El motín de los plateros
Pablo pasó más de dos años en Éfeso, y su predicación tuvo tanto efecto que muchos dejaron la magia y quemaron sus libros Hechos 19:18-20. Eso empezó a afectar a la economía de la ciudad. Un platero llamado Demetrio, que fabricaba templecillos de plata de la diosa —recuerdos para los peregrinos—, reúne a los de su oficio y les explica el problema: Pablo dice «que no son dioses los que se hacen con las manos», y eso pone en peligro su negocio y la fama del templo de la gran diosa, «a la cual venera toda Asia, y el mundo entero» Hechos 19:23-27.
Los artesanos, llenos de ira, gritan «¡Grande es Diana de los efesios!». La ciudad entera se alborota, arrastran a dos compañeros de Pablo al teatro y, durante unas dos horas, la multitud repite el mismo grito Hechos 19:28-34.
Finalmente, el secretario de la ciudad calma a la gente: todo el mundo sabe que Éfeso es «guardiana del templo de la gran diosa Diana, y de la imagen venida de Júpiter»; estos hombres no han robado templos ni blasfemado contra la diosa; si hay quejas, que se lleven a los tribunales, porque corren el peligro de ser acusados de sedición Hechos 19:35-41.
Lo que estaba en juego
El episodio muestra que la idolatría no era solo una cuestión de creencias: estaba unida a la economía, al orgullo cívico y a la identidad de una ciudad. Pablo no había atacado el templo; había anunciado que los dioses hechos por manos humanas no son dioses, la misma convicción que expresa en sus cartas: «sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más que un Dios» 1 Corintios 8:4-6.