Tres maneras de decirlo
La Biblia hebrea no nombra el pecado con un solo término. Usa varios, y cada uno lo mira desde un ángulo.
Fallar el blanco (jatá). Es la palabra más frecuente, y su sentido físico aparece en un pasaje de Jueces: setecientos benjamitas zurdos, que «tiraban una piedra con la honda a un cabello, y no erraban» Jueces 20:16. «No erraban» es el mismo verbo. Pecar es no llegar a la meta, desviarse del objetivo.
Torcerse (avón). La idea es la de algo retorcido, fuera de línea. La palabra abarca la acción, la culpa que deja y el castigo que acarrea; por eso Caín dice: «Grande es mi castigo (avón) para ser soportado» Génesis 4:13.
Rebelarse (pésha). Es la ruptura deliberada de una relación de fidelidad, como la de un vasallo contra su señor.
El Salmo 32 reúne las tres palabras en unas pocas líneas: dichoso aquel cuya «transgresión» ha sido perdonada y cubierto su «pecado», al que Jehová no culpa de «iniquidad»; y el salmista confiesa: «Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad… y tú perdonaste la maldad de mi pecado» Salmos 32:1-5.
Una relación rota
Antes de cualquier ley escrita, el pecado aparece en Génesis como una fuerza que acecha. Dios advierte a Caín: «el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él» Génesis 4:7. El pecado se describe como algo casi vivo, pero el hombre es responsable de dominarlo.
El pecado es, sobre todo, una ruptura con Dios. David, que ha cometido adulterio con Betsabé y ha hecho matar a su marido, dice en el Salmo 51: «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos» Salmos 51:1-4, aunque ha dañado gravemente a otros. Isaías lo expresa como separación: «vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios» Isaías 59:2.
Y la ruptura con Dios es inseparable de la injusticia con el prójimo. Los profetas llaman pecado a vender al pobre por un par de zapatos, a torcer el juicio, a despojar a la viuda Amós 2:6-7.
En el Nuevo Testamento
Jesús perdona pecados, y eso escandaliza: «¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?» Marcos 2:5-7. Juan el Bautista lo presenta como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» Juan 1:29, con lenguaje de sacrificio.
Pablo da un paso más: el pecado no es solo una suma de actos, sino un poder que reina sobre el ser humano, casi personificado. «Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia» Romanos 3:23-24. Y exhorta: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal… porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» Romanos 6:12-14.
La primera carta de Juan equilibra las dos cosas: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos… Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar» 1 Juan 1:8-9.