Sentarse y habitar: un solo verbo
El hebreo yashav significa, primero, sentarse; después, quedarse; y de ahí, habitar. El paso es natural —el que se sienta, se queda—, y el texto aprovecha los dos sentidos a la vez. Isaías dice que Dios «está sentado sobre el círculo de la tierra», cuyos «moradores» son como langostas Isaías 40:22: el verbo del trono y el de los habitantes es el mismo. «El que mora en los cielos se reirá», dice el Salmo 2, y lo que el hebreo pone es «el que está sentado» Salmos 2:4.
Así abre también el Salmo 91: «El que habita al abrigo del Altísimo…» Salmos 91:1. Ese «habita» es yoshev: el que está sentado, asentado, bajo la protección de Dios. El segundo verbo del versículo, «morará», es otro —el de pasar la noche— y se explica en morar.
La imagen de la paz en tiempos de Salomón usa el mismo verbo: Judá e Israel «vivían seguros, cada uno debajo de su parra y debajo de su higuera» 1 Reyes 4:25, y Miqueas la retoma como promesa: «se sentará cada uno debajo de su vid» Miqueas 4:4. Habitar, aquí, es poder sentarse en lo propio sin miedo.
Una tierra hecha para ser habitada
Isaías lo dice como principio de la creación: Dios formó la tierra, «no la creó en vano, para que fuese habitada la creó» Isaías 45:18. Pero desde el Génesis habitar es también un problema.
Caín, expulsado, «habitó en tierra de Nod» Génesis 4:16; se le había anunciado que sería «errante» Génesis 4:12, y Nod suena en hebreo a esa misma raíz: habita en la tierra del vagar. Los constructores de Babel encuentran una llanura, «se establecieron allí» y levantan una ciudad precisamente para no ser esparcidos Génesis 11:2 Génesis 11:4, y el relato termina con lo que temían Génesis 11:8.
También hay límites materiales. Abram y Lot tienen que separarse porque «la tierra no era suficiente para que habitasen juntos»: sus ganados eran demasiados para los mismos pastos Génesis 13:6. Lo mismo les pasa después a Esaú y Jacob Génesis 36:7.
Casas que no edificaste
La promesa de la tierra se formula con este verbo: echar a los moradores y habitar en ella Números 33:53. El Deuteronomio la describe como herencia de un trabajo ajeno: ciudades que Israel no edificó, casas llenas que no llenó, pozos que no cavó, viñas que no plantó Deuteronomio 6:10-11, y Josué lo da por cumplido Josué 24:13.
Desde ahí la pareja edificar y habitar se vuelve una fórmula que mide la fidelidad. En la lista de maldiciones: «edificarás casa, y no habitarás en ella» Deuteronomio 28:30. En boca de Amós, contra los que pisotean al pobre: casas de piedra labrada que no habitarán Amós 5:11. Y al revés, como promesa: «Edificarán casas, y morarán en ellas… No edificarán para que otro habite» Isaías 65:21-22.
Isaías denuncia justo lo contrario del reparto: los que juntan casa a casa y campo a campo hasta ocuparlo todo, y les pregunta si van a habitar solos en medio de la tierra Isaías 5:8.
Sin morador
El reverso de habitar es la desolación, y los profetas la dicen así: ciudades «sin morador». Es la respuesta que recibe Isaías cuando pregunta hasta cuándo durará su misión Isaías 6:11, la amenaza de Jeremías sobre Judá Jeremías 4:7 y el destino anunciado para Babilonia: «nunca más será habitada», ni siquiera el árabe plantará allí su tienda Isaías 13:20.
Habitar en el destierro
La sorpresa llega en la carta de Jeremías a los deportados. Lo que se esperaría —que no se asentaran, que aguardaran la vuelta— es lo que el profeta desmiente: «Edificad casas, y habitadlas; y plantad huertos, y comed del fruto de ellos» Jeremías 29:5, y buscad la paz de la ciudad a la que fuisteis llevados Jeremías 29:7. La fórmula de la bendición se aplica en tierra extranjera.
Al volver, el problema es el inverso: Jerusalén está poco poblada. Nehemías cuenta que se echaron suertes para que uno de cada diez fuera a vivir a la ciudad, y que el pueblo bendijo a los que se ofrecieron por su cuenta Nehemías 11:1-2. La restauración se describe como volver a habitar: ancianos en las plazas de Jerusalén y calles llenas de niños jugando Zacarías 8:4-5.
En el Nuevo Testamento
El griego distingue con cuidado entre katoikéō, habitar de asiento, y paroikéō, estar de paso, y el Nuevo Testamento usa los dos (el segundo se trata en morar). Pablo, en Atenas, usa el primero para hablar de toda la humanidad: Dios hizo de una sangre a todos los pueblos «para que habiten sobre toda la faz de la tierra», y les fijó «los límites de su habitación» Hechos 17:26.
El Apocalipsis convierte la expresión en fórmula: «los que moran sobre la tierra» son los que sufren la hora de la prueba y los que adoran a la bestia Apocalipsis 3:10 Apocalipsis 13:8.