Carne de mi carne
La primera aparición significativa de la palabra es un grito de reconocimiento. Cuando Dios presenta la mujer al hombre, este dice: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne», y el narrador añade que el hombre y su mujer «serán una sola carne» Génesis 2:23-24. «Carne» es aquí parentesco, pertenencia mutua. Así hablan también los israelitas a David en Hebrón: «somos hueso tuyo y carne tuya» 2 Samuel 5:1.
Toda carne es hierba
La carne es también la condición de criatura: débil, pasajera. Dios se compadece de Israel porque «se acordó de que eran carne, soplo que va y no vuelve» Salmos 78:39. Isaías lo dice con una imagen que recorre la Biblia: «Toda carne es hierba… la hierba se seca, y la flor se marchita; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre» Isaías 40:6-8. Por eso es necio confiar en ella: «Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo» Jeremías 17:5.
«Toda carne» significa todos los vivientes. Antes del diluvio, «toda carne había corrompido su camino» Génesis 6:12-13; y Joel anuncia que Dios derramará su Espíritu «sobre toda carne» Joel 2:28.
En el Antiguo Testamento, la carne no es mala. Ezequiel usa incluso «corazón de carne» como lo bueno, frente al corazón de piedra Ezequiel 36:26: la carne es lo vivo y sensible.
El Verbo se hizo carne
El prólogo de Juan escoge la palabra más frágil para hablar de la encarnación: «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» Juan 1:14. No dice «tomó un cuerpo» ni «se hizo hombre», sino que asumió la condición débil y mortal que la Biblia llama carne.
La carne en Pablo
Pablo da a sárx un sentido que no tenía en el Antiguo Testamento. Opone vivir «conforme a la carne» y vivir «conforme al Espíritu»: «los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» Romanos 8:5-9. Las «obras de la carne» que enumera incluyen pecados del cuerpo, pero también enemistades, celos, iras, divisiones y envidias Gálatas 5:16-23: vicios que no tienen nada de corporal. La carne, en Pablo, es el ser humano entero viviendo por su cuenta, sin Dios.
Por eso Pablo puede despreciar la carne y, a la vez, valorar el cuerpo: «vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo… glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo» 1 Corintios 6:19-20.