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Morar

También: Morada · Moradas · Yashav · Shakan · Gur · Lun · Mishkán · Skenoo · Meno

Habitar en un lugar, quedarse a vivir en él. En la Biblia la palabra dice más que dónde vive alguien: dice si está en su tierra o como extranjero, si vive en tienda o en casa, y —la pregunta que recorre todo el libro— cómo puede Dios habitar en medio de un pueblo. El castellano la reparte entre «morar», «habitar», «residir» y «permanecer», y ese reparto no sigue al original.

En la Biblia

El verbo va del campamento al templo y del templo a la persona. Los patriarcas moran como forasteros en una tierra prometida que no poseen; Dios pide un santuario «para habitar en medio de ellos» y llena la tienda con su gloria; Salomón se pregunta si Dios de verdad puede morar en una casa; y el Nuevo Testamento dice que el Verbo «puso su tienda» entre los hombres y que el Espíritu mora en los creyentes.

Etimología

Del latín morari, «detenerse, demorarse, quedarse», derivado de mora, «tardanza»: de la misma familia son demorar y moratoria. Morar es, en su origen, quedarse más tiempo en un sitio. El hebreo no tiene una sola palabra para eso, sino varias raíces con matices distintos: יָשַׁב yashav, «sentarse, asentarse»; שָׁכַן shakan, «plantarse, acampar», de la que sale מִשְׁכָּן mishkán, «morada», el nombre del tabernáculo; y גּוּר gur, «residir como forastero», de la que sale גֵּר guer, «extranjero»; y לוּן lun, «pasar la noche, alojarse», la más cercana al morari latino. El griego del Nuevo Testamento añade σκηνόω skēnóō, «poner la tienda», y μένω ménō, «permanecer», de donde μονή monḗ, «morada»; el latín lo tradujo por mansio, de manere, pariente de ménō: de ahí «mansión».

Cuatro maneras de vivir en un sitio

En castellano «morar» y «habitar» son casi sinónimos. En hebreo, en cambio, lo que importa es desde dónde vive alguien en un lugar, y para eso hay varios verbos.

Asentarse (yashav). Es el verbo corriente de la residencia: el que se sienta, se queda. Lo usa el texto cuando los caminos de Abram y Lot se separan: los dos «habitan», uno en Canaán y el otro en las ciudades de la llanura Génesis 13:12. De esta raíz sale moshav, «asentamiento», y también toshav, el residente.

Residir como forastero (gur). Es vivir en una tierra que no es la propia, sin derechos de nativo. Cuando llega el hambre, Abram «descendió a Egipto para morar allá» Génesis 12:10, y los hijos de Jacob le dicen al faraón que vienen «para morar en esta tierra» Génesis 47:4. De aquí sale guer, el extranjero residente, y megurim, los años de peregrinación: Jacob resume su vida ante el faraón como «los días de los años de mi peregrinación» Génesis 47:9.

Plantarse, acampar (shakan). Es el verbo de la presencia que se instala, y el que el texto reserva con más frecuencia para Dios: «Y harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos» Éxodo 25:8. De esa raíz sale mishkán, «morada», el nombre hebreo del tabernáculo.

El Salmo 15 pone dos de estos verbos en paralelo: «¿Quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo?» Salmos 15:1. El primero es gur —estar en la tienda de Dios como huésped— y el segundo, shakan. La pregunta no es quién vive cerca del santuario, sino a quién se recibe en él.

Pasar la noche (lun). Es el verbo del alojamiento: quedarse a dormir en un sitio. Es lo que Lot ofrece a los dos visitantes en Sodoma Génesis 19:2, y lo que promete Rut a Noemí: «dondequiera que vivieres, viviré» Rut 1:16. Jeremías lo usa para reprochar a Dios que parezca «como caminante que se retira para pasar la noche» en su propia tierra Jeremías 14:8. De los verbos hebreos es el que más se acerca al morari latino: detenerse en el camino.

El Salmo 91: habitar y morar en un versículo

El salmo que más se asocia con estas palabras abre con dos de esos verbos: «El que habita al abrigo del Altísimo morará bajo la sombra del Omnipotente» Salmos 91:1. «Habita» es yashav, la residencia estable; «morará» es lun, pasar la noche. El que vive bajo la protección de Dios es, además, alguien que puede dormir bajo ella, y el salmo nombra enseguida lo que amenaza de noche: «No temerás el terror nocturno» Salmos 91:5.

El vocabulario de la vivienda sigue en el resto del salmo. Al Altísimo se le llama «tu habitación» —en hebreo maʿon, «morada»— Salmos 91:9, y la promesa que sigue es que ninguna plaga tocará «tu morada», que en el original es ʾohel, la tienda Salmos 91:10. Dios es la casa; la tienda del que confía en él, lo que queda protegido.

Forasteros en la tierra prometida

La idea se vuelve concreta con Abraham. Dios le promete toda la tierra de Canaán, pero la llama «la tierra en que moras», literalmente la tierra de su peregrinaje Génesis 17:8. Cuando muere Sara, Abraham no tiene dónde enterrarla: se presenta ante los heteos como «extranjero y forastero» y tiene que comprarles una sepultura Génesis 23:4. El heredero de la promesa vive en ella sin poseerla.

