Lo que tiene peso
En castellano, la gloria es la fama: lo que se dice de alguien. En hebreo es otra cosa: kavod es el peso. Una persona «pesada» en este sentido es importante, rica, digna de respeto; Abraham era «riquísimo» —literalmente «muy pesado»— en ganado, plata y oro Génesis 13:2. Y la gloria de Dios es su peso infinito, su realidad que se impone.
Por eso el mismo verbo sirve para «honrar»: honrar a padre y madre es tratarlos como lo que pesan, no a la ligera.
Una presencia que se ve
Lo más característico del Antiguo Testamento es que la gloria de Dios se ve. En el desierto, cuando el pueblo murmura por comida, «la gloria de Jehová apareció en la nube» Éxodo 16:10. Al terminarse el tabernáculo, la nube lo cubre y «la gloria de Jehová llenó el tabernáculo», de modo que Moisés no puede entrar Éxodo 40:34-35. Lo mismo ocurre en la dedicación del templo de Salomón: los sacerdotes no pueden quedarse a ministrar «porque la gloria de Jehová había llenado la casa» 1 Reyes 8:10-11.
Y sin embargo, no se puede ver del todo. Moisés pide: «Te ruego que me muestres tu gloria», y Dios le concede ver solo su espalda al pasar, «mas no se verá mi rostro» Éxodo 33:18-23.
La gloria se va
La gloria puede retirarse. Cuando los filisteos capturan el arca, la nuera de Elí da a luz y llama al niño Icabod, «sin gloria», diciendo: «Traspasada es la gloria de Israel» 1 Samuel 4:21-22. Siglos después, Ezequiel ve la gloria salir del templo y de la ciudad antes de la destrucción de Jerusalén Ezequiel 10:18, y solo en su visión del futuro la ve volver.
Al mismo tiempo, los profetas amplían el horizonte: los serafines de Isaías proclaman que «toda la tierra está llena de su gloria» Isaías 6:3, y Habacuc espera el día en que la tierra se llene del conocimiento de la gloria de Jehová «como las aguas cubren el mar» Habacuc 2:14.
En el Nuevo Testamento
Juan retoma el lenguaje del tabernáculo: el Verbo «habitó» —puso su tienda— entre nosotros, «y vimos su gloria» Juan 1:14. En Caná, al convertir el agua en vino, Jesús «manifestó su gloria» Juan 2:11; y en este evangelio la hora de la cruz es, paradójicamente, la hora de su glorificación Juan 12:23-24.
Pablo compara la gloria que resplandecía en el rostro de Moisés con otra mayor, y dice que Dios ha resplandecido en los corazones «para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo» 2 Corintios 4:6. Lo que Moisés no pudo ver, el rostro, es ahora el lugar donde la gloria se muestra.