Nahas el amonita sitia Jabes de Galaad y ofrece un pacto humillante: se rinden y les
saca a todos el ojo derecho, «para afrenta de todo Israel»
1 Samuel 11:2. Los de Jabes piden siete días para buscar auxilio.
Los mensajeros llegan a Guibeá y encuentran a Saúl volviendo del campo detrás de los
bueyes1 Samuel 11:5: es rey desde hace poco y sigue arando. Al oír
la noticia, el Espíritu de Dios viene sobre él y se enciende en ira. Despedaza una
yunta y manda los pedazos por todo el territorio con un mensaje: al que no salga, lo
mismo le harán a sus bueyes 1 Samuel 11:6-7. Reúne un ejército, ataca de
madrugada y deshace a los amonitas.
En la euforia, el pueblo quiere matar a los que lo habían despreciado. Saúl lo impide:
hoy no muere nadie, porque hoy Dios ha dado salvación 1 Samuel 11:12-13.
Es su mejor momento, y conviene no pasarlo por alto: el rey rechazado del final es el
mismo que aquí perdona a sus detractores el día de su triunfo.
Samuel convoca entonces al pueblo en Gilgal «para renovar allí el reino», y allí lo
invisten rey delante de Jehová, con sacrificios de paz y una alegría que el texto
subraya 1 Samuel 11:14-15.