El que no tiene a nadie
En el antiguo Israel, la seguridad de una persona descansaba en su familia y en su tierra. El guer no tenía ninguna de las dos: era alguien que había dejado su lugar de origen —por guerra, hambre o necesidad— y vivía entre los israelitas, normalmente trabajando para otros. Por eso la Ley lo agrupa casi siempre con otras dos figuras vulnerables: el huérfano y la viuda.
Dios se presenta como su defensor: «hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido. Amaréis, pues, al extranjero» Deuteronomio 10:18-19. Y la Ley baja al detalle: no torcer su derecho, no tomar en prenda la ropa de la viuda, dejar para ellos la gavilla olvidada en el campo, las aceitunas que quedan en el olivo, los racimos del rebusco Deuteronomio 24:17-22.
Porque fuisteis extranjeros
El argumento que la Ley repite es la memoria: «Y al extranjero no engañarás ni angustiarás, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto» Éxodo 22:21; «vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero» Éxodo 23:9. Levítico llega al mandamiento más alto: «Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo» Levítico 19:33-34, con las mismas palabras con que pocos versículos antes se manda amar al prójimo.
El extranjero residente podía participar en la vida del pueblo: descansaba en sábado, podía ofrecer sacrificios y, si se circuncidaba, comer la Pascua Éxodo 12:48-49.
Israel, extranjero
Al mismo tiempo, Israel se entiende a sí mismo como extranjero. Abraham vivió en Canaán como guer y tuvo que comprar una tumba a los heteos Génesis 23:4, y la Ley recuerda a todo el pueblo: «la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo» Levítico 25:23. El que debe proteger al extranjero es él mismo un huésped en la tierra de Dios.
El libro de Rut cuenta la historia desde el otro lado. Rut, moabita, espiga en el campo de Booz, y cuando él la trata con generosidad se postra y pregunta: «¿Por qué he hallado gracia en tus ojos para que me reconozcas, siendo yo extranjera?» Rut 2:10. La palabra aquí es nojriyá, la extranjera de otra nación. Esa extranjera será bisabuela de David.
En el Nuevo Testamento
Jesús pone al forastero entre los necesitados con los que él mismo se identifica: «fui forastero, y me recogisteis» Mateo 25:35. Hebreos recuerda el deber de la hospitalidad Hebreos 13:2. Y el vocabulario pasa a describir la identidad de los creyentes: Pedro les escribe como a «extranjeros y peregrinos» en el mundo 1 Pedro 2:11, mientras que Efesios dice a los gentiles convertidos que «ya no sois extranjeros ni advenedizos, sino conciudadanos de los santos» Efesios 2:19. La palabra funciona en las dos direcciones: fuera del mundo, dentro del pueblo de Dios.