Reconocer el pecado
La Ley pide que quien ha pecado lo reconozca antes de presentar su ofrenda Levítico 5:5, y en el día de la Expiación el sumo sacerdote confiesa los pecados de todo el pueblo sobre el macho cabrío Levítico 16:21. Los salmos describen el alivio de hacerlo: «Mientras callé, se envejecieron mis huesos… Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; y tú perdonaste la maldad de mi pecado» Salmos 32:3-5. Proverbios lo resume: «El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia» Proverbios 28:13.
La confesión también podía ser colectiva. Tras el exilio, el pueblo se reúne con ayuno y cilicio y «confesaron sus pecados, y las iniquidades de sus padres» Nehemías 9:2-3; Daniel ora en plural: «hemos pecado, hemos cometido iniquidad» Daniel 9:4-5.
En el Nuevo Testamento
Quienes acudían a Juan el Bautista «eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados» Marcos 1:5. Santiago pide: «Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados» Santiago 5:16, y la primera de Juan promete el perdón a quien confiesa 1 Juan 1:9.
Confesar la fe
El otro sentido es declarar públicamente a quién se pertenece. Jesús dice: «a cualquiera, pues, que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre» Mateo 10:32. La confesión cristiana más antigua es breve: «Jesús es el Señor» Romanos 10:9-10. De aquí viene el uso de «confesión» para los credos y para las iglesias («confesión luterana»).