Una promesa hecha a un extranjero
La historia de la tierra empieza con una orden a un hombre que no tiene ninguna: «Vete de tu tierra… a la tierra que te mostraré». Abram llega a Canaán, y en Siquem oye: «A tu descendencia daré esta tierra» Génesis 12:1-7. Dios la sella con un pacto y le da límites amplísimos, «desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates» Génesis 15:18-21.
Pero Abraham nunca la posee. Vive en ella como forastero, y el único terreno que llega a tener es una cueva que compra para enterrar a Sara. La promesa pasa a Isaac y a Jacob, y la familia acaba en Egipto.
Leche y miel
Cuando Dios se aparece a Moisés en la zarza, la promesa renace con una fórmula que se repetirá muchas veces: sacará a Israel de Egipto «a una tierra buena y ancha, a tierra que fluye leche y miel» Éxodo 3:8. La leche habla de pastos para el ganado; la miel, probablemente del jarabe de dátiles o de higos además de la miel de abejas. Es la imagen de una tierra fértil vista desde el desierto.
Los espías enviados desde Cades confirman la fertilidad —traen un racimo que cargan entre dos Números 13:23— pero también el peligro: ciudades fortificadas y gigantes Números 13:27-28. El pueblo se asusta, y esa generación muere en el desierto sin entrar Números 14:29-31. Moisés mismo solo la ve desde el monte Nebo: «Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá» Deuteronomio 34:1-4.
Don, no conquista
El libro de Josué narra la entrada, la conquista y el reparto, pero Deuteronomio insiste en que no es mérito del pueblo: Dios les da casas que no edificaron, pozos que no cavaron, viñas que no plantaron Deuteronomio 6:10-12. Y la Ley pone un límite a la propiedad: la tierra no se venderá a perpetuidad, «porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo» Levítico 25:23. Israel vive en la tierra de Dios como su huésped.
Una tierra que se puede perder
De ahí una advertencia que recorre la Ley: si Israel imita las prácticas de los pueblos anteriores, la tierra se contaminará y lo «vomitará», como vomitó a aquellos Levítico 18:24-28. Los libros de Reyes cuentan que eso sucede: el reino del norte cae ante Asiria, y Judá es deportado a Babilonia. Los profetas del exilio anuncian un regreso, y el Salmo 137 expresa la nostalgia de los que lloran junto a los ríos de Babilonia.
En el Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento habla poco de la tierra como territorio. Hebreos relee la historia de los patriarcas: Abraham habitó «como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena», porque esperaba «la ciudad que tiene fundamentos», y todos ellos buscaban «una patria… mejor, esto es, celestial» Hebreos 11:8-16. Jesús promete que los mansos heredarán «la tierra» Mateo 5:5, y Pablo dice que la promesa a Abraham era ser «heredero del mundo» Romanos 4:13.