viajó cuarenta años en medio de la columna se asienta al cabo en Silo, ya en la tierra Josué 18:1.
Por dónde seguir
- Antes: Una tienda en medio del campamento — la casa que ahora viaja desmontada en medio de la columna.
- Después: Josué — el cruce del Jordán, Jericó y el reparto de la tierra.
- Quiénes: Moisés · Aarón · Josué
- Dónde: Sinaí · Cades-barnea · Neguev · Monte Hor · Monte Nebo
- Pueblos: Moabitas
- Qué: el arca de la alianza · la vara de Aarón
- Términos: Pentateuco · Alianza · Tabernáculo