El capítulo empieza describiendo una época: «la palabra de Jehová escaseaba en aquellos días; no había visión con frecuencia» 1 Samuel 3:1. Elí casi no ve. Es de noche, la lámpara de Dios todavía no se ha apagado, y Samuel duerme en el santuario donde está el arca 1 Samuel 3:2-3.
Una voz lo llama por su nombre. Samuel corre donde Elí —«heme aquí; ¿para qué me llamaste?»— y Elí lo manda de vuelta a dormir. Pasa tres veces 1 Samuel 3:4-8. El narrador explica por qué el muchacho no entiende: «Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada» 1 Samuel 3:7. Es el sacerdote viejo, casi ciego y con la casa condenada, quien reconoce lo que pasa y le enseña la respuesta 1 Samuel 3:8-9.
A la cuarta llamada, «Samuel, Samuel», el muchacho responde: «Habla, porque tu siervo oye» 1 Samuel 3:10. Y el primer mensaje que recibe es terrible, y es para Elí: el juicio anunciado sobre su casa se va a cumplir, porque sus hijos se envilecieron y él no los estorbó, y esa culpa no se expiará con sacrificios 1 Samuel 3:11-14.
A la mañana, Samuel abre las puertas del santuario como cualquier día y teme contar la visión. Elí lo obliga a decírselo todo, sin ocultar nada, y responde con una frase de aceptación: «Jehová es; haga lo que bien le pareciere» 1 Samuel 3:15-18.
El capítulo termina con el cambio de época que había anunciado al principio: Dios estaba con Samuel y «no dejó caer a tierra ninguna de sus palabras»; todo Israel, «desde Dan hasta Beerseba», supo que era profeta; y Dios volvió a manifestarse en Silo 1 Samuel 3:19-21. La palabra que escaseaba vuelve a Israel por medio de él.