Lo siguiente que ocurre es lo peor que le pasará a Aarón como padre. El mismo día que el fuego del cielo consumió el holocausto, sus dos hijos mayores —Nadab y Abiú— toman sus incensarios, ponen fuego en ellos, echan incienso y ofrecen delante de Dios «fuego extraño, que él nunca les mandó» Levítico 10:1.
Y sale fuego de la presencia de Dios y los mata Levítico 10:2.
Moisés dice: «Esto es lo que habló Jehová, diciendo: En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado» Levítico 10:3.
Y el texto añade tres palabras que pesan más que todo el capítulo: «Y Aarón calló» Levítico 10:3.
Moisés prohíbe a Aarón y a sus hijos sobrevivientes, Eleazar e Itamar, hacer duelo público: no deben descubrirse la cabeza ni rasgar sus vestiduras, «para que no muráis» Levítico 10:6. Son sus primos, hijos de Uziel, quienes sacan los cuerpos del santuario Levítico 10:4-5.
Más adelante, ese mismo día, Moisés se enoja con Eleazar e Itamar porque no comieron la ofrenda por el pecado como estaba mandado. Aarón interviene: les dice que han pasado «cosas como estas», y pregunta si comer la ofrenda ese día habría agradado a Dios Levítico 10:19. Moisés oye la respuesta y le parece bien Levítico 10:20.