Tres renuncias
La ley del nazareato está en Números 6. Cualquier israelita, «hombre o mujer», podía hacer un voto especial para apartarse para Dios durante un tiempo. Mientras duraba, se comprometía a tres cosas Números 6:1-8:
- Nada de la vid. Ni vino ni sidra, ni vinagre, ni uvas frescas o secas, ni siquiera los granos o el hollejo.
- No cortarse el cabello. La navaja no pasaba por su cabeza; el pelo crecido era la señal visible de su consagración.
- No acercarse a un muerto, ni siquiera al de su padre o su madre, como el sumo sacerdote.
Las tres renuncias lo acercan a la santidad del sacerdote, sin serlo: un laico que por un tiempo vive como consagrado.
El final del voto
Si durante el voto alguien moría de repente a su lado, el nazareo quedaba contaminado, debía raparse, ofrecer sacrificios y empezar de nuevo Números 6:9-12. Al cumplirse el plazo, se presentaba en el santuario con sus ofrendas, se rapaba la cabeza y quemaba el cabello en el fuego del sacrificio de paz; solo entonces podía volver a beber vino Números 6:13-21.
Nazareos de por vida
La Biblia conoce también nazareos no por un tiempo, sino desde antes de nacer. A la madre de Sansón se le ordena no beber vino ni comer nada impuro, «porque el niño será nazareo a Dios desde su nacimiento hasta el día de su muerte» Jueces 13:7. Ana promete que ninguna navaja pasará sobre la cabeza del hijo que pide, Samuel 1 Samuel 1:11, aunque el texto hebreo no usa la palabra nazir para él. Amós cuenta a los nazareos entre los dones de Dios a Israel, y acusa al pueblo de haberles dado a beber vino Amós 2:11-12.
En el Nuevo Testamento
Juan el Bautista no beberá vino ni sidra Lucas 1:15, un rasgo nazareo. Y Pablo, en Jerusalén, se une a cuatro hombres que han hecho voto, paga los gastos de sus sacrificios y se purifica con ellos en el templo, para mostrar que sigue respetando la Ley Hechos 21:23-26; el voto que termina con el rapado de la cabeza es, casi con seguridad, el del nazareato.