Tras la victoria de Saúl en Jabes de Galaad, Samuel lleva al pueblo a Gilgal para «renovar el reino»; allí invisten a Saúl y hay fiesta 1 Samuel 11:14-15. Samuel aprovecha para despedirse de su función de gobierno.
Se somete primero a juicio público: «¿de quién he tomado buey, o de quién he tomado asno, o a quién he calumniado, o a quién he agraviado, o de mano de quién he tomado cohecho?». Nadie tiene nada que reclamarle, y lo declaran ante Dios y ante el rey como testigos 1 Samuel 12:1-5. La pregunta tiene contexto: es lo contrario de lo que hicieron sus hijos 1 Samuel 8:3 y de lo que él anunció que haría un rey: «tomará» 1 Samuel 8:11-17.
Después repasa la historia desde Moisés como una sucesión de pecados, opresión, clamor y liberación, y encaja en ella la petición de rey: cuando vino el amonita Nahas, dijeron «ha de reinar sobre nosotros un rey», «siendo que Jehová vuestro Dios era vuestro rey» 1 Samuel 12:6-12. Aun así, les abre una salida: si rey y pueblo siguen a Dios, irá bien; si no, la mano de Dios estará contra ellos 1 Samuel 12:13-15.
Para confirmar sus palabras, pide truenos y lluvia en plena siega del trigo, y llegan 1 Samuel 12:16-18.
Aterrados, le piden: «ruega por tus siervos» 1 Samuel 12:19. La respuesta define el resto de su vida: «lejos sea de mí que peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros; antes os instruiré en el camino bueno y recto» 1 Samuel 12:23. Deja de gobernar, pero no se retira: queda como intercesor y maestro frente al rey.