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Pecado

También: Pecados · Pecar · Pecador · Transgresión · Iniquidad · Culpa · Hamartía

Toda acción, palabra o actitud contraria a la voluntad de Dios, que rompe la relación con él y con el prójimo. La Biblia no tiene una sola palabra para nombrarlo, sino varias, que lo describen como fallar el blanco, torcerse o rebelarse. En el Nuevo Testamento, sobre todo en Pablo, el pecado aparece además como un poder que domina al ser humano y del que Cristo libera.

En la Biblia

David confiesa: «Contra ti, contra ti solo he pecado» (Salmos 51:4). El Salmo 32 reúne las tres palabras hebreas en dos versículos (Salmos 32:1-5). Levítico prevé sacrificios por el pecado, y los profetas denuncian el pecado social. En el Nuevo Testamento, Juan el Bautista presenta a Jesús como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29), y Pablo afirma que «todos pecaron» (Romanos 3:23).

Etimología

Del latín peccatum, «falta, tropiezo». El hebreo usa sobre todo tres palabras: חַטָּאת jattat, del verbo jatá, «errar el blanco, fallar»; עָוֹן avón, «torcimiento», que incluye también la culpa y su castigo; y פֶּשַׁע pésha, «rebelión, transgresión». El griego hamartía significa igualmente «errar el tiro».

Tres maneras de decirlo

La Biblia hebrea no nombra el pecado con un solo término. Usa varios, y cada uno lo mira desde un ángulo.

Fallar el blanco (jatá). Es la palabra más frecuente, y su sentido físico aparece en un pasaje de Jueces: setecientos benjamitas zurdos, que «tiraban una piedra con la honda a un cabello, y no erraban» Jueces 20:16. «No erraban» es el mismo verbo. Pecar es no llegar a la meta, desviarse del objetivo.

Torcerse (avón). La idea es la de algo retorcido, fuera de línea. La palabra abarca la acción, la culpa que deja y el castigo que acarrea; por eso Caín dice: «Grande es mi castigo (avón) para ser soportado» Génesis 4:13.

Rebelarse (pésha). Es la ruptura deliberada de una relación de fidelidad, como la de un vasallo contra su señor.

El Salmo 32 reúne las tres palabras en unas pocas líneas: dichoso aquel cuya «transgresión» ha sido perdonada y cubierto su «pecado», al que Jehová no culpa de «iniquidad»; y el salmista confiesa: «Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad… y tú perdonaste la maldad de mi pecado» Salmos 32:1-5.

Una relación rota

Antes de cualquier ley escrita, el pecado aparece en Génesis como una fuerza que acecha. Dios advierte a Caín: «el pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo, y tú te enseñorearás de él» Génesis 4:7. El pecado se describe como algo casi vivo, pero el hombre es responsable de dominarlo.

El pecado es, sobre todo, una ruptura con Dios. David, que ha cometido adulterio con Betsabé y ha hecho matar a su marido, dice en el Salmo 51: «Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos» Salmos 51:1-4, aunque ha dañado gravemente a otros. Isaías lo expresa como separación: «vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios» Isaías 59:2.

Y la ruptura con Dios es inseparable de la injusticia con el prójimo. Los profetas llaman pecado a vender al pobre por un par de zapatos, a torcer el juicio, a despojar a la viuda Amós 2:6-7.

En el Nuevo Testamento

Jesús perdona pecados, y eso escandaliza: «¿Quién puede perdonar pecados, sino solo Dios?» Marcos 2:5-7. Juan el Bautista lo presenta como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» Juan 1:29, con lenguaje de sacrificio.

Pablo da un paso más: el pecado no es solo una suma de actos, sino un poder que reina sobre el ser humano, casi personificado. «Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia» Romanos 3:23-24. Y exhorta: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal… porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia» Romanos 6:12-14.

La primera carta de Juan equilibra las dos cosas: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos… Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar» 1 Juan 1:8-9.

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