Guardianes
La primera aparición de los querubines es a la salida del Edén: Dios los pone al oriente del huerto, con una espada encendida, «para guardar el camino del árbol de la vida» Génesis 3:24. Su función es custodiar una frontera entre el hombre y lo santo. Por eso aparecen bordados en el velo que separa el lugar santísimo del resto del tabernáculo Éxodo 26:31: vuelven a señalar un límite.
El trono de Dios
Sobre la tapa del arca, el propiciatorio, había dos querubines de oro, uno frente a otro, con las alas extendidas por encima. Allí se encontraba Dios con Moisés: «de entre los dos querubines que están sobre el arca del testimonio» Éxodo 25:18-22. De ahí un título de Dios: el que «mora entre los querubines» 1 Samuel 4:4. En el templo de Salomón, dos querubines enormes de madera de olivo recubierta de oro, de diez codos de altura, llenaban con sus alas el lugar santísimo 1 Reyes 6:23-28.
En la poesía, los querubines son también el vehículo de Dios: «cabalgó sobre un querubín, y voló» Salmos 18:10.
Las visiones de Ezequiel
Ezequiel ve junto al río Quebar unos seres vivientes con cuatro caras —de hombre, de león, de buey y de águila—, cuatro alas y ruedas llenas de ojos, que sostienen el trono de la gloria Ezequiel 1:4-10. En el capítulo 10, al ver a la gloria salir del templo, identifica a esos seres con los querubines Ezequiel 10:15 Ezequiel 10:20. Es la descripción más detallada de la Biblia, y no se parece en nada a los angelotes del arte posterior.
En el Nuevo Testamento
La única mención directa está en Hebreos, que al describir el tabernáculo habla de «los querubines de gloria que cubrían el propiciatorio» Hebreos 9:5. Los cuatro seres vivientes que rodean el trono en el Apocalipsis, con rasgos de león, becerro, hombre y águila, recuerdan a los de Ezequiel Apocalipsis 4:6-8.