Dos prohibiciones
Los Diez Mandamientos empiezan con dos cosas distintas que suelen leerse como una. La primera: «No tendrás dioses ajenos delante de mí». La segunda: «No te harás imagen, ni ninguna semejanza» de nada que esté en el cielo, en la tierra o en el agua, para inclinarse ante ella Éxodo 20:3-6. Una prohíbe servir a otros dioses; la otra, representar a Dios —o a cualquier dios— con una imagen.
Deuteronomio da la razón de la segunda: en el Horeb el pueblo oyó una voz, «pero ninguna figura visteis» Deuteronomio 4:15-19. Dios se ha revelado hablando, no dejándose ver, y por eso no puede ser fijado en una forma.
El becerro de oro
El primer gran pecado de Israel tras el pacto es precisamente este. Mientras Moisés está en el monte, el pueblo pide a Aarón «dioses que vayan delante de nosotros», y él funde un becerro de oro y proclama: «Mañana será fiesta para Jehová» Éxodo 32:1-8. El detalle es importante: la imagen se presenta como representación del Dios que los sacó de Egipto, no como un dios nuevo. El pecado no es solo cambiar de dios, sino querer tener a Dios en una forma manejable.
Siglos después, Jeroboam, primer rey del norte, repite el gesto: hace dos becerros de oro, los pone en Betel y en Dan y dice «He aquí tus dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto» 1 Reyes 12:28-30. Los libros de Reyes lo presentan como «el pecado de Jeroboam», que arrastra a todos los reyes del norte.
Una infidelidad
Los profetas hablan de la idolatría con el lenguaje del matrimonio. El pacto es como una alianza conyugal, y seguir a otros dioses es adulterio. Oseas lo lleva al extremo: Israel es una esposa que corre tras sus amantes, los baales, adornada con sus joyas, «y se olvidaba de mí, dice Jehová» Oseas 2:13. Jeremías y Ezequiel desarrollan la misma imagen con crudeza.
Una ironía
El otro registro es la burla. Isaías describe a un hombre que corta un árbol, con una parte se calienta, con otra cuece su pan y con el resto hace un dios y le reza: «Líbrame, porque mi dios eres tú». Y no se le ocurre pensar: «¿Haré del resto de él una abominación? ¿Me postraré delante de un tronco de árbol?» Isaías 44:9-20. Los salmos resumen: tienen boca y no hablan, ojos y no ven; «semejantes a ellos son los que los hacen» Salmos 115:4-8.
En el Nuevo Testamento
La cuestión cambia de escenario: los cristianos viven en ciudades griegas y romanas llenas de templos. Pablo se enciende al ver Atenas «entregada a la idolatría» Hechos 17:16. En Corinto, donde la carne del mercado podía venir de sacrificios a los dioses, responde que «un ídolo nada es en el mundo» y que hay un solo Dios 1 Corintios 8:4-6, pero pide no escandalizar al hermano de conciencia débil. Y amplía el concepto: la avaricia «es idolatría» Colosenses 3:5, porque pone otra cosa en el lugar de Dios.