Saulo entra en la Biblia como un espectador. Cuando apedrean a Esteban, los testigos dejan sus ropas «a los pies de un joven que se llamaba Saulo», y el texto añade que consentía en su muerte Hechos 7:58 Hechos 8:1.
Enseguida deja de mirar: entra casa por casa, arrastra a hombres y mujeres y los mete en la cárcel Hechos 8:3. Años después lo recordará sin suavizarlo: «perseguía sobremanera a la iglesia de Dios, y la asolaba», y aventajaba en el judaísmo a muchos de su edad por su celo por las tradiciones de sus padres Gálatas 1:13-14. Ante el rey Agripa añadirá que daba su voto cuando los condenaban a muerte y que los perseguía hasta en ciudades extranjeras Hechos 26:9-11.
Con ese fin pide al sumo sacerdote cartas para las sinagogas de Damasco: si encuentra a alguien «de este Camino», hombre o mujer, lo traerá preso a Jerusalén Hechos 9:1-2.