Lo que no se puede tocar
La idea de fondo es la de lo santo llevada al extremo. Lo santo pertenece a Dios; el jérem le pertenece de tal modo que nadie puede usarlo, venderlo ni rescatarlo. Levítico lo dice en su forma más general: nada de lo consagrado por anatema «se venderá, ni se rescatará: todo lo consagrado será cosa santísima para Jehová» Levítico 27:28-29.
El anatema en la guerra
El uso más duro está en los relatos de la conquista. Deuteronomio manda que las naciones de Canaán sean destruidas por completo, sin hacer pacto con ellas ni emparentar, para que no aparten a Israel de su Dios Deuteronomio 7:1-6. En Jericó, Josué declara la ciudad anatema: todo lo que hay en ella se destruye, excepto Rahab y su familia, y la plata, el oro y los objetos de metal se consagran al tesoro de Jehová Josué 6:17-19.
La violación del anatema tiene consecuencias para todos. Acán se apropia de un manto babilónico, plata y un lingote de oro Josué 7:20-21, e Israel es derrotado en Hai; el relato dice que «los hijos de Israel cometieron una prevaricación en cuanto al anatema» Josué 7:1. Saúl recibe la orden de destruir a Amalec por completo, pero perdona al rey Agag y lo mejor del ganado, con la excusa de sacrificarlo; Samuel le anuncia que Dios lo ha desechado como rey 1 Samuel 15:1-3 1 Samuel 15:9-23.
En el Nuevo Testamento
El griego anáthema conserva la idea de lo apartado, pero ahora como exclusión de la comunidad y maldición. Pablo lo usa con fuerza: si alguien, aunque sea un ángel del cielo, anuncia otro evangelio, «sea anatema» Gálatas 1:8-9; «el que no amare al Señor Jesucristo, sea anatema» 1 Corintios 16:22. Y en el pasaje más conmovedor lo aplica a sí mismo: desearía ser anatema, separado de Cristo, por amor a sus hermanos israelitas Romanos 9:3.