Moisés le pide permiso a su suegro y sale con Séfora y los niños de vuelta a Egipto Éxodo 4:18-20. Dios le adelanta el guion: Faraón no dejará salir al pueblo, y el desenlace será la muerte del primogénito de Egipto Éxodo 4:21-23.
Y entonces, en el mismo capítulo, viene uno de los episodios más extraños de toda la Escritura. Dice el texto: «aconteció en el camino, que en una posada Jehová le salió al encuentro, y quiso matarlo» Éxodo 4:24. No se explica quién es «lo». Séfora toma un pedernal, circuncida a su hijo, y toca con el prepucio los pies de alguien —¿de Moisés? ¿del niño?— y dice «esposo de sangre me eres» Éxodo 4:25-26. Y Dios lo suelta.
Moisés llega, se junta con Aarón en el monte de Dios, y juntos van a los ancianos de Israel. Los ancianos, viendo las señales, creen y adoran Éxodo 4:29-31. La primera parte es fácil.
La segunda no. Van a Faraón: «Jehová el Dios de Israel dice así: Deja ir a mi pueblo» Éxodo 5:1. Faraón responde con desdén: «¿quién es Jehová, para que yo oiga su voz y deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová» Éxodo 5:2. Y como represalia, ordena que los esclavos hebreos sigan cumpliendo su cuota de ladrillos pero busquen ellos mismos la paja Éxodo 5:6-9.
El resultado inmediato es que los propios hebreos se vuelven contra Moisés y Aarón: «Jehová juzgue… nos habéis hecho abominables delante de Faraón, y de sus siervos, poniéndoles la espada en la mano para que nos maten» Éxodo 5:21. Moisés vuelve a Dios: «¿por qué afliges a este pueblo? ¿por qué me enviaste?» Éxodo 5:22. La misión empieza mal. Dios responde reafirmando el nombre y la promesa: «yo soy Jehová… os sacaré… os redimiré… os tomaré por mi pueblo» Éxodo 6:6-7. Pero Israel, dice el texto, «no escuchaba a Moisés a causa de la congoja de espíritu, y de la dura servidumbre» Éxodo 6:9.