Empieza el pulso. Las plagas están narradas como un duelo entre dos poderes: Jehová contra los dioses de Egipto Éxodo 12:12. La misma fórmula se repite en cada ciclo: Moisés pide, Faraón se niega, cae la plaga, Faraón promete, Moisés intercede, la plaga cede, Faraón se retracta. Y Dios «endurece» o Faraón mismo «endurece» su corazón, en un juego de sujetos que Éxodo alterna sin resolver.
El propósito declarado no es solo sacar al pueblo. Es que Egipto —y también Israel— sepan quién es YHWH: «para que sepan los egipcios que yo soy Jehová, cuando extienda mi mano sobre Egipto» Éxodo 7:5, y «que se lo cuentes a tu hijo y al hijo de tu hijo… y sepáis que yo soy Jehová» Éxodo 10:2.
Las diez, en orden: aguas convertidas en sangre Éxodo 7:14-25; ranas Éxodo 8:1-15; piojos o mosquitos, donde por primera vez los magos egipcios reconocen que «el dedo de Dios es este» Éxodo 8:16-19; moscas Éxodo 8:20-32; peste del ganado Éxodo 9:1-7; úlceras que los magos ya no pueden ni presenciar Éxodo 9:8-12; granizo con fuego Éxodo 9:13-35; langostas Éxodo 10:1-20; tinieblas «que casi se podían palpar» Éxodo 10:21-23; y, tras el ultimátum, la muerte del primogénito Éxodo 11:4-8.
A partir de la cuarta plaga, el texto anota que Gosén queda protegido: las plagas empiezan a distinguir entre egipcios e israelitas Éxodo 8:22-23, Éxodo 9:26, Éxodo 10:23.