Agua para purificarse
El bautismo no surge de la nada. El Antiguo Testamento conoce muchos lavados rituales: el que ha contraído impureza lava sus vestidos y su cuerpo con agua Levítico 15:5, y los sacerdotes se lavan antes de acercarse al altar. En tiempos de Jesús, los baños rituales excavados en la roca eran comunes en Judea. Los profetas, además, habían usado la imagen del agua para una purificación más honda: «Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados… y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros» Ezequiel 36:25-26.
Juan el Bautista
Lo nuevo de Juan es que el baño ya no se repite para quitar una impureza ritual: es un gesto único de conversión. Juan aparece en el desierto «predicando el bautismo de arrepentimiento para perdón de pecados», y la gente de Judea y Jerusalén acude a bautizarse en el Jordán confesando sus pecados Marcos 1:4-5. Anuncia además a otro más poderoso: «Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo» Marcos 1:8.
Jesús mismo se bautiza por Juan, y al salir del agua ve abrirse los cielos y al Espíritu descender sobre él, y oye la voz: «Tú eres mi Hijo amado» Marcos 1:9-11. Mateo recoge la extrañeza de Juan, que se resiste a bautizarlo Mateo 3:13-15.
En la iglesia primitiva
Después de la resurrección, el bautismo se convierte en el rito de entrada de los nuevos creyentes. Mateo cierra con el envío: «id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos» Mateo 28:19. En Pentecostés, a los que preguntan qué hacer, Pedro responde: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo», y se bautizan unas tres mil personas Hechos 2:38-41.
En Hechos, el bautismo sigue de inmediato a la fe: el etíope eunuco se bautiza en el primer agua que encuentra en el camino Hechos 8:36-38, y Pedro manda bautizar a Cornelio y los suyos después de que el Espíritu cae sobre ellos Hechos 10:47-48. En Éfeso, Pablo encuentra a discípulos que solo conocían el bautismo de Juan, y los bautiza «en el nombre del Señor Jesús» Hechos 19:1-6. La relación entre bautismo y Espíritu no sigue un orden fijo: a veces el Espíritu viene después, a veces antes.
Sepultados y resucitados
Pablo da al rito un sentido profundo: los bautizados en Cristo han sido bautizados en su muerte, «somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó… así también nosotros andemos en vida nueva» Romanos 6:3-4. La inmersión evoca la sepultura; la salida del agua, la resurrección. Y es un rito que iguala: todos los bautizados en Cristo están «revestidos» de él, y ya no hay judío ni griego, esclavo ni libre, varón ni mujer Gálatas 3:27-28.
Mateo 28:19 manda bautizar «en el nombre» —en singular— «del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», y en Hechos los apóstoles bautizan siempre «en el nombre de Jesucristo» o «del Señor Jesús» Hechos 2:38 Hechos 19:5: ese es el nombre al que remite Mateo.