La ley convierte esa experiencia en principio. La tierra no puede venderse a perpetuidad «porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo» Levítico 25:23: la misma pareja de palabras que usó Abraham ante los heteos, ahora aplicada a todo Israel ante Dios. Y de ahí sale una obligación: al extranjero que mora entre ellos lo tratarán como a un natural, porque ellos también fueron forasteros en Egipto Levítico 19:34.

Hay quien lo llevó a la práctica. Los recabitas, por mandato de su antepasado, no edificaban casas ni plantaban viñas, sino que moraban en tiendas «sobre la faz de la tierra» donde eran forasteros Jeremías 35:7. Y la fiesta de los Tabernáculos obligaba a todo Israel a lo mismo durante siete días, para que cada generación supiera que Dios había hecho habitar a sus padres en tiendas al sacarlos de Egipto Levítico 23:42-43.

¿Cómo mora Dios en medio de un pueblo?

En el mundo del antiguo Oriente el templo era, sin más, la casa del dios: en Mesopotamia el término para templo es el mismo que para casa. Israel comparte la imagen —el santuario es la morada de Dios—, pero el texto la tensiona desde el principio.

Primero es una tienda. Al terminarse el tabernáculo, la nube cubre el tabernáculo de reunión y la gloria de Jehová lo llena Éxodo 40:34-35. Cuando David quiere edificarle una casa, Dios le recuerda que desde el éxodo no ha habitado en casa, sino que ha andado en tienda 2 Samuel 7:5-6. El arca es el trono del que «mora entre los querubines» 1 Samuel 4:4.

Luego es una casa. La gloria llena el templo de Salomón como había llenado la tienda 1 Reyes 8:10-11, y Salomón lo dedica como morada «para siempre» 1 Reyes 8:13. Pero en la misma oración se hace la pregunta que desarma la idea: «¿Es verdad que Dios morará sobre la tierra? He aquí que los cielos, los cielos de los cielos, no te pueden contener; ¿cuánto menos esta casa que yo he edificado?» 1 Reyes 8:27. La respuesta de la oración es un matiz: Dios oye desde el lugar de su morada, en los cielos 1 Reyes 8:30, y el templo es el sitio hacia donde se ora.

El Deuteronomio ya había expresado esa tensión a su manera: no dice que Dios vaya a vivir en el lugar que escoja, sino que hará morar allí su nombre —la Reina-Valera traduce «poner»— Deuteronomio 12:11. Y Ezequiel ve lo que ninguna otra casa del antiguo Oriente admitía: la gloria sale del templo y de la ciudad Ezequiel 10:18 Ezequiel 11:23, y solo después, en su visión del templo futuro, vuelve y habita en medio de Israel para siempre Ezequiel 43:4 Ezequiel 43:7. La morada de Dios no es algo que el pueblo posea: se puede perder.

En el Nuevo Testamento

El griego tiene también varios verbos, y los usa con intención.

Poner la tienda (skēnóō). El prólogo de Juan dice que el Verbo «fue hecho carne, y habitó entre nosotros»; el verbo es el de plantar una tienda, y la frase sigue: «y vimos su gloria» Juan 1:14. Tienda y gloria juntas: el lector que conoce el Éxodo reconoce la escena. El Apocalipsis cierra con la misma imagen: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos» Apocalipsis 21:3.

Habitar dentro (oikéō, katoikéō). La morada pasa del santuario a las personas. Pablo dice que el Espíritu de Dios mora en los creyentes Romanos 8:9 y que por eso ellos son el templo 1 Corintios 3:16; pide que Cristo habite por la fe en sus corazones Efesios 3:17, y afirma que en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad Colosenses 2:9.

Permanecer (ménō). Es el verbo favorito de Juan, y es el que más se acerca al latín morari: quedarse. Los primeros discípulos preguntan a Jesús «¿dónde moras?», van, ven dónde moraba «y se quedaron con él aquel día»: tres veces el mismo verbo griego Juan 1:38-39. Más tarde el verbo describe una relación: «Permaneced en mí, y yo en vosotros» Juan 15:4. Y su sustantivo, monḗ, da las «muchas moradas» de la casa del Padre Juan 14:2 y la promesa de que el Padre y el Hijo vendrán y harán «morada» con quien guarde su palabra Juan 14:23.

Y el forastero sigue ahí. Hebreos recuerda que Abraham habitó como extranjero en la tierra prometida, «morando en tiendas», porque esperaba una ciudad con fundamentos Hebreos 11:9-10. Pedro llama a los cristianos «extranjeros y peregrinos» 1 Pedro 2:11 y habla del «tiempo de vuestra peregrinación» 1 Pedro 1:17. La palabra griega de esa peregrinación, paroikía, es la que acabó dando en castellano parroquia: una comunidad que se entendía a sí misma como residente de paso.

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