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Cielo

También: Cielos · Firmamento · Shamáyim · Ouranós · Tercer cielo · Cielos de los cielos

En la Biblia, «cielo» o «cielos» designa a la vez el firmamento visible, donde están las nubes, las aves y los astros, y el ámbito de Dios, desde donde gobierna y escucha. No es sobre todo el lugar adonde van los muertos: esa idea es escasa en la Biblia. La esperanza final no es subir al cielo, sino que Dios renueve «cielos y tierra».

En la Biblia

«Los cielos cuentan la gloria de Dios» (Salmos 19:1). Salomón reconoce que ni los cielos de los cielos pueden contener a Dios (1 Reyes 8:27). Jesús enseña a orar «Padre nuestro que estás en los cielos» (Mateo 6:9) y asciende al cielo (Hechos 1:9-11). Pablo cuenta que fue arrebatado «hasta el tercer cielo» (2 Corintios 12:2).

Etimología

Del latín caelum. El hebreo שָׁמַיִם shamáyim tiene forma plural —por eso se dice «los cielos»— y designa todo lo que está por encima de la tierra. Génesis llama a la bóveda celeste רָקִיעַ raqía, «firmamento», de un verbo que significa «batir, extender a martillo», como una lámina de metal. El griego del Nuevo Testamento usa ouranós, a menudo en plural por influencia del hebreo.

El cielo que se ve

La primera acepción de «cielo» en la Biblia es física. En el segundo día de la creación, Dios hace una expansión que separa las aguas de arriba de las de abajo, y la llama «cielos» Génesis 1:6-8. Por ese cielo vuelan las aves, de él cae la lluvia y en él están el sol, la luna y las estrellas. «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» Salmos 19:1.

El cielo de Dios

El cielo es también el ámbito de Dios. «Los cielos son los cielos de Jehová; y ha dado la tierra a los hijos de los hombres» Salmos 115:16. Jacob, en Betel, sueña con una escalera cuya cima llega al cielo y dice: «esto es casa de Dios, y puerta del cielo» Génesis 28:12-17.

Pero la Biblia se cuida de no encerrar a Dios ni siquiera allí. «He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener» 1 Reyes 8:27; «el cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies» Isaías 66:1. El cielo expresa la trascendencia de Dios: está por encima de todo, no a una distancia medible.

En el Nuevo Testamento

Jesús enseña a orar al «Padre nuestro que estás en los cielos», y a pedir que su voluntad se haga «como en el cielo, así también en la tierra» Mateo 6:9-10: el cielo es donde la voluntad de Dios ya se cumple. Invita a hacerse «tesoros en el cielo», donde ni la polilla ni el ladrón llegan Mateo 6:19-20. Después de la resurrección, es elevado y una nube lo oculta, y los discípulos se quedan mirando al cielo Hechos 1:9-11.

Pablo habla de un hombre —él mismo— arrebatado «hasta el tercer cielo», al «paraíso», donde oyó palabras inefables 2 Corintios 12:2-4. En la literatura judía de la época se hablaba de varios cielos superpuestos; Pablo usa ese lenguaje sin explicarlo.

Cielo y tierra nuevos

Una idea muy extendida es que la esperanza cristiana consiste en «ir al cielo» al morir. El Nuevo Testamento habla de estar con Cristo tras la muerte, pero su esperanza final apunta a otra parte. Pablo dice que «nuestra ciudadanía está en los cielos», y de allí esperamos al Salvador que transformará nuestro cuerpo Filipenses 3:20-21: el movimiento es del cielo a la tierra. Y en el Apocalipsis no son los salvados los que suben, sino la nueva Jerusalén la que «desciende del cielo», y se proclama: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres» Apocalipsis 21:1-3.

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