Señales, no espectáculos
Cuando Moisés teme que nadie le crea, Dios le da tres señales —la vara que se convierte en serpiente, la mano leprosa, el agua hecha sangre— «para que crean que se te ha aparecido Jehová» Éxodo 4:1-9. Ese es el patrón: el milagro acredita al mensajero y su mensaje. En el Carmelo, Elías pide fuego del cielo «para que conozca este pueblo que tú, oh Jehová, eres el Dios», y el pueblo cae sobre su rostro diciendo «¡Jehová es el Dios!» 1 Reyes 18:36-39.
Pero la Ley pone un límite: si un profeta da una señal que se cumple y luego invita a seguir a otros dioses, no hay que escucharlo Deuteronomio 13:1-3. El prodigio no es garantía de verdad; lo es la fidelidad al Dios que sacó a Israel de Egipto. Los magos de Egipto también hacen prodigios Éxodo 7:11, y el Nuevo Testamento advierte de «señales y prodigios mentirosos» 2 Tesalonicenses 2:9.
Los milagros de Jesús
En los evangelios, las curaciones, los exorcismos y el dominio sobre la naturaleza son signos de que el reino de Dios ha llegado. Cuando Juan el Bautista pregunta desde la cárcel si Jesús es el que había de venir, la respuesta es una lista de milagros que recuerda las promesas de Isaías: «los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados… y a los pobres es anunciado el evangelio» Mateo 11:2-5.
Los milagros van unidos a la fe, pero no de forma mecánica. En Nazaret, Jesús «no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos», y se asombra de su incredulidad Marcos 6:5-6. Y rechaza dar señales a quienes las piden como prueba: «La generación mala y adúltera demanda señal» Mateo 12:38-39.
Juan elige siete «señales» y explica por qué las escribió: «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios» Juan 20:30-31. Pedro resume en Pentecostés: Jesús fue un «varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él» Hechos 2:22.