Poner a Dios por testigo
En un mundo sin contratos notariales, la palabra dada necesitaba un garante, y el garante era Dios. Jurar es decir: «que Dios me castigue si miento o si no cumplo». Por eso muchas fórmulas de juramento en la Biblia tienen una parte implícita: «Así me haga Jehová, y aun me añada», y lo que Jehová haría se calla.
La fórmula más frecuente es «Vive Jehová»: David la usa ante Jonatán para afirmar que Saúl lo quiere matar —«vive Jehová y vive tu alma, que apenas hay un paso entre mí y la muerte»— 1 Samuel 20:3. Invocar la vida de Dios es apostar por la verdad lo más firme que existe.
Gestos y lugares
Algunos juramentos van con un gesto. Abraham pide a su siervo que ponga la mano «debajo de mi muslo» y le jure por Jehová que no tomará para Isaac mujer cananea Génesis 24:2-3; el gesto, que toca la zona de la descendencia, liga el juramento a la familia. Y hay lugares que nacen de un juramento: Abraham y Abimelec, rey de Gerar, hacen pacto sobre un pozo con siete corderas como testimonio, y el lugar se llama Beerseba, «porque allí juraron ambos» Génesis 21:22-31. En hebreo, «jurar» y «siete» comparten raíz.
Un juramento no se deshace
Una vez pronunciado, el juramento obliga aunque se haya obtenido con engaño. Los gabaonitas se hacen pasar por un pueblo lejano y consiguen que Josué y los príncipes hagan pacto con ellos y se lo juren. Cuando se descubre la verdad, los israelitas no pueden atacarlos: «Nosotros les hemos jurado por Jehová Dios de Israel; por tanto, ahora no les podemos tocar» Josué 9:15-20. Siglos después, cuando Saúl lo rompe matando gabaonitas, el texto lo presenta como causa de un hambre en tiempos de David 2 Samuel 21:1-2.
Por eso la Ley es tajante: «no juraréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios» Levítico 19:12. El perjurio no es solo mentir; es usar el nombre de Dios como aval de una mentira.
Dios jura
Lo más sorprendente es que Dios mismo jura. Tras el sacrificio de Isaac, el ángel dice a Abraham: «Por mí mismo he jurado, dice Jehová… de cierto te bendeciré» Génesis 22:16-17. Hebreos lo explica: como no había nadie mayor por quien jurar, Dios juró por sí mismo, para que por dos cosas inmutables —la promesa y el juramento— los herederos tuvieran «un fortísimo consuelo» Hebreos 6:13-18. El juramento de Dios no añade verdad a su palabra; se hace para el que necesita estar seguro.
En el Nuevo Testamento
Jesús radicaliza la exigencia. La Ley decía no perjurar; él dice «No juréis en ninguna manera»: ni por el cielo, ni por la tierra, ni por Jerusalén, ni por la propia cabeza. «Sea vuestro hablar: Sí, sí; no, no; porque lo que es más de esto, de mal procede» Mateo 5:33-37. Si la palabra de alguien es siempre verdadera, el juramento sobra. Santiago lo repite casi con las mismas palabras Santiago 5:12.
Jesús critica también la casuística de los juramentos: los que decían que jurar por el templo no obligaba, pero sí jurar por el oro del templo Mateo 23:16-22.