El cielo que se ve
La primera acepción de «cielo» en la Biblia es física. En el segundo día de la creación, Dios hace una expansión que separa las aguas de arriba de las de abajo, y la llama «cielos» Génesis 1:6-8. Por ese cielo vuelan las aves, de él cae la lluvia y en él están el sol, la luna y las estrellas. «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» Salmos 19:1.
El cielo de Dios
El cielo es también el ámbito de Dios. «Los cielos son los cielos de Jehová; y ha dado la tierra a los hijos de los hombres» Salmos 115:16. Jacob, en Betel, sueña con una escalera cuya cima llega al cielo y dice: «esto es casa de Dios, y puerta del cielo» Génesis 28:12-17.
Pero la Biblia se cuida de no encerrar a Dios ni siquiera allí. «He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener» 1 Reyes 8:27; «el cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies» Isaías 66:1. El cielo expresa la trascendencia de Dios: está por encima de todo, no a una distancia medible.
En el Nuevo Testamento
Jesús enseña a orar al «Padre nuestro que estás en los cielos», y a pedir que su voluntad se haga «como en el cielo, así también en la tierra» Mateo 6:9-10: el cielo es donde la voluntad de Dios ya se cumple. Invita a hacerse «tesoros en el cielo», donde ni la polilla ni el ladrón llegan Mateo 6:19-20. Después de la resurrección, es elevado y una nube lo oculta, y los discípulos se quedan mirando al cielo Hechos 1:9-11.
Pablo habla de un hombre —él mismo— arrebatado «hasta el tercer cielo», al «paraíso», donde oyó palabras inefables 2 Corintios 12:2-4. En la literatura judía de la época se hablaba de varios cielos superpuestos; Pablo usa ese lenguaje sin explicarlo.
Cielo y tierra nuevos
Una idea muy extendida es que la esperanza cristiana consiste en «ir al cielo» al morir. El Nuevo Testamento habla de estar con Cristo tras la muerte, pero su esperanza final apunta a otra parte. Pablo dice que «nuestra ciudadanía está en los cielos», y de allí esperamos al Salvador que transformará nuestro cuerpo Filipenses 3:20-21: el movimiento es del cielo a la tierra. Y en el Apocalipsis no son los salvados los que suben, sino la nueva Jerusalén la que «desciende del cielo», y se proclama: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres» Apocalipsis 21:1-3.