Un lugar donde no te puedan alcanzar
Cuando alguien moría a manos de otro, la Ley reconocía al pariente más cercano como «vengador de la sangre», con derecho a dar muerte al homicida Números 35:19. El problema es evidente: el vengador no distingue en caliente entre quien mató por odio y quien mató por accidente. El refugio existe para ese caso.
Ya el código de la alianza lo anuncia: si alguien mató sin buscarlo, «yo te señalaré lugar al cual ha de huir»; pero si mató con alevosía, «de mi altar lo quitarás para que muera» Éxodo 21:13-14. El versículo da por supuesto algo que la historia confirma después: el altar era un lugar al que se huía para salvar la vida.
Seis ciudades para el que mató sin querer
La ley de Números convierte ese «lugar» en seis ciudades, tomadas de las que se daban a los levitas Números 35:6: «ciudades de refugio tendréis, donde huya el homicida que hiriere a alguno de muerte sin intención» Números 35:11. Sirven para que el homicida no muera «hasta que entre en juicio delante de la congregación» Números 35:12, y valen igual para el israelita, el extranjero y el forastero Números 35:15.
El refugio no es impunidad. La congregación juzga; si el hecho fue intencionado, el homicida muere Números 35:16-21. Si fue accidental, se le devuelve a la ciudad, y allí debe quedarse «hasta que muera el sumo sacerdote» Números 35:25. Si sale antes de sus límites y el vengador lo encuentra, este no es culpable de su muerte Números 35:26-28. Y no se admite dinero para acortar la estancia Números 35:32. La razón que da el texto no es solo la justicia entre familias: la sangre derramada contamina la tierra Números 35:33.
El Deuteronomio le pone ejemplo y caminos. El caso típico es el de dos hombres que van al bosque a cortar leña, al hacha se le sale el hierro del mango y mata al compañero: ese «huirá a una de estas ciudades, y vivirá» Deuteronomio 19:5. Por eso manda arreglar los caminos y repartir la tierra en tres partes Deuteronomio 19:3, «no sea que el vengador de la sangre, enfurecido, persiga al homicida, y le alcance por ser largo el camino» Deuteronomio 19:6. El asesino que se esconde en una ciudad de refugio no está protegido: los ancianos de su propia ciudad lo sacan y lo entregan al vengador Deuteronomio 19:11-12.
Dónde estaban
Moisés aparta las tres del este del Jordán: Beser, en la meseta de Rubén; Ramot, en Galaad, de Gad; y Golán, en Basán, de Manasés Deuteronomio 4:41-43. Josué fija las tres del oeste: Cedes, en Galilea; Siquem, en la serranía de Efraín; y Quiriat-arba, que es Hebrón, en la de Judá Josué 20:7-8. A cada lado del río quedan una al norte, una en el centro y una al sur: ningún israelita quedaba demasiado lejos de una.
Josué 20 describe también la llegada. El que huye se presenta a la puerta de la ciudad, expone su caso ante los ancianos, y ellos «le recibirán consigo dentro de la ciudad, y le darán lugar para que habite con ellos» Josué 20:4. Las seis son a la vez ciudades levíticas Josué 21:13: el refugio queda en manos de la tribu dedicada al santuario.
Agarrarse al altar
La historia muestra el asilo más antiguo en funcionamiento. Adonías, que había intentado reinar, teme a Salomón y «se asió de los cuernos del altar»; Salomón le perdona la vida con condiciones 1 Reyes 1:50-53. Poco después Joab hace lo mismo y huye al tabernáculo, pero Salomón ordena matarlo allí 1 Reyes 2:28-34, alegando la sangre inocente que Joab había derramado 1 Reyes 2:31-32. Es exactamente lo que preveía Éxodo 21:14: el altar no protege al asesino.
Dios, el refugio
En los Salmos el vocabulario de la huida pasa de las ciudades a Dios. El verbo jasá, «ponerse a salvo, cobijarse», es el de la oración de confianza: «Bienaventurados todos los que en él confían» Salmos 2:12. La imagen más repetida es la de las alas: «en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos» Salmos 57:1, dice David escondido en la cueva. Booz ya había dicho a Rut que había venido a refugiarse bajo las alas del Dios de Israel Rut 2:12.
Los sustantivos dicen de qué clase de refugio se trata. Majsé es el resguardo: «Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones» Salmos 46:1. Misgav es la altura inaccesible, la fortaleza en la roca: «nuestro refugio es el Dios de Jacob» Salmos 46:7, «Jehová será refugio del pobre» Salmos 9:9. Y manós es el escape: el orante que mira a su alrededor y dice «No tengo refugio» Salmos 142:4 se vuelve enseguida a Dios: «Tú eres mi esperanza» Salmos 142:5.
El Deuteronomio lo había dicho con otra palabra, la de la guarida: «El eterno Dios es tu refugio, y acá abajo los brazos eternos» Deuteronomio 33:27.
En el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento no menciona las ciudades de refugio. La huida aparece una vez con peso teológico, en Hebreos: Dios confirmó su promesa con juramento para que «tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros» Hebreos 6:18. El verbo, katapheúgō, es el de huir a un lugar para ponerse a salvo; en castellano se pierde tras «acudido».