El dios de la lluvia
En Canaán la vida dependía de la lluvia. No había un gran río como el Nilo o el Éufrates, y una mala temporada de lluvias significaba hambre. Los pueblos de la región atribuían la lluvia y la fertilidad de los campos a Baal, el dios de la tormenta, que cabalgaba sobre las nubes. Cuando Israel se instala como pueblo campesino, la tentación es evidente: ¿a quién pedir la lluvia?
Por eso el conflicto entre Jehová y Baal no es solo religioso en abstracto: es una pregunta sobre quién da la vida a los campos. Oseas la formula claramente: Israel no reconoció que era Jehová quien le daba «el trigo, el vino y el aceite», y lo atribuyó a Baal Oseas 2:8.
Del desierto a la monarquía
El choque empieza antes de entrar en la tierra. En Sitim, los israelitas se unen a mujeres moabitas y «se juntaron con Baal-peor» Números 25:1-3. En Jueces se vuelve un patrón: los israelitas «sirvieron a los baales» y dejaron a Jehová Jueces 2:11-13. Gedeón empieza su misión derribando de noche el altar de Baal que tenía su propio padre; cuando la ciudad quiere matarlo, su padre responde: «Si es un dios, contienda por sí mismo» Jueces 6:25-32.
El apogeo llega con Acab, rey de Israel, que se casa con Jezabel, hija del rey de Sidón, y edifica en Samaria un templo y un altar a Baal 1 Reyes 16:31-33. El culto se vuelve religión de Estado en el norte.
El Carmelo
El enfrentamiento más célebre es un duelo. Tras años de sequía —un golpe directo al dios de la lluvia—, Elías convoca al pueblo y a los profetas de Baal en el monte Carmelo: «¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él». Cada parte prepara un buey sobre la leña, sin fuego; el dios que responda con fuego será Dios. Los profetas de Baal gritan, danzan y se hacen cortes desde la mañana hasta la tarde, «pero no había voz, ni quien respondiese». Elías empapa su altar con agua, ora, y cae fuego que lo consume todo 1 Reyes 18:17-40. Después, llega la lluvia.
Años después, Jehú extermina a los adoradores de Baal y convierte su templo en letrinas 2 Reyes 10:18-28, pero el culto reaparece en Judá y los profetas siguen denunciándolo.
En el Nuevo Testamento
El nombre sobrevive deformado. Baal-zebub, el dios de Ecrón al que consulta el rey Ocozías 2 Reyes 1:2, se convierte en «Beelzebú», nombre que los adversarios de Jesús dan al príncipe de los demonios cuando lo acusan de expulsarlos con su poder Mateo 12:24. Pablo recuerda los siete mil que no doblaron la rodilla ante Baal en tiempos de Elías como ejemplo de un remanente fiel Romanos 11:4.