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Mesías

También: Cristo · Ungido · Mashíaj · Christós · Unción · Ungir

«Ungido»: en el Antiguo Testamento, la persona consagrada con aceite para una función dada por Dios, sobre todo el rey de Israel, y también el sacerdote. Con el tiempo, y en especial tras la caída de la monarquía, pasó a designar al rey futuro, descendiente de David, que Dios enviaría para restaurar a su pueblo. El Nuevo Testamento proclama que ese Ungido es Jesús, y por eso lo llama «Cristo».

En la Biblia

Saúl y David son «el ungido de Jehová» (1 Samuel 24:6); la promesa a David de una dinastía perpetua (2 Samuel 7:12-16) alimenta la esperanza de un rey futuro. Sorprendentemente, Isaías llama «ungido» a Ciro, un rey persa (Isaías 45:1). En los evangelios, la confesión de Pedro —«Tú eres el Cristo» (Marcos 8:29)— es el giro del relato.

Etimología

Del hebreo מָשִׁיחַ mashíaj, «ungido», del verbo mashaj, «untar, ungir». El griego lo tradujo Christós, de chríō, «ungir», y lo transcribió Messías (Juan 1:41). «Cristo» es, pues, la traducción griega de «Mesías», no un apellido: «Jesucristo» significa «Jesús el Ungido».

Ungir con aceite

Ungir era derramar o untar aceite de oliva sobre alguien. En la vida corriente era cuidado del cuerpo y cortesía con el huésped. En el rito, el aceite consagraba: apartaba a una persona o un objeto para Dios. Moisés unge el tabernáculo, sus utensilios y a Aarón y sus hijos Éxodo 40:9-15; el sumo sacerdote es «el sacerdote ungido» Levítico 4:3.

Pero el ungido por excelencia es el rey. Samuel derrama un frasco de aceite sobre la cabeza de Saúl 1 Samuel 10:1, y años después unge a David en medio de sus hermanos: «y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David» 1 Samuel 16:13. La unción y el Espíritu van juntos: el aceite es el signo visible de una capacitación que viene de Dios.

«El ungido de Jehová»

Durante la monarquía la expresión es un título del rey, y lo hace intocable. David tiene dos veces a Saúl a su merced y se niega a matarlo: «Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová» 1 Samuel 24:6. Al amalecita que dice haber rematado a Saúl lo manda ejecutar por haber alzado la mano contra el ungido 2 Samuel 1:14-16.

La palabra, pues, no designa todavía a un salvador futuro: designa al rey que reina. El paso siguiente lo da una promesa. Por medio del profeta Natán, Dios asegura a David que afirmará para siempre el trono de su descendencia 2 Samuel 7:12-16.

De rey presente a rey esperado

Cuando la dinastía fracasa —reyes infieles, división del reino y, al final, la caída de Jerusalén en 587/586 a.C.—, la promesa a David no se abandona: se proyecta hacia delante. Los profetas anuncian un rey futuro de la casa de David, un «vástago» del tronco de Isaí sobre el que reposará el Espíritu de Jehová y que juzgará con justicia a los pobres Isaías 11:1-5; un «renuevo justo» que se llamará «Jehová, justicia nuestra» Jeremías 23:5-6. Esos textos no siempre usan la palabra mashíaj, pero son los que, con el tiempo, se leerán como mesiánicos.

Hay un uso que desconcierta. Isaías llama «ungido» a Ciro, el rey persa que permitirá el regreso de los desterrados Isaías 45:1. Que un rey extranjero reciba el título muestra que mashíaj sigue significando, ante todo, alguien a quien Dios encarga una tarea.

Jesús, el Cristo

El Nuevo Testamento se escribe desde una convicción: Jesús de Nazaret es el Mesías. Andrés se lo dice a su hermano Simón con la palabra hebrea transcrita, «Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo)» Juan 1:41. En Cesarea de Filipo, Pedro responde a la pregunta de Jesús —«¿quién decís que soy?»— con «Tú eres el Cristo» Marcos 8:27-30, y a continuación Jesús anuncia su sufrimiento y su muerte: un mesías crucificado, que Pedro no acepta Marcos 8:31-33.

Jesús se aplica también el lenguaje de la unción. En la sinagoga de Nazaret lee Isaías 61 —«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres»— y dice que hoy se ha cumplido Lucas 4:16-21. Pedro, en Pentecostés, concluye que Dios ha hecho a Jesús «Señor y Cristo» Hechos 2:36. Y en las cartas de Pablo «Cristo» se usa tan a menudo que funciona casi como un nombre propio, aunque nunca pierde del todo su sentido de título.

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