La décima plaga no cae sin aviso. Dios instruye a Moisés y Aarón sobre lo que se convertirá en el memorial más importante del calendario israelita: cada casa toma un cordero de un año, sin defecto, lo degüella al atardecer del día catorce del mes, unta la sangre en las jambas y el dintel de la puerta, y come la carne asada al fuego con panes sin levadura y hierbas amargas, vestido, con el cinto ceñido, el calzado puesto y el bordón en la mano Éxodo 12:1-11. La sangre marca las casas donde el juicio pasará de largo: «cuando yo vea la sangre, pasaré de vosotros» Éxodo 12:13. De ahí el nombre: Pesaḥ, «paso de largo».
A medianoche, Jehová hiere a todo primogénito de Egipto —del faraón, del esclavo, hasta del ganado Éxodo 12:29—. Faraón llama de noche a Moisés y Aarón y les dice: salid Éxodo 12:31. Los egipcios les dan oro, plata y vestidos con tal de que se vayan Éxodo 12:35-36. Israel sale: unos seiscientos mil varones a pie, sin contar mujeres y niños, más «grande multitud de toda clase de gentes» Éxodo 12:37-38.
El texto marca el tiempo con precisión de acta notarial: «el tiempo que los hijos de Israel habitaron en Egipto fue de cuatrocientos treinta años. Y aconteció que pasados los cuatrocientos treinta años, en el mismo día, todas las huestes de Jehová salieron de la tierra de Egipto» Éxodo 12:40-41.
Dios no los lleva por el camino corto —la ruta costera de los filisteos— para que no se arrepientan al ver la guerra Éxodo 13:17. Los lleva por el desierto hacia el mar. Y va con ellos, dice el texto, en columna de nube de día y columna de fuego de noche Éxodo 13:21-22. Moisés lleva consigo los huesos de José, para cumplir el juramento que aquel había hecho jurar a sus hermanos Éxodo 13:19.