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Rey

También: Reino · Reinar · Monarquía · Mélek

El soberano de un reino. En la Biblia, la monarquía llega tarde a Israel —tras siglos de patriarcas, Moisés y jueces— y llega discutida: pedir un rey «como las naciones» se ve a la vez como rechazo de Dios y como algo que Dios concede y regula. Por encima de todo rey humano, el Antiguo Testamento proclama que el rey verdadero de Israel es Jehová; el Nuevo anuncia su «reino».

En la Biblia

Saúl es el primer rey (1 Samuel 10); David funda la dinastía que reinará en Jerusalén, y tras Salomón el reino se divide en Israel, al norte, y Judá, al sur (1 Reyes 12). Los libros de Samuel, Reyes y Crónicas juzgan a cada rey por su fidelidad a Dios. Jesús anuncia que «el reino de Dios se ha acercado» (Marcos 1:15).

Etimología

Del latín rex, emparentado con regere, «dirigir». El hebreo dice מֶלֶךְ mélek, del verbo malak, «reinar»; el mismo término existe en todas las lenguas semíticas y está en nombres como Melquisedec, «rey de justicia». De la misma raíz sale malkut, «reino» o «reinado». El griego del Nuevo Testamento usa basileús y basileía.

Un pueblo sin rey

Durante buena parte de su historia bíblica Israel no tiene rey, y el texto lo presenta como algo deliberado. Tras su victoria sobre Madián, los israelitas ofrecen a Gedeón el gobierno hereditario, y él lo rechaza: «No seré señor sobre vosotros, ni mi hijo os señoreará: Jehová señoreará sobre vosotros» Jueces 8:22-23. Su hijo Abimelec intenta después hacerse rey en Siquem, y el relato termina en desastre.

«Como todas las naciones»

La petición llega en tiempos de Samuel. Los ancianos le piden un rey que los juzgue «como tienen todas las naciones». Dios dice a Samuel que no lo desechan a él, sino a Dios mismo, y le manda advertirles: el rey tomará a sus hijos para la guerra y los carros, a sus hijas para las cocinas, lo mejor de sus campos y el diezmo de sus rebaños. El pueblo insiste, y Dios concede 1 Samuel 8:4-22.

Deuteronomio ya había previsto la situación y la había reglamentado. El rey debe ser israelita y escogido por Dios; no debe multiplicar caballos, ni mujeres, ni oro; y debe copiar la ley en un libro y leerla todos los días «para que no se eleve su corazón sobre sus hermanos» Deuteronomio 17:14-20. Es una monarquía sometida a la ley, algo poco habitual en el mundo antiguo, donde el rey solía presentarse como hijo o representante de los dioses.

Ungido y hecho rey

El rey de Israel no se hace rey solo. Lo designa Dios, a menudo por medio de un profeta, y se le unge con aceite: Samuel unge a Saúl 1 Samuel 10:1 y después a David. Pero el pueblo también participa: los ancianos de Israel hacen pacto con David en Hebrón y lo ungen rey sobre todo Israel 2 Samuel 5:3. Por eso el rey es «el ungido de Jehová», de donde vendrá la palabra mesías.

Tras Salomón, el reino se parte. Las diez tribus del norte rechazan a Roboam y forman el reino de Israel, con capital al final en Samaria; Judá y Benjamín siguen a la dinastía de David en Jerusalén 1 Reyes 12:16-20. Los libros de Reyes juzgan a cada soberano con una fórmula: hizo lo recto, o lo malo, ante los ojos de Jehová. Israel cae ante Asiria en 722 a.C.; Judá, ante Babilonia en 587/586 a.C.

Jehová reina

Detrás de los reyes humanos, los salmos proclaman otro reinado: «Jehová reina; se vistió de magnificencia» Salmos 93:1. Isaías, en su visión del templo, ve «al Rey, Jehová de los ejércitos» el año en que muere el rey Uzías Isaías 6:1-5. Y cuando ya no queda monarquía, Daniel habla de un reino que el Dios del cielo levantará y que no será jamás destruido Daniel 2:44.

El reino de Dios

Esa esperanza es el punto de partida de Jesús. Su predicación se resume así: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio» Marcos 1:14-15. «Reino» aquí es sobre todo reinado: el hecho de que Dios reine, más que un territorio. Mateo prefiere decir «reino de los cielos», probablemente por la costumbre judía de evitar nombrar a Dios.

La realeza de Jesús es el cargo por el que muere. Ante Pilato responde: «Mi reino no es de este mundo» Juan 18:36-37, y sobre la cruz se escribe la acusación: «Rey de los judíos». El Apocalipsis cierra con el título invertido: «Rey de reyes y Señor de señores» Apocalipsis 19:16.