El corazón que golpea
El Antiguo Testamento conoce muy bien la experiencia de la conciencia, aunque no tenga la palabra. La describe con el corazón. En la cueva de En-gadi, David corta la orilla del manto de Saúl sin que él se dé cuenta; inmediatamente «se turbó el corazón de David», literalmente «le golpeó el corazón», por haber puesto la mano sobre el ungido de Jehová 1 Samuel 24:4-6. Más tarde, después de censar al pueblo, «le pesó en su corazón a David», y confesó: «Yo he pecado gravemente» 2 Samuel 24:10.
La palabra griega en Pablo
La palabra «conciencia» llega con el griego. Era una palabra de la filosofía popular de la época para el juicio interior sobre los propios actos, sobre todo los malos. Pablo la usa más que nadie, con varios matices:
Un testigo que tienen todos. Los gentiles no tienen la ley de Moisés, pero hacen por naturaleza lo que la ley manda, y así muestran «la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos» Romanos 2:14-15. La conciencia funciona como un tribunal interior.
Un testigo que no es el último juez. Pablo puede decir ante el Sanedrín: «yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy» Hechos 23:1, y procura «tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres» Hechos 24:16. Pero sabe que eso no basta: «aunque de nada tengo mala conciencia, no por eso soy justificado; pero el que me juzga es el Señor» 1 Corintios 4:4.
Una conciencia que puede ser débil. En Corinto había cristianos que, por su pasado pagano, no podían comer carne sacrificada a los ídolos sin sentir que participaban en la idolatría. Pablo sabe que «el ídolo nada es», pero pide a los que tienen más conocimiento que no hieran «la conciencia débil» del hermano: «si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás» 1 Corintios 8:7-13.
Una conciencia que puede endurecerse. Advierte contra quienes, por hipocresía, tienen «cauterizada la conciencia» 1 Timoteo 4:2, como una piel quemada que ya no siente.
Una conciencia limpia
Hebreos une la conciencia con el culto. Los sacrificios del templo limpiaban por fuera, pero no podían hacer perfecto en la conciencia al que los ofrecía; la sangre de Cristo, en cambio, «limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo» Hebreos 9:14. Por eso invita: «acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia» Hebreos 10:22.