La batalla se pierde. Mueren Jonatán, Abinadab y Malquisúa; los arqueros alcanzan a
Saúl. Pide a su paje que lo remate para que no lo hagan los filisteos; el paje no se
atreve, y Saúl se echa sobre su propia espada 1 Samuel 31:3-5.
Los filisteos le cortan la cabeza, mandan la noticia por todo su territorio, cuelgan
las armas en el templo de Astarot y clavan su cuerpo en el muro de Bet-sán
1 Samuel 31:9-10.
Y entonces el relato vuelve al principio. Los hombres valientes de Jabes de Galaad
—la ciudad que Saúl salvó del ojo arrancado en su primera campaña— caminan toda la
noche, descuelgan los cuerpos, los queman, entierran los huesos bajo un tamarisco y
ayunan siete días 1 Samuel 31:11-13. Al cabo de todo su reinado, la
deuda seguía viva.