El rey llega a Samuel por un camino doméstico. Saúl, un benjaminita joven y alto, anda buscando las asnas perdidas de su padre, y su criado le propone consultar a un «varón de Dios» de la ciudad cercana, alguien respetado porque «todo lo que él dice acontece sin falta» 1 Samuel 9:1-6.
Dios le había avisado a Samuel el día anterior: le enviaría un hombre de Benjamín para que lo ungiera como «príncipe» sobre Israel, porque había oído el clamor de su pueblo contra los filisteos 1 Samuel 9:15-16. Cuando Saúl aparece, Dios se lo señala 1 Samuel 9:17. Samuel, que iba a bendecir un sacrificio en el lugar alto, lo sienta a la cabecera de los invitados y le da la porción reservada 1 Samuel 9:12-13 1 Samuel 9:22-24.
Al día siguiente, a solas en las afueras, Samuel toma una redoma de aceite, la derrama sobre la cabeza de Saúl y lo besa: Dios lo ha ungido como príncipe sobre su heredad 1 Samuel 10:1. Le anuncia tres señales para el camino de vuelta —todas se cumplen ese mismo día— y le da una instrucción que pesará después: que lo espere siete días en Gilgal hasta que él llegue a ofrecer los sacrificios y le diga qué hacer 1 Samuel 10:2-9.
Luego Samuel convoca al pueblo en Mizpa. Antes del sorteo, repite la acusación: «vosotros habéis desechado hoy a vuestro Dios» 1 Samuel 10:17-19. La suerte cae sobre Benjamín, sobre la familia de Matri y sobre Saúl, que está escondido entre el equipaje. Samuel lo presenta: «¿habéis visto al que ha elegido Jehová, que no hay semejante a él en todo el pueblo?» 1 Samuel 10:20-24. Después explica al pueblo «las leyes del reino», las escribe en un libro y lo deposita delante de Dios 1 Samuel 10:25.