Un culto de familia
Jeremías describe una escena doméstica que es, a la vez, una escena de idolatría. En las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, toda la familia colabora: «Los hijos recogen la leña, los padres encienden el fuego, y las mujeres amasan la masa, para hacer tortas a la reina del cielo y para hacer ofrendas a dioses ajenos». Dios dice a Jeremías que no ore por ese pueblo, porque lo hacen para provocarlo, aunque en realidad se dañan a sí mismos Jeremías 7:16-19.
Lo llamativo es que no se trata de un culto en un templo pagano, sino de algo que se hacía en casa, con la participación de todos. La idolatría estaba en la vida cotidiana.
«Desde que dejamos de ofrecerle…»
Después de la caída de Jerusalén, un grupo de judíos huye a Egipto llevando a Jeremías con ellos. Allí el profeta les reprocha que sigan ofreciendo incienso a otros dioses. La respuesta de las mujeres y de sus maridos es uno de los diálogos más duros de la Biblia: no harán caso; seguirán ofreciendo incienso y libaciones a la reina del cielo, «como hemos hecho nosotros y nuestros padres, nuestros reyes y nuestros príncipes… y tuvimos abundancia de pan, y estuvimos alegres, y no vimos mal alguno. Mas desde que dejamos de ofrecer incienso a la reina del cielo y de derramarle libaciones, nos falta todo, y a espada y de hambre somos consumidos». Las mujeres añaden que sus maridos lo sabían y lo aprobaban, y que le hacían tortas «para tributarle culto» Jeremías 44:15-19.
Su razonamiento es lógico desde su punto de vista: la reforma de Josías había suprimido esos cultos, y poco después vino la catástrofe. Jeremías da la lectura contraria: el desastre no vino por dejar a la reina del cielo, sino precisamente porque habían ofrecido incienso a otros dioses y no habían obedecido a Jehová Jeremías 44:20-23. Y anuncia que de ellos solo un pequeño número escapará de Egipto Jeremías 44:24-28.