Samuel envejece y le pasa lo que a Elí. Pone a sus hijos, Joel y Abías, como jueces, en Beerseba. Y le salen como a Elí: se desvían tras la avaricia, aceptan sobornos y pervierten el derecho 1 Samuel 8:1-3.
Los ancianos de Israel van a Ramá y le presentan el problema con toda crudeza: «tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos». Y la solución que proponen: «constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones» 1 Samuel 8:4-5.
«Pero no agradó a Samuel», y ora 1 Samuel 8:6. La respuesta de Dios corrige el enfoque: «no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos»; y le ordena escucharlos, pero advertirles 1 Samuel 8:7-9.
Samuel les describe lo que hace un rey: tomará a sus hijos para sus carros, su ejército y sus campos; a sus hijas como perfumistas, cocineras y panaderas; lo mejor de sus tierras para sus siervos; el diezmo de sus cosechas y rebaños. «Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey» 1 Samuel 8:10-18. El pueblo no cambia de idea: quiere un rey que lo juzgue y salga a pelear sus guerras. Samuel repite cada palabra ante Dios, y Dios le dice que les dé rey 1 Samuel 8:19-22